La Última Cena
En la pared de enfrente hay otro mural, pintado el mismo año, y está intacto. Es una Crucifixión de Donato Montorfano, un pintor del que casi nadie ha oído hablar, ejecutada al fresco – la técnica tradicional – en 1495. Leonardo, en la pared opuesta, quiso hacer algo mejor y pintó sobre yeso seco con temple y óleo. En 1517, con Leonardo aún vivo, la Cena ya se estaba cayendo. La Crucifixión sigue exactamente como el día en que se terminó. Entrar en el refectorio es ver, en una sola sala, la técnica que funcionaba y el genio que decidió no usarla.
Datos clave
- Artista: Leonardo da Vinci (1452–1519)
- Título italiano: Il Cenacolo o L’Ultima Cena
- Fecha: 1495–1498
- Técnica: temple y óleo sobre yeso seco, con imprimación de blanco de plomo – no es un fresco
- Dimensiones: 460 × 880 cm
- Encargo: Ludovico Sforza, «el Moro», duque de Milán
- Movimiento: Renacimiento italiano
- Ubicación: refectorio de Santa Maria delle Grazie, Milán – Museo del Cenacolo Vinciano
- Última restauración: 1978–1999, dirigida por Pinin Brambilla Barcilon
¿Qué hace que esta obra sea inolvidable?
Las últimas cenas anteriores – Castagno, Ghirlandaio, Perugino – mostraban una fila de hombres tranquilos en torno a una mesa, con Judas aislado al otro lado, de espaldas, para que nadie tuviera dudas.
Leonardo eligió un instante concreto, el más violento del relato: «Uno de vosotros me entregará». Y pintó lo que pasa en la mesa un segundo después de esa frase.
Los doce reaccionan, y ninguno reacciona igual. Unos se apartan, otros se acercan, uno señala al cielo, otro se lleva las manos al pecho, uno se levanta. En el centro, Cristo acaba de hablar y está quieto. Es un estudio de doce formas distintas de recibir una mala noticia, y en los cuadernos de Leonardo se conserva la lista de gestos que quería incluir, escrita antes de pintar.
Y Judas no está aparte. Está sentado con los demás, en el mismo lado de la mesa, en sombra, echado hacia atrás. Es el único que no reacciona con sorpresa. Leonardo lo esconde entre los inocentes, y el espectador tiene que buscarlo.
Cómo se pintó
Un fresco se pinta sobre yeso húmedo. El pigmento se integra en la pared al secarse y dura siglos, pero hay que trabajar deprisa, por secciones, y no se puede corregir.
Leonardo no trabajaba así. Corregía, dudaba, dejaba pasar días. Así que preparó la pared con una capa de yeso seco, encima una imprimación de blanco de plomo, y pintó sobre eso con temple de huevo y óleo, como si fuera una tabla gigante. La técnica le daba matices y tiempo. No le daba adherencia. El muro norte del refectorio daba a la cocina y a la humedad, y la pintura empezó a despegarse en escamas antes de que Leonardo muriera.
El escritor Matteo Bandello, sobrino del prior, vio trabajar a Leonardo cuando era niño y lo describió: algunos días subía al andamio al amanecer y no soltaba el pincel hasta la noche, sin comer; otros pasaba horas mirando la pared sin tocarla; otros llegaba a mediodía desde el otro extremo de Milán, daba dos pinceladas y se marchaba.
El prior se quejó al duque de la lentitud. Vasari cuenta la respuesta de Leonardo: le faltaba un modelo para Judas, y si no lo encontraba, usaría la cara del prior.
Simbolismo y en qué fijarse
Con quince minutos de visita conviene saber de antemano dónde mirar.
El clavo. Todas las líneas de la arquitectura – techo, tapices, mesa – convergen en la sien derecha de Cristo. Durante la restauración se encontró allí el agujero del clavo que Leonardo usó para tensar las cuerdas de la perspectiva. Es el centro geométrico y el centro del relato.
Cuatro grupos de tres. Los apóstoles se ordenan en cuatro tríos, dos a cada lado. De izquierda a derecha: Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés; Judas, Pedro y Juan; Tomás, Santiago el Mayor y Felipe; Mateo, Judas Tadeo y Simón. Cada grupo es una ola que se aleja o se acerca al centro.
Judas. Cuarto desde la izquierda, dentro del segundo grupo. Es el único con la cara en sombra, el único que se echa hacia atrás, y aprieta una bolsa con la mano derecha. Con el brazo ha volcado el salero – ese detalle se ha perdido en el original y solo se ve en las copias antiguas.
