The Great Wave off Kanagawa by Katsushika Hokusai, 1831

La gran ola de Kanagawa

El título no dice «la gran ola». Dice Kanagawa oki nami ura: «bajo la ola, en alta mar, en Kanagawa». La palabra clave es «bajo». Hokusai no nos pone delante de la ola: nos pone debajo, en el hueco, en el sitio exacto donde están los treinta remeros de las tres barcas. La traducción occidental convirtió una posición en un adjetivo, y con ella se perdió lo que hace funcionar la estampa. Por eso el Metropolitan y el Museo Británico la catalogan hoy como Under the Wave off Kanagawa.

Datos clave

  • Artista: Katsushika Hokusai (1760–1849)
  • Título japonés: 神奈川沖浪裏 Kanagawa oki nami ura – «Bajo la ola en alta mar en Kanagawa»
  • Serie: Fugaku sanjūrokkei, «Treinta y seis vistas del monte Fuji»
  • Fecha: hacia 1830–1832
  • Técnica: xilografía nishiki-e a varios colores sobre papel; formato ōban
  • Dimensiones: unos 25,7 × 37,9 cm
  • Editor: Nishimuraya Yohachi (Eijudō)
  • Movimiento: Ukiyo-e
  • Dónde hay ejemplares: Metropolitan Museum, Museo Británico, Museo Guimet, Museo Nacional de Tokio, Art Institute of Chicago, entre otros

No hay un original

Esta es la diferencia esencial con cualquier cuadro, y conviene entenderla antes de seguir.

Una estampa ukiyo-e es un producto editorial. Hokusai hizo el dibujo; un grabador lo talló en bloques de madera de cerezo, uno por color; un impresor entintó y frotó el papel a mano con un baren; y un editor la vendió por unas veinte monedas de cobre – el precio de un cuenco de fideos. No es la obra de un artista: es la de un taller.

Se imprimieron varios miles de ejemplares, quizá ocho mil, a lo largo de años. Sobreviven menos de doscientos, y no todos son iguales. Los bloques se desgastan: en las primeras impresiones las líneas son finas y el cielo tiene una nube rosada en el horizonte; en las tardías las líneas engordan, aparecen grietas en la madera y el color se aplana.

En 2020 la investigadora del Museo Británico Capucine Korenberg examinó más de cien impresiones de todo el mundo y las ordenó cronológicamente por el desgaste de los bloques: una grieta que aparece en el borde superior, otra que crece, una línea que se rompe. Es la primera vez que se puede decir cuál es anterior a cuál. Lo que ningún museo puede decir es cuál es «el original», porque no existe.

Eso explica el mercado. En marzo de 2023 una impresión temprana se vendió en Christie’s de Nueva York por 2,76 millones de dólares, tras trece minutos de puja entre seis postores y con una estimación de partida de 500.000. Es el récord para cualquier obra de Hokusai y para cualquier estampa japonesa. No se paga la imagen – que está en todas partes – sino esas líneas finas y esa nube rosa.

¿Qué hace que esta obra sea inolvidable?

La composición. Hokusai había pintado olas durante treinta años – hay versiones suyas de 1797 y de 1805 – y aquí encontró la forma definitiva.

La ola entra por la izquierda, llena dos tercios del papel y se curva sobre las barcas. Sus garras de espuma se rompen en garras más pequeñas, y esas en otras: la cresta es autosemejante, se repite a distintas escalas, y por eso los físicos la citan como una de las primeras representaciones intuitivas de una estructura fractal. Hokusai no sabía nada de fractales; sabía mirar el agua.

Y en el hueco, al fondo, el monte Fuji, minúsculo, blanco, quieto. La ola pequeña del centro tiene exactamente la silueta del Fuji, con espuma en la cima como nieve. Es una rima visual, y es la razón por la que la estampa pertenece a una serie sobre el Fuji y no a una serie sobre el mar.

La lectura habitual – «la naturaleza aplasta al símbolo sagrado de Japón» – es occidental y probablemente errónea. En la serie, el Fuji es lo permanente: aparece en treinta y seis vistas distintas, bajo la lluvia, entre bambúes, tras un tonel, siempre igual. La ola pasará. La montaña, no.

