El Coliseo
En 1995 el epigrafista Géza Alföldy descifró una inscripción del Coliseo que nadie había podido leer. Solo quedaban los agujeros donde habían estado clavadas las letras de bronce, arrancadas en la Antigüedad; midiendo los agujeros, reconstruyó el texto: «El emperador César Vespasiano Augusto ordenó hacer este nuevo anfiteatro ex manubiis» – con el botín. El botín era el del saqueo de Jerusalén del año 70, incluido el tesoro del Templo. El Coliseo se pagó con la destrucción de otro edificio, y lo construyeron, según Josefo, decenas de miles de prisioneros judíos.
Datos clave
- Autores: desconocidos; promotores, los emperadores Vespasiano, Tito y Domiciano
- Nombre oficial: Anfiteatro Flavio. «Coliseo», desde la Alta Edad Media
- Fechas: construcción entre 72 y 80 d. C.; inauguración en 80; subterráneos y último piso bajo Domiciano, hacia 82–90
- Técnica: travertino de Tívoli, toba, ladrillo y hormigón romano; 300 toneladas de grapas de hierro
- Dimensiones: 189 × 156 m; 48,5 m de altura; 545 m de perímetro; arena de 87 × 55 m
- Aforo: unos 50.000 espectadores; algunas fuentes antiguas dan cifras mayores
- Movimiento: Arquitectura romana imperial
- Ubicación: Roma – Piazza del Colosseo. Parque Arqueológico del Coliseo
¿Qué hace que esta obra sea inolvidable?
No es el anfiteatro más antiguo ni el único grande: Roma tenía otros, y el Imperio, más de doscientos. Es el mayor, el más complejo y el que está en Roma.
Lo que lo distingue es la ingeniería del público. Ochenta arcos de entrada, setenta y seis numerados – los números tallados sobre las claves se leen todavía, del XXIII al LIV, en el lado norte – y cuatro sin número, en los ejes: dos para el emperador y las autoridades, dos para los gladiadores y para sacar a los muertos. Cada espectador llevaba una tésera con el número de su arco, su grada y su fila. Cincuenta mil personas entraban y salían en minutos por un sistema de escaleras y galerías radiales que los ingenieros llamaban vomitoria: los que vomitan gente. Los estadios modernos no han inventado nada mejor.
Y está la fachada. Cuatro pisos, los tres primeros de arcos superpuestos con medias columnas de los tres órdenes – toscano abajo, jónico en medio, corintio arriba –, y un ático macizo con pilastras. Es una lección de arquitectura griega puesta en una máquina romana, y la lección la aprendieron todos los arquitectos del Renacimiento.
Cómo se construyó
El solar era el lago artificial de la Domus Aurea, el palacio que Nerón se había hecho construir en el centro de Roma después del incendio de 64. A la muerte de Nerón, Vespasiano – un general de familia modesta, sin relación con la dinastía anterior – devolvió el terreno al pueblo: donde el tirano tenía un estanque privado, el nuevo emperador puso un espectáculo para todos. El mensaje era el edificio.
Se drenó el lago, se excavaron cimientos de hormigón de doce metros de profundidad, y se levantaron los pisos con un sistema de trabajo en paralelo: cuatro equipos, uno por cuadrante, con canteros, albañiles y carpinteros trabajando a la vez en distintos anillos. Cien mil metros cúbicos de travertino bajaron desde Tívoli por una calzada construida para eso. Las piedras se unían con grapas de hierro selladas con plomo, sin mortero; los agujeros que acribillan la fachada son de los saqueadores medievales que las arrancaron para fundirlas.
Vespasiano murió en 79 sin ver el edificio terminado. Su hijo Tito lo inauguró en 80 con cien días de juegos – Dión Casio habla de nueve mil animales muertos; Suetonio, de cinco mil –, y su otro hijo, Domiciano, añadió el último piso y excavó los subterráneos.
El sótano
Bajo la arena hay dos niveles de galerías, el hypogeum, y son lo que más ha cambiado nuestra idea del Coliseo.
En los primeros años no existían: la arena era un suelo de madera sobre tierra, y probablemente se pudo inundar para las naumaquias, los combates navales que las fuentes describen en los juegos de Tito. Domiciano cambió eso. Hizo excavar un laberinto de pasillos, jaulas y cuartos que alojaba a los animales y a los gladiadores fuera de la vista, y lo dotó de maquinaria: veintiocho montacargas de cabestrante, movidos por ocho hombres cada uno, que subían jaulas de trescientos kilos siete metros hasta trampillas en el suelo de la arena. Un león aparecía de la nada. Un decorado de bosque subía en segundos.