El cuchillo de Pedro. Pedro, detrás de Judas, se inclina hacia Juan y sostiene un cuchillo en la mano derecha, con el codo hacia atrás en una torsión muy forzada. Anticipa la oreja del soldado en el huerto. La postura es tan extraña que durante siglos se discutió de quién era esa mano.
Juan. A la derecha de Cristo, joven, imberbe, con el pelo largo, casi desmayado hacia Pedro. Es la iconografía estándar del apóstol más joven en toda la pintura italiana del siglo XV. La idea de que sea María Magdalena procede de una novela de 2003 y no tiene apoyo en ningún historiador.
Las manos de Cristo. La derecha, palma abajo, se dirige hacia un vaso de vino; la izquierda, palma arriba, hacia el pan. Es la institución de la eucaristía en un solo gesto. Su figura forma un triángulo con la cabeza en el vértice, aislada contra la ventana del fondo.
Los pies que faltan. Bajo la mesa, en el centro, hay una puerta. La abrieron los frailes en 1652 para pasar a la cocina, y cortaron los pies de Cristo. Nadie los ha visto desde entonces, salvo en las copias.
La comida. La restauración reveló qué hay en los platos: anguila asada con rodajas de naranja, un plato lombardo de la época. No hay cordero. Hay pan, vino y sal.
Las tres lunetas. Encima de la pintura, tres arcos con guirnaldas y los escudos de Ludovico Sforza, su mujer Beatrice y su hijo. También son de Leonardo y también se han deteriorado.
La pared de enfrente. Date la vuelta. La Crucifixión de Montorfano, de 1495, al fresco. En su parte baja Leonardo añadió los retratos de la familia Sforza – al óleo, con su técnica. De los retratos no queda casi nada. Del fresco de Montorfano queda todo. Es la demostración más clara que existe de lo que salió mal.
Contexto histórico
Milán en 1495 era una de las cortes más ricas de Italia, gobernada de hecho por Ludovico Sforza, que se había hecho con el ducado a costa de su sobrino. Leonardo llevaba en la ciudad desde 1482, empleado como ingeniero, escenógrafo, músico y, de vez en cuando, pintor.
Ludovico quiso convertir Santa Maria delle Grazie, un convento dominico reciente, en mausoleo familiar. Encargó a Bramante la nueva tribuna de la iglesia y a Leonardo la decoración del refectorio, donde los frailes comían en silencio bajo una imagen de la última cena – la escena habitual para ese espacio.
En enero de 1497 murió Beatrice d’Este, la mujer del duque, con veintidós años, y fue enterrada en la iglesia. Hay un documento de ese año en que Ludovico pide a Leonardo que termine la pintura de una vez. Se dio por acabada en 1498; el matemático Luca Pacioli la menciona ya completa en febrero.
Un año después, en 1499, los franceses tomaron Milán. Ludovico acabó prisionero en Francia y Leonardo se fue de la ciudad. Según Vasari, el rey de Francia preguntó si se podía arrancar la pared entera y llevársela. No se pudo.
Cinco siglos de destrozos
Pocas obras han sobrevivido a tanto.
1517. Antonio de Beatis, de visita, anota que la pintura «empieza a estropearse». Leonardo vive aún.
1556. Vasari la describe como «una mancha confusa».
1652. Los frailes abren la puerta que corta los pies de Cristo.
1726. Primera restauración documentada: Michelangelo Bellotti rellena las lagunas y barniza todo al óleo. Empeora el estado.
1770. Giuseppe Mazza raspa el trabajo de Bellotti y repinta buena parte. Los frailes lo despiden a mitad de obra. Goethe, que vio el resultado, lo criticó por escrito.
1796. Las tropas de Napoleón usan el refectorio como cuadra. Se conservan relatos de soldados tirando ladrillos contra las cabezas de los apóstoles.
1800. Una inundación deja el refectorio bajo medio metro de agua durante semanas.
1821. Stefano Barezzi, especialista en arrancar frescos, intenta desprender la pintura para trasladarla. Descubre que no es un fresco y la daña gravemente antes de parar.
15 de agosto de 1943. Una bomba aliada cae sobre el convento. Destruye el techo y la pared este del refectorio. La pared de la Cena, protegida con sacos de arena y un andamio, queda en pie, a la intemperie, durante meses.
1978–1999. La restauración de Pinin Brambilla Barcilon. Veintiún años, con microscopio, retirando capa por capa seis restauraciones anteriores. Brambilla contó que cada restaurador había alterado las caras: alargado rostros, cerrado bocas, añadido ojos donde no los había. Su equipo encontró bajo los repintes restos de la tiza roja con que Leonardo había dibujado sobre el yeso.