Lo que está pasando en la escena

No es un naufragio, y no es un tsunami.

Las tres barcas son oshiokuri-bune, embarcaciones rápidas y estrechas que llevaban pescado vivo desde la península de Bōsō hasta los mercados de Edo. Llevaban ocho remeros cada una y un piloto: hay unos treinta hombres en la estampa. Iban a toda velocidad porque el pescado tenía que llegar fresco, y navegaban con mal tiempo por la misma razón.

Los remeros no están gritando ni remando contra la ola. Están agachados sobre los remos, en fila, en la posición correcta para que la barca corte el agua. Es un trabajo, no un desastre.

Y la ola no es una ola sísmica. Los oceanógrafos que la han estudiado – comparándola con datos de la bahía de Sagami – la identifican como una ola gigante de tormenta, del tipo que rompe hacia delante volcando la cresta. La palabra «tsunami» aplicada a esta imagen es un error que se repite en prensa desde hace décadas.

El azul

El color que hizo famosa la serie llegó de Europa.

El azul de Prusia – el primer pigmento sintético moderno, descubierto en Berlín hacia 1706 – entró en Japón a través del puerto de Nagasaki, el único abierto al comercio holandés durante el aislamiento. En japonés se llamó bero-ai, del holandés Berlijns blauw. Hacia 1829 su precio bajó lo suficiente para usarlo en estampas baratas.

Hasta entonces los azules japoneses eran vegetales – índigo, tsuyukusa – y se decoloraban con la luz en pocos años. El azul de Prusia es intenso y no se va. El editor Nishimuraya lanzó las primeras vistas del Fuji anunciándolas en la prensa como impresas «en azul», porque el color era la novedad comercial.

Así que esta estampa, que pasa por la imagen más japonesa del mundo, se hizo con un pigmento alemán comprado a los holandeses y con una perspectiva – la línea del horizonte, la profundidad – aprendida de los grabados europeos que circulaban en Edo. El aislamiento del Japón Edo tenía grietas, y esta es una.

Simbolismo y en qué fijarse

La firma. Arriba a la izquierda, en el cartucho junto al título de la serie: Hokusai aratame Iitsu hitsu, «del pincel de Iitsu, antes Hokusai». Cambiar de nombre era normal en él.

La nube rosa. En el horizonte, bajo el cielo, una franja rosada perfilada. En las impresiones tardías desaparece. Si la ves, estás delante de una buena.

Las gotas. Los puntos blancos de espuma que se desprenden de la cresta y caen sobre las barcas. Son la parte más difícil de imprimir y la primera que se pierde con el desgaste.

El cielo. Vacío, gris oscuro, sin nubes dramáticas. Todo el drama está en el agua. Es una decisión, no una omisión.

Los cascos. Las barcas están escorzadas, una detrás de otra, y desaparecen parcialmente en el agua. El de la derecha apenas asoma.

La diagonal. El ojo entra por la cresta, baja por la espuma, cruza las barcas y llega al Fuji. Después vuelve. No hay salida.

El tamaño. Veinticinco por treinta y ocho centímetros: un folio grande. La imagen más monumental del arte japonés cabe en un cajón.

Contexto histórico

Japón vivía bajo el sakoku, la política de cierre: nadie entraba ni salía, salvo el comercio controlado con holandeses y chinos por Nagasaki. Edo, la actual Tokio, era ya la ciudad más poblada del mundo, con más de un millón de habitantes, y tenía una industria editorial enorme: libros, guías, novelas ilustradas y estampas para una clientela urbana que sabía leer.

El ukiyo-e – «imágenes del mundo flotante» – había empezado retratando actores de kabuki y cortesanas. Hacia 1830 el paisaje se convirtió en el género de moda, en parte porque viajar estaba de moda: la peregrinación al Fuji era una devoción popular, con cofradías que subían la montaña cada verano, y la ruta del Tōkaidō estaba llena de caminantes. Una serie de vistas del Fuji era, a la vez, arte y souvenir.

La serie se vendió tan bien que el editor añadió diez láminas más a las treinta y seis anunciadas. Las diez últimas se distinguen porque llevan el contorno en negro y no en azul; se las llama ura-Fuji, «el Fuji del reverso».

