Melencolia I by Albrecht Dürer, 1514

Melancolía I

En la plancha pone MELENCOLIA §I. Con «e», no con «a». Y ese «I» no significa lo que casi todo el mundo cree. La lectura hoy dominante, formulada por Erwin Panofsky, es que no numera una serie sino que abrevia «Melencolia Imaginativa»: el primero de los tres grados de melancolía genial que Cornelio Agripa había descrito en De occulta philosophia, el que corresponde a quienes trabajan con la imaginación — pintores, arquitectos, artesanos. Es decir, el grado más bajo de los tres, y el único que Dürer podía reclamar para sí mismo. El grabado no es el primero de una serie: es un autorretrato encubierto.

Datos clave

  • Artista: Albrecht Dürer (1471–1528)
  • Título en la plancha: MELENCOLIA §I
  • Fecha: 1514
  • Técnica: buril sobre plancha de cobre, estampado en papel
  • Dimensiones: unos 24 × 18,8 cm, variables según el ejemplar
  • Movimiento: Renacimiento del Norte
  • Serie: una de las tres Meisterstiche o «estampas maestras»
  • Ejemplares: en el Metropolitan de Nueva York, el Museo Británico, la Albertina, la National Gallery de Washington y decenas de museos más

No hay un original: hay muchos

Conviene aclararlo antes de seguir, porque el planteamiento cambia.

Esto es un grabado, no un dibujo ni un cuadro. Dürer talló la imagen con buril en una plancha de cobre, la entintó y la estampó sobre papel. Podía repetir la operación cientos de veces, y lo hizo: vendía sus estampas por toda Europa y vivía de ello.

Todos los ejemplares impresos por él son originales. Lo que los distingue es la calidad de la estampación: los primeros tiros, con la plancha recién grabada, tienen las líneas nítidas y los negros profundos; los tardíos, con el cobre ya desgastado, son más grises y apagados.

Por eso no tiene sentido hablar de «la copia del Metropolitan». Hay ejemplares excelentes en Nueva York, Londres, Viena, Washington, Berlín, Núremberg y Madrid, y lo relevante es cuál es un buen tiro, no cuál es «el auténtico».

El cuadrado mágico

En la pared, a la derecha, hay una tabla de cuatro por cuatro con los números del 1 al 16. Es el primer cuadrado mágico de la historia del arte europeo, y es más sofisticado de lo que suele contarse.

Suma 34 en todas las direcciones: cada fila, cada columna, las dos diagonales — y además los cuatro cuadrantes de dos por dos, las cuatro casillas centrales, las cuatro esquinas y varias combinaciones más.

En el centro de la fila inferior: las casillas 15 y 14. El año del grabado.

Y a los lados de esas dos: el 4 y el 1. Se ha propuesto leerlos como las letras cuarta y primera del alfabeto — D y A, las iniciales del artista. La fila inferior diría entonces «D 15 14 A»: firma y fecha dentro de un ejercicio matemático.

Hay un detalle más que conviene conocer. En la tradición astrológica, cada planeta tenía su cuadrado mágico, y el de cuatro por cuatro correspondía a Júpiter. Júpiter era el planeta benéfico, el antídoto contra la influencia nefasta de Saturno, patrón de los melancólicos. El cuadrado está en la pared como un talismán: puesto ahí para contrarrestar la enfermedad que el grabado retrata.

Y 1514 es otra cosa

La fecha del cuadrado tiene una segunda lectura, y es biográfica.

El 17 de mayo de 1514 murió Barbara Dürer, la madre del artista. Dürer la había dibujado al carboncillo poco antes, demacrada y con la mirada fija — uno de los retratos más descarnados del Renacimiento — y escribió en su diario familiar un relato detallado y doloroso de su agonía.

Melencolia se grabó ese mismo año.

No hay ningún documento que conecte las dos cosas, y conviene no forzarlo. Pero la coincidencia está ahí, y buena parte de la crítica la tiene en cuenta al leer la obra como un ejercicio personal más que como una alegoría erudita.

Simbolismo y en qué fijarse

Este grabado tiene más elementos identificables que casi cualquier otra imagen renacentista. Los principales:

La figura. Alada, sentada, con la cabeza apoyada en el puño cerrado — la postura canónica del melancólico desde la Antigüedad. Sostiene un compás abierto y no lo usa. Tiene una corona de ranúnculo y berro, plantas húmedas que se creía que contrarrestaban la sequedad melancólica. Y mira fijamente fuera del grabado, hacia arriba a la izquierda, a algo que no vemos.

Las llaves y la bolsa. Le cuelgan del cinturón, y aquí no hay que interpretar nada: Dürer lo anotó por escrito. En un apunte suyo se lee que «la llave significa poder, la bolsa significa riqueza». Los tiene, y no le sirven.

El poliedro. Un bloque de piedra tallado en una forma que no existe en ningún tratado: un romboedro truncado que se conoce como «el sólido de Dürer». Los matemáticos llevan un siglo discutiendo sus ángulos exactos. En algunos ejemplares bien estampados se distingue sobre su cara una vaga forma de cráneo, y la discusión sobre si es deliberada sigue abierta.