Se reabrió el 28 de mayo de 1999. Lo que hay hoy en la pared es una edición crítica: lo que quedaba de Leonardo, unido con acuarela reversible en tono más claro para que se distinga. La cifra que circula – que solo el diez o el veinte por ciento es original – no tiene base científica, pero da una idea correcta de la escala de la pérdida.
Las copias que salvaron la imagen
Buena parte de lo que sabemos del aspecto original no viene del muro, sino de las copias que hicieron los discípulos de Leonardo en los años inmediatos.
La de la Royal Academy de Londres, atribuida a Giampietrino o a Boltraffio, hacia 1515–1520, a tamaño real, sobre lienzo. Sirvió de guía durante la restauración. En ella se ven los pies de Cristo, el salero volcado y los colores sin oscurecer.
La de la abadía de Tongerlo, en Bélgica, de 1506–1507, salida del taller de Andrea Solari. También a tamaño real y también completa.
Ninguna de las dos está en el refectorio. Pero sin ellas, la restauración habría sido a ciegas.
Sobre Leonardo da Vinci
Nació en 1452 en Vinci, hijo natural de un notario. Se formó en Florencia con Verrocchio y en 1482 se ofreció a Ludovico Sforza en una carta en la que enumeraba sus capacidades como ingeniero militar; la pintura aparecía al final.
Estuvo en Milán diecisiete años, los más productivos de su vida: la Virgen de las Rocas, la Dama del armiño, el proyecto del caballo de bronce para los Sforza – que nunca se fundió –, los estudios de anatomía, y esta pared.
Volvió a Milán entre 1506 y 1513, bajo los franceses, y murió en Amboise en 1519, al servicio de Francisco I.
Terminó muy pocas cosas. Se le atribuyen menos de veinte pinturas, y varias están inacabadas. La Cena es una de las que sí terminó, y una de las que peor han llegado.
Legado e influencia
La composición – una mesa horizontal, Cristo en el centro aislado, los apóstoles en grupos que reaccionan – se convirtió en el modelo de la última cena en la pintura europea. Antes de Leonardo había una fila de santos; después, hay una escena.
Rafael, Rubens, Tintoretto y todos los que pintaron el tema después tuvieron esta pared en la cabeza, aunque muchos la conocieran solo por grabados.
En el siglo XX pasó a la cultura de masas. Dalí pintó su Sacramento de la Última Cena en 1955 con la misma disposición. Warhol hizo en 1986 una serie de más de cien versiones, la última gran serie de su vida. Buñuel la parodió en Viridiana en 1961 con mendigos, y la película fue prohibida en España.
El Código Da Vinci de Dan Brown, en 2003, multiplicó las visitas y sembró la idea de que Juan es María Magdalena. La historiografía la rechaza por unanimidad; los guías del refectorio la oyen a diario.
¿Y en España?
El Museo del Prado conserva la Última Cena de Juan de Juanes, pintada entre 1555 y 1562 para el retablo mayor de la iglesia de San Esteban de Valencia, y es una descendiente directa de la de Milán.
Juanes no fue a Italia. Vio una copia de la Cena de Leonardo en la sacristía de la catedral de Valencia, y tomó de ella el espacio, la mesa, los grupos de apóstoles y la expresividad. Pero cambió el instante: en lugar del anuncio de la traición, pintó la consagración, con Cristo alzando la hostia. Era el momento que la Contrarreforma quería, y el cáliz que aparece en la mesa es el Santo Cáliz de la catedral de Valencia, que la tradición identifica con el Grial.
Judas está a la izquierda, de amarillo, con la bolsa escondida y sin aureola; su nombre aparece escrito en el banco. Carlos IV compró el retablo hacia 1800 y las tablas entraron en el Prado.
Es, para muchos españoles, la imagen de la última cena que han visto desde niños – en láminas, en libros escolares, en comedores familiares – sin saber que detrás está la pared de Milán.
Dónde ver la obra hoy
La pintura está en el refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie, Piazza Santa Maria delle Grazie 2, Milán. Metro: Cadorna o Conciliazione, líneas M1 y M2, a diez minutos a pie. El refectorio es un museo estatal independiente de la iglesia, con entrada propia por la esquina de la plaza.
El sistema de acceso es el más restrictivo de cualquier obra en Italia, y conviene entenderlo antes de planear nada.
- Reserva obligatoria para todo el mundo, sin excepción. No hay taquilla para el mismo día.