Sobre Katsushika Hokusai

Nació en Edo en 1760, en el barrio de Honjo, y fue adoptado por un fabricante de espejos de la corte. A los catorce aprendía a tallar madera; a los dieciocho entró en el taller de Katsukawa Shunshō.

Cambió de nombre más de treinta veces y de casa unas noventa. Vivió en la pobreza casi siempre, con una hija, Ōi, que fue también pintora y que trabajó en su taller; a ella se atribuyen hoy obras firmadas por él.

Produjo unas treinta mil imágenes. Entre ellas el Manga – quince volúmenes de bocetos publicados desde 1814, de donde viene la palabra – y, con más de setenta años, la serie del Fuji.

En el epílogo de Cien vistas del monte Fuji, escribió que desde los seis años dibujaba, que nada de lo que hizo antes de los setenta merece la pena, que a los setenta y tres empezó a entender la estructura de los animales y las plantas, y que a los ciento diez cada punto y cada línea estarían vivos. Firmaba entonces como Gakyō rōjin: «el viejo loco por el dibujo».

Murió el 10 de mayo de 1849, a los ochenta y ocho años. Se le atribuyen unas últimas palabras: si el cielo le diera diez años más, o solo cinco, se convertiría en un verdadero pintor.

Legado e influencia

Las estampas llegaron a Europa a partir de 1850, cuando Japón se abrió, y se vendieron baratas en las tiendas de curiosidades de París. El japonismo sacudió a una generación: Monet reunió 231 estampas japonesas, que siguen colgadas en su casa de Giverny; Van Gogh copió tres al óleo; Degas, Toulouse-Lautrec, Klimt y Gauguin tomaron de ellas el encuadre cortado, el color plano y la línea.

Debussy pidió que la portada de la primera edición de La mer, en 1905, llevara un detalle de esta estampa. Tenía una en su despacho.

Después, todo lo demás: camisetas, tatuajes, portadas, el emoji de la ola, un set de LEGO de 1.810 piezas en 2023, y una presencia constante en manifestaciones ecologistas y en carteles sobre el cambio climático. Es probablemente la imagen más reproducida de la historia del arte junto con la Gioconda, y a diferencia de esta no tiene un lugar al que peregrinar.

Una ironía final: en 2024 el Ayuntamiento de Fujikawaguchiko instaló una pantalla negra para impedir que los turistas fotografiaran el Fuji sobre un supermercado, porque la aglomeración era insostenible. El monte que Hokusai puso al fondo de una ola tiene hoy un problema de exceso de miradas.

¿Y en España?

Hay más Hokusai del que parece, aunque haya que buscarlo.

Bilbao. El Museo de Bellas Artes conserva la colección de arte japonés de José Palacio Olavarría (1875–1952), un coleccionista uruguayo afincado en Bilbao que compró estampas en las grandes subastas parisinas de los años veinte – varias en la venta de la colección de Louis Gonse, en el Hôtel Drouot, en abril de 1926. Hay obra de Hokusai, Utamaro e Hiroshige, y llegó al museo en 1954 por legado de su heredera. Es el mejor conjunto de ukiyo-e de España en un museo de bellas artes.

Valladolid. El Museo Oriental del Real Colegio de los Agustinos, formado con material traído por los misioneros, guarda 268 grabados de los periodos Edo y Meiji. Es una colección poco conocida y de primer nivel.

Zaragoza. La colección de arte oriental de Federico Torralba, hoy en el Museo de Zaragoza, con estampas y libros ilustrados de gran calidad.

Madrid. La Biblioteca Nacional conserva volúmenes del Manga de Hokusai en una edición de 1876 y un fondo de grabados japoneses; y el Museo Nacional de Artes Decorativas tiene un conjunto de estampas japonesas en el que, según los estudios de su colección, figura una impresión de la Ola.

Ninguna de estas es una de las veinte mejores impresiones del mundo. Pero para ver cómo es una estampa ukiyo-e de verdad – el papel, el relieve del baren, el brillo del pigmento – no hace falta cruzar el Atlántico.

Dónde ver la obra hoy

Aquí hay que ser claro, porque es el punto en que fallan casi todas las guías.