La esfera. Perfecta, pulida, en primer plano. Frente al poliedro irregular, es la geometría ideal contra la geometría del mundo.

Las herramientas. Tiradas por el suelo: martillo, tenazas, clavos, cepillo, sierra, regla, molde de fundición. Ninguna está en uso. Son instrumentos de carpintería y de albañilería, los oficios de quien trabaja con las manos.

El putto. Sentado en una rueda de molino, garabateando en una tablilla. Es el único personaje que hace algo, y lo que hace no significa nada.

El perro. Escuálido, dormido, enroscado sobre sí mismo. En la teoría de los humores, el perro era el animal melancólico.

El reloj de arena, la campana, la balanza y el cuadrante solar. Instrumentos de medida, colgados en la pared. Miden el tiempo y el peso; no miden lo que pasa dentro.

La escalera. Apoyada en el edificio, con siete peldaños, sin principio ni final visibles. No se sabe a dónde lleva.

El cielo. Un cometa sobre un arcoíris, sobre un mar en calma. Y un ser alado parecido a un murciélago — o a una rata alada — que despliega el cartel con el título. Es lo único que se mueve en toda la escena.

Las tres estampas maestras

No es una obra suelta. Dürer produjo en dos años tres grabados de calidad excepcional que la crítica llama Meisterstiche y que suelen leerse juntos:

  • El caballero, la muerte y el diablo (1513): la virtud moral, que avanza pese a todo.
  • San Jerónimo en su gabinete (1514): la virtud contemplativa, en paz, en una habitación luminosa y ordenada, con el león dormido a sus pies.
  • Melencolia I (1514): la virtud intelectual, bloqueada.

La comparación con el San Jerónimo es reveladora, porque son el mismo tema al revés: dos interiores, dos figuras sentadas, dos perros. En uno todo está en su sitio y la luz entra por la ventana; en el otro hay desorden, penumbra y un cometa. El sabio que ha encontrado la paz y el que no.

Contexto histórico

La teoría de los cuatro humores — sangre, flema, bilis amarilla, bilis negra — organizaba la medicina europea desde la Antigüedad. La bilis negra, en griego mélaina cholé, producía el temperamento melancólico: frío, seco, triste, solitario. Era el peor de los cuatro.

El Renacimiento le dio la vuelta. Recuperando un texto aristotélico, Marsilio Ficino sostuvo en Florencia que todos los hombres excepcionales en filosofía, poesía y arte eran melancólicos: la enfermedad era la condición del genio. Y Cornelio Agripa organizó esa melancolía genial en tres grados según la facultad afectada — imaginación, razón, intelecto.

Eso cambió el estatus del artista. Si el temperamento sombrío era la marca del genio, el pintor dejaba de ser un artesano gremial y pasaba a ser una figura tocada por lo divino. Dürer llevaba toda su vida peleando por exactamente esa idea, y su autorretrato de 1500 es la otra mitad del mismo argumento.

Melancolía y saturnismo eran además un asunto de moda intelectual en la Europa de 1514, y este grabado se vendió de inmediato en los círculos humanistas.

Sobre Albrecht Dürer

Nació en Núremberg en 1471, hijo de un orfebre húngaro emigrado. Aprendió en el taller paterno a trabajar el metal con buril, y esa técnica —la misma que se usa para grabar plata— es la que aplicó al cobre.

Viajó dos veces a Italia y volvió convencido de que el pintor era un intelectual. Escribió tratados de geometría, de proporción humana y de fortificación.

Su imperio fue la estampa. Compró su propia prensa hacia 1497, fue diseñador, impresor y editor a la vez, registró su monograma AD y lo defendió ante los tribunales de Venecia contra un falsificador. Fue el primer artista europeo con una marca y una red de distribución continental, y ganó con los grabados mucho más de lo que ganó pintando — se quejó de ello por escrito a más de un cliente, como cuenta la historia de las Manos que rezan.

Murió el 6 de abril de 1528, a los cincuenta y seis años.

Legado e influencia

Es probablemente la obra más comentada de la historia del grabado, y tiene una bibliografía propia. El estudio fundamental es Saturno y la melancolía, de Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl, publicado en 1964 tras décadas de trabajo: un libro entero construido en buena parte alrededor de esta plancha.

Panofsky la llamó «un autorretrato espiritual de Dürer».

Su descendencia intelectual es enorme: Walter Benjamin la situó en el centro de su teoría de la alegoría y del duelo; Baudelaire y toda la tradición del spleen beben de ella; Max Ernst y los surrealistas la reinterpretaron; y Lars von Trier tituló Melancholia una película de 2011 sobre un planeta que se acerca a la Tierra mientras una mujer es incapaz de moverse.

Y ha entrado en la cultura visual como el emblema del bloqueo creativo. Cada vez que se ilustra la idea de tener todas las herramientas y no poder usarlas, la imagen de fondo es esta.