- Las entradas se venden por trimestres. Un día concreto, a las 12:00, salen a la venta los tres o cuatro meses siguientes, y se agotan en horas. Las de septiembre a diciembre de 2026 se pusieron a la venta el 23 de junio. Consulta en la web oficial la fecha de la próxima apertura.
- Cada miércoles a las 12:00 se liberan entradas sueltas para la semana siguiente, solo en línea. Es la única vía si no has reservado con meses de antelación.
- Máximo cinco entradas por compra, nominativas: cada una lleva el nombre del visitante y hay que presentar documento de identidad.
- Precio: 15 euros la entrada general; 2 euros para ciudadanos de la UE de 18 a 25 años. El primer domingo de mes es gratuita, con reserva que se abre el miércoles anterior.
- Horario: de martes a domingo, de 8:15 a 19:00. Cerrado los lunes.
- Hay que estar en la taquilla de via Fratelli Ruffini media hora antes para validar la entrada, y en la puerta del museo quince minutos antes de la hora asignada. Si llegas tarde, pierdes el turno.
- La visita dura quince minutos, en grupos reducidos, después de pasar por dos cámaras de aire que filtran polvo y humedad.
Con quince minutos, el consejo es sencillo: mira primero la Cena desde el centro de la sala, después acércate al lado izquierdo para ver a Judas y a Pedro, y guarda los dos últimos minutos para darte la vuelta y mirar la Crucifixión de Montorfano.
La iglesia, obra de Bramante en la tribuna, se visita aparte y sin reserva; conviene comprobar horarios de culto. A diez minutos está el Castello Sforzesco, con la Piedad Rondanini de Miguel Ángel, y a veinte la Pinacoteca Ambrosiana, con el Códice Atlántico de Leonardo.
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Preguntas frecuentes
¿Es un fresco?
No. Leonardo pintó sobre yeso seco con temple y óleo, sobre una imprimación de blanco de plomo. Un fresco se pinta sobre yeso húmedo y el pigmento queda integrado en la pared. La técnica de Leonardo permitía retoques y matices, pero no se adhirió, y la pintura empezó a desprenderse en vida del artista.
¿Por qué está tan deteriorada?
Por la técnica, por la humedad del muro – junto a la cocina –, y por cinco siglos de accidentes: una puerta abierta en 1652, restauraciones que repintaron encima en 1726 y 1770, tropas de Napoleón usando la sala como cuadra, una inundación en 1800, un intento de arrancarla en 1821 y una bomba en 1943.
¿Cuánto queda de Leonardo?
No se puede cuantificar con rigor. La restauración de 1978–1999 retiró los repintes de seis intervenciones anteriores y dejó a la vista lo que quedaba del original, unido con acuarela reversible en tono más claro. Las cifras del diez o el veinte por ciento que circulan son estimaciones sin base científica.
¿Quién es la figura a la derecha de Cristo?
El apóstol Juan, representado según la convención del siglo XV como el más joven, imberbe y de pelo largo. La teoría de que sea María Magdalena procede de El código Da Vinci y no tiene respaldo en la historia del arte.
¿Cómo se consiguen las entradas?
Solo con reserva previa en la web oficial del Cenacolo Vinciano. Las entradas salen a la venta por trimestres en fechas anunciadas y se agotan en horas; cada miércoles a mediodía se liberan algunas para la semana siguiente. Son nominativas, máximo cinco por compra, y hay que presentarse con documento de identidad media hora antes.
¿Cuánto dura la visita?
Quince minutos exactos, en grupos reducidos, tras pasar por dos esclusas de aire. No se puede prolongar ni repetir sin nueva reserva.
¿Hay alguna versión en España?
No hay copia de Leonardo, pero el Prado conserva la Última Cena de Juan de Juanes, de 1555–1562, inspirada directamente en la de Milán a través de una copia que el pintor vio en la catedral de Valencia. Es la imagen de la última cena más difundida en España.
¿Qué hay en la pared de enfrente?
Una Crucifixión de Donato Montorfano, de 1495, pintada al fresco tradicional y perfectamente conservada. Leonardo añadió en su parte inferior retratos de la familia Sforza con su propia técnica, y han desaparecido casi por completo.
Si esta obra te ha interesado, sigue con La Gioconda – pintada por el mismo hombre cinco años después, sobre tabla, con una técnica que sí funcionó – y con La creación de Adán, el fresco que Miguel Ángel pintó en Roma con la técnica que Leonardo rechazó.
Imagen: L’Ultima Cena – Leonardo da Vinci (1495–1498), refectorio de Santa Maria delle Grazie, Milán, tras la restauración de 1999. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.