No existe un museo donde la Ola esté siempre colgada. El papel y los pigmentos son extremadamente sensibles a la luz: una exposición prolongada decolora los azules de forma irreversible. Por eso los museos que tienen ejemplares – el Metropolitan, el Museo Británico, el Guimet, el Museo Nacional de Tokio, el Art Institute de Chicago – los guardan en reserva y los sacan por temporadas cortas, normalmente de dos o tres meses, y después los devuelven a la oscuridad durante años.

  • Comprueba antes de ir. Las webs del Met y del Museo Británico indican en la ficha de cada obra si está expuesta y en qué sala. Si dice «not on view», no está.
  • Metropolitan Museum, Quinta Avenida 1000, Nueva York. Las galerías de arte japonés están en la segunda planta, y hay una sala de rotación de estampas que cambia varias veces al año. La entrada es por donación voluntaria solo para residentes en Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut; para el resto, unos 30 dólares. Cierra los miércoles.
  • Museo Británico, Londres. Tiene tres ejemplares y entrada gratuita, pero las estampas japonesas se muestran por rotación en la sala 93, en exposiciones temáticas.
  • Museo Sumida Hokusai, en Tokio, en el barrio donde nació el pintor. Expone una reproducción permanente de alta fidelidad y los originales por rotación. Es el único sitio pensado enteramente para él.
  • Lo que siempre se puede ver: las imágenes de altísima resolución de los museos. El Met y el Británico publican la suya en abierto, ampliable hasta el grano del papel. Para comparar impresiones y entender el desgaste de los bloques, es mejor que una vitrina.

Esta obra existe en más de una versión. Si te interesa saber cuántas hay, dónde están y cómo distinguirlas, tenemos una guía completa: obras famosas con varias versiones.

Preguntas frecuentes

¿Es una pintura?

No. Es una xilografía: Hokusai hizo el dibujo, un grabador talló los bloques, un impresor tiró las copias y un editor las vendió. Se imprimieron miles y no existe «el original».

¿Cuántas quedan?

Menos de doscientas, de las varios miles – quizá ocho mil – que se imprimieron. Una investigación del Museo Británico de 2020 estudió más de cien y las ordenó por el desgaste de los bloques.

¿Es un tsunami?

No. Los oceanógrafos la identifican como una ola gigante de tormenta que rompe volcando la cresta. La palabra «tsunami» aparece en mucha prensa y es un error.

¿Qué significa el título?

«Bajo la ola en alta mar en Kanagawa». El punto de vista está debajo de la ola, con las barcas, no fuera de ella.

¿Qué hacen esas barcas?

Llevar pescado vivo a Edo. Son oshiokuri-bune, embarcaciones rápidas de reparto, con ocho remeros cada una. En total hay unos treinta hombres en la estampa, y están trabajando, no naufragando.

¿Por qué el azul es tan intenso?

Porque es azul de Prusia, un pigmento sintético europeo que llegó a Japón por Nagasaki y se abarató hacia 1829. Los azules japoneses anteriores se decoloraban; este no.

¿Se puede ver en algún museo de forma permanente?

No. Todos los ejemplares se exhiben por rotación, unas semanas cada varios años, porque la luz destruye los colores. Comprueba la ficha en la web del museo antes de viajar.

¿Cuánto vale?

Depende de la calidad de la impresión. El récord es de 2,76 millones de dólares, en Christie’s de Nueva York, en marzo de 2023. Impresiones tardías o en mal estado se han vendido por unas decenas de miles.

¿Hay Hokusai en España?

Sí. El Museo de Bellas Artes de Bilbao, con la colección Palacio; el Museo Oriental de Valladolid, con 268 grabados japoneses; el Museo de Zaragoza, con la colección Torralba; y la Biblioteca Nacional, con volúmenes del Manga.

Si esta obra te ha interesado, sigue con La noche estrellada de Van Gogh – un pintor que copió estampas japonesas al óleo para aprender a mirar – y con los Nenúfares de Monet, pintados en un jardín diseñado con un puente japonés y a la vista de doscientas treinta y una estampas.

Imagen: Kanagawa oki nami ura – Katsushika Hokusai (c. 1830–1832). Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

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