Los subterráneos estuvieron enterrados hasta el siglo XIX, y cerrados al público hasta 2010. En 2021, tras tres años de restauración financiada por la firma Tod’s, se abrió un recorrido de ciento sesenta metros por las galerías, con uno de los montacargas reconstruido a tamaño real. Es la visita que cambia la escala del monumento: desde abajo, el Coliseo es una fábrica.
Simbolismo y en qué fijarse
Los números de los arcos. En el lado norte, sobre las claves, en letras romanas. Es el sistema de acceso más antiguo del mundo que se puede leer.
Los agujeros. Miles, en toda la piedra. Cada uno era una grapa de hierro. Los saqueadores de la Edad Media las arrancaron para hacer herramientas y armas: se calcula que sacaron trescientas toneladas.
Las ménsulas del ático. En el piso superior, por fuera, una fila de piedras que sobresalen con un agujero cada una: doscientas cuarenta. Sostenían los mástiles del velarium, el toldo de lona que cubría las gradas y que manejaba un destacamento de marineros de la flota de Miseno, acuartelados junto al Coliseo. El toldo no cubría la arena, solo al público.
La parte que falta. El Coliseo tiene la mitad de la fachada. El lado sur, hacia el Celio, se derrumbó en el terremoto de 1349 – no por el sol, como se dice a veces, sino porque esa mitad estaba cimentada sobre el suelo blando del antiguo lago, y la otra sobre roca. Lo que cayó se llevó en carros: la Cancillería, el palacio Venecia, el palacio Barberini y buena parte de San Pedro están hechos de Coliseo. Los dos espolones de ladrillo que cierran los extremos de la fachada rota son de 1807 y 1826, y sin ellos el anillo seguiría cayendo.
Las gradas. Casi no quedan. Se ven las estructuras de soporte, en toba y ladrillo, con los tramos de asientos de mármol reconstruidos en el siglo XIX para dar idea. La grada baja era para senadores; las siguientes, para caballeros y ciudadanos; la de madera, arriba, para mujeres y pobres. El orden social a la vista.
La arena. Una plataforma de madera cubre hoy una parte del hypogeum, en el extremo oriental, para que se entienda dónde estaba el suelo. El resto está abierto. Un proyecto anunciado en 2021 para instalar un suelo retráctil de alta tecnología que cubriera toda la arena y permitiera espectáculos no se ha ejecutado.
La cruz. En el borde de la arena, del lado norte. La colocó Benedicto XIV en 1749, cuando consagró el edificio a la memoria de los mártires cristianos. Que hubiera mártires en el Coliseo es una tradición del siglo XVII sin documentación antigua, pero la consagración salvó el edificio: desde entonces nadie más se llevó piedras.
Contexto histórico
Los juegos de gladiadores eran, en origen, ritos funerarios etruscos. En Roma se convirtieron en espectáculo político: el que pagaba los juegos compraba el favor del pueblo, y bajo el Imperio el que pagaba era el emperador. El Coliseo es el escenario donde el emperador se dejaba ver por cincuenta mil ciudadanos a la vez, y donde el público le pedía con el pulgar la vida o la muerte de un hombre.
El programa era fijo: por la mañana, cacerías – venationes – con animales traídos de todo el Imperio; a mediodía, ejecuciones de condenados; por la tarde, gladiadores. Los gladiadores eran esclavos, prisioneros y algunos voluntarios, entrenados en escuelas – la mayor, el Ludus Magnus, estaba enfrente, y sus ruinas se ven desde la calle –, y eran caros: un buen gladiador costaba lo que una casa, y los combates a muerte eran menos frecuentes de lo que el cine cuenta. La mayoría terminaba con el vencido perdonado.
Los combates de gladiadores se prohibieron en 404. Las cacerías siguieron hasta 523. Después el edificio fue fortaleza de los Frangipane, cantera, establo, taller, huerto y, en el siglo XIX, jardín botánico involuntario: un naturalista inglés catalogó en 1855 cuatrocientas veinte especies de plantas que crecían entre las piedras, algunas exóticas, llegadas probablemente en el pienso de los animales africanos.