¿Y en España?

Hay un descendiente directo, y es de Goya.

El Capricho 43, El sueño de la razón produce monstruos, grabado en 1797–1799, repite la estructura exacta de Melencolia I: una figura sentada, derrumbada sobre su mesa de trabajo, con los instrumentos de su oficio delante — papeles, lápices, un cartapacio —, incapaz de usarlos, mientras el espacio se llena de criaturas aladas.

En Dürer es un ser parecido a un murciélago el que sostiene el título; en Goya son búhos y murciélagos los que invaden la escena. Y en los dos casos hay un animal echado en primer plano: el perro flaco de Dürer, el lince alerta de Goya.

Goya conocía bien el grabado alemán —trabajaba con estampas como material de referencia, práctica habitual en los talleres españoles— y el Capricho 43 se ha leído repetidamente como su versión del tema. Los dos son, además, autorretratos encubiertos: Goya se dibujó a sí mismo en esa mesa.

La diferencia es de época. Dürer retrata la parálisis del que piensa demasiado; Goya, el desastre del que ha dejado de pensar.

Dónde ver esto en España: la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, conserva un fondo importante de estampas de Dürer y una de las mejores colecciones de los Caprichos de Goya, con ejemplares de la primera edición. El Museo del Prado tiene planchas y estampas de los Caprichos y cuatro obras pintadas de Dürer, entre ellas el Autorretrato de 1498.

Dónde verla hoy

Aquí conviene ajustar las expectativas, como con cualquier obra sobre papel.

Los grabados no se exponen de forma permanente. La luz degrada el papel y la tinta de manera irreversible, así que los museos los guardan en gabinetes de estampas y los sacan por rotaciones cortas o en exposiciones temáticas.

  • Metropolitan Museum of Art, Nueva York: tiene varios ejemplares. Cierra los miércoles. Comprueba en su colección en línea si la pieza está en sala: la ficha lo indica.
  • Museo Británico, Londres, entrada gratuita, con un fondo de Dürer extraordinario; se consulta también con cita previa en el Study Room.
  • Albertina, Viena, con el mayor conjunto de obra sobre papel de Dürer del mundo.
  • Germanisches Nationalmuseum, Núremberg, en su ciudad natal, y la Casa de Dürer, donde vivió y trabajó los últimos veinte años y donde se puede ver funcionar una prensa de la época.
  • Lo que siempre está disponible: las digitalizaciones en altísima resolución que publican en abierto el Met y el Museo Británico. Para una imagen de veinticuatro centímetros con cincuenta elementos simbólicos, ampliar en pantalla funciona mejor que una vitrina con luz baja. Es el único caso de esta serie en que lo digital gana.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el «I» del título?

La lectura más aceptada, de Erwin Panofsky, es que abrevia «Melencolia Imaginativa»: el primero de los tres grados de melancolía genial descritos por Cornelio Agripa, el que corresponde a quienes trabajan con la imaginación — artistas y artesanos. La idea de que numera una serie inacabada circula mucho pero tiene menos apoyo.

¿Por qué está escrito «Melencolia»?

Porque eso es lo que Dürer grabó en la plancha. La grafía con «e» es la que aparece en la obra, aunque en español la obra se titule habitualmente Melancolía I.

¿Cómo funciona el cuadrado mágico?

Suma 34 en todas las filas, columnas y diagonales, y también en los cuadrantes, las esquinas y las casillas centrales. En el centro de la fila inferior están el 15 y el 14: el año. A sus lados, el 4 y el 1, que se han leído como las letras D y A, iniciales del artista. Además, el cuadrado de cuatro por cuatro correspondía astrológicamente a Júpiter, el planeta que contrarrestaba la influencia de Saturno sobre los melancólicos.

¿Qué es el poliedro?

Un romboedro truncado que no aparece en ningún tratado anterior y que se conoce como «el sólido de Dürer». Sus proporciones exactas siguen discutiéndose. En los mejores ejemplares se distingue sobre una de sus caras una forma que recuerda a un cráneo.

¿Dónde está el original?

No hay uno solo. Es un grabado, y todos los ejemplares estampados por Dürer son originales. Los hay en el Metropolitan, el Museo Británico, la Albertina, la National Gallery de Washington y decenas de museos más. Lo que varía es la calidad del tiro.

¿Se puede ver expuesto?

Solo en rotaciones. Las obras sobre papel se degradan con la luz y se guardan en gabinetes de estampas. Consulta la ficha de la obra en la web del museo antes de viajar.

¿Tiene relación con la muerte de su madre?

Barbara Dürer murió el 17 de mayo de 1514, el año del grabado, y Dürer dejó por escrito un relato muy duro de su agonía. No hay documento que conecte ambas cosas, pero la coincidencia se tiene en cuenta en las lecturas que ven en la obra un ejercicio personal.

¿Hay algo parecido en el arte español?

Sí, y muy directo: el Capricho 43 de Goya, El