El nombre
Los romanos lo llamaban Anfiteatro Flavio, por la dinastía que lo construyó. «Coliseo» viene de al lado.
Junto a la Domus Aurea Nerón había levantado una estatua de bronce de treinta metros, el Coloso, con su propia cara; después de su muerte le cambiaron la cabeza por la del dios Sol. Adriano la trasladó en 128 al lado del anfiteatro, sobre un pedestal – hizo falta un arquitecto y veinticuatro elefantes –, y allí estuvo hasta desaparecer en la Alta Edad Media. El nombre pasó de la estatua al edificio. Aparece por primera vez hacia el año 700, en una profecía atribuida a Beda: mientras esté en pie el Coliseo, estará en pie Roma; cuando caiga el Coliseo, caerá Roma; y cuando caiga Roma, caerá el mundo.
El pedestal del Coloso se veía todavía en 1936, cuando Mussolini lo hizo demoler para despejar la vista.
Legado e influencia
Todos los estadios descienden de él. La planta elíptica, las gradas sobre galerías abovedadas, las salidas radiales, los accesos numerados: el Camp Nou, el Bernabéu, Wembley y el Maracaná son Coliseos de hormigón armado. Y en España hay un descendiente más directo: la plaza de toros, un anfiteatro para un solo tipo de espectáculo, con la misma planta circular, los mismos tendidos y la misma puerta de arrastre por donde sale el animal muerto.
Como imagen, el Coliseo es Roma. Lo pintaron los viajeros del Grand Tour – Panini, Piranesi, Turner –, lo cantó Byron, lo visitaron Goethe y Dickens a la luz de la luna, y lo ha rodado Hollywood en Vacaciones en Roma, en Gladiator y en su secuela de 2024.
Esa secuela dejó rastro. Para promocionarla, Airbnb pagó al Parque Arqueológico un millón y medio de dólares y organizó, el 7 y el 8 de mayo de 2025, dos noches de combates simulados de gladiadores en la arena, con dieciséis invitados elegidos por sorteo, armaduras, velas y un árbitro. El Ayuntamiento de Roma protestó – «no somos Disneylandia» –, la dirección del Parque defendió que el dinero iba a restauración, y las noches se celebraron. Es el episodio que resume el debate sobre qué puede y qué no puede hacerse en el monumento más visitado de Italia.
Desde 1964, cada Viernes Santo el papa preside el Vía Crucis con el Coliseo iluminado detrás, retomando la consagración de 1749. Y desde 2000 el Coliseo se ilumina de color cada vez que un país del mundo abole la pena de muerte.
¿Y en España?
Hispania tuvo más anfiteatros que casi cualquier otra provincia, y tres se visitan.
Itálica, en Santiponce, a nueve kilómetros de Sevilla. Es el mayor de España y uno de los cinco o seis mayores del Imperio: 160 metros de largo, unos 25.000 espectadores, con su foso central abierto y sus galerías bajo las gradas. Lo construyó Adriano, que había nacido en Itálica – como Trajano, su predecesor –, cuando convirtió su ciudad natal en escaparate imperial. Es decir: el emperador que trasladó el Coloso junto al Coliseo levantó en su pueblo andaluz el anfiteatro más grande de la península. En 2017 sirvió de Pozo Dragón en Juego de tronos.
Mérida, del año 8 a. C., es anterior al Coliseo en casi un siglo y conserva la inscripción de dedicación de Augusto en la puerta. Está junto al teatro, y los dos forman el mejor conjunto romano de España.
Tarragona, del siglo II, está al borde del mar, con la arena excavada en la roca. Dentro hay una basílica visigoda, construida sobre el lugar donde en 259 quemaron vivos al obispo Fructuoso y a dos diáconos – el único martirio en anfiteatro documentado con seguridad en toda Hispania.
Ver Itálica después del Coliseo es entender el sistema: el mismo edificio, a distintas escalas, en cada capital de provincia.
Dónde ver la obra hoy
El Coliseo está en el centro de Roma. Metro Colosseo, línea B, con salida frente a la fachada. Es el monumento más visitado de Italia – más de doce millones de personas al año – y la visita hay que planearla.
- Hay cinco entradas distintas. La estándar, de 18 euros, da acceso al Coliseo y, en las veinticuatro horas siguientes, al Foro y al Palatino. La Full Experience, de 24 euros, añade la arena, o la arena y los subterráneos, o el piso superior con vistas. Reserva de 2 euros no reembolsable. Ciudadanos de la UE de 18 a 25 años, 2 y 6 euros. Menores de 18, gratis, pero con reserva.
- Las entradas salen a la venta treinta días antes, a las 9 de la mañana hora de Roma, en ticketing.colosseo.it, y las de arena y subterráneos se agotan en minutos en temporada alta. Son nominativas: hay que llevar el documento.
- El primer domingo de mes es gratuito, sin reserva, pero la arena y los subterráneos están cerrados ese día.
- Horario: de 8:30 o 9 hasta una hora antes del anochecer, según la estación. Cerrado el 1 de enero y el 25 de diciembre.
- Los subterráneos solo se visitan en grupo guiado, con entrada por la puerta de los gladiadores, en el lado sur, y hora fija. Llega quince minutos antes: si el grupo ha entrado, no hay segunda oportunidad.
- Visita nocturna. En verano el Parque organiza «Una noche en el Coliseo»: subterráneos, arena y gradas después del cierre, hasta las 23, con guía, por 50 euros y un máximo de veinticinco personas. Las plazas se abren siete días antes.
- Entra a la apertura o en la última hora. Entre las 10 y las 15 las galerías están saturadas y las colas de control de seguridad superan la media hora incluso con reserva.
- Sin flash; trípodes prohibidos. Y nada de grabar nombres: en 2023 un turista que talló «Ivan+Hayley 23» en un muro fue identificado por vídeo y procesado.
Enfrente, gratis, las ruinas del Ludus Magnus, la escuela de gladiadores, y el Arco de Constantino. Y el Foro y el Palatino, incluidos en la entrada, necesitan otras tres horas.
Preguntas frecuentes
¿Cuánta gente cabía?
Unas cincuenta mil personas, según los cálculos actuales. Los catálogos antiguos dan 87.000 «lugares», que probablemente miden pies de grada y no espectadores. La cifra de 80.000 que circula es la más alta de las estimaciones, no la más aceptada.
¿Con qué dinero se hizo?
Con el botín de la guerra de Judea: el saqueo de Jerusalén y del Templo en el año 70. Lo dice una inscripción reconstruida en 1995 a partir de los agujeros de sus letras de bronce. Josefo cuenta que decenas de miles de prisioneros judíos fueron llevados a Roma, y la tradición los pone en la obra.
¿Por qué falta la mitad?
El lado sur se derrumbó en el terremoto de 1349, porque estaba cimentado sobre el suelo blando del antiguo lago de Nerón. Las piedras se usaron para construir palacios e iglesias, San Pedro incluida. Los espolones de ladrillo que cierran la fachada son del siglo XIX.
¿Hubo mártires cristianos?
No hay ninguna fuente antigua que lo documente. La tradición es del siglo XVII, y en 1749 Benedicto XIV consagró el edificio a su memoria, lo que puso fin a los saqueos de piedra. El Vía Crucis del Viernes Santo se celebra allí desde 1964.
¿Se puede bajar a los subterráneos?
Sí, desde 2021, con la entrada Full Experience de subterráneos y arena, de 24 euros, en grupo guiado con hora fija. Se recorren ciento sesenta metros de galerías y se ve un montacargas reconstruido.
¿De dónde viene el nombre?
Del Coloso de Nerón, una estatua de bronce de treinta metros que Adriano trasladó junto al anfiteatro en 128. La estatua desapareció; el nombre pasó al edificio hacia el año 700.
¿Qué pasó con Airbnb?
En mayo de 2025, dos noches de combates simulados de gladiadores en la arena, con dieciséis invitados, pagadas por Airbnb con un millón y medio de dólares destinados a restauración, para promocionar Gladiator II. El Ayuntamiento de Roma se opuso; se celebraron igualmente.
¿Cuál es el mayor anfiteatro de España?
El de Itálica, junto a Sevilla, para unos 25.000 espectadores, construido por Adriano en su ciudad natal. Mérida y Tarragona conservan los otros dos grandes.
Si esta obra te ha interesado, sigue con el Panteón – el otro edificio de hormigón romano, cuarenta años posterior, que se salvó entero por convertirse en iglesia a tiempo – y con el Partenón, que también se pagó con dinero ajeno y también acabó en cantera.
Imagen: Anfiteatro Flavio, Roma (72–80 d. C.), vista exterior. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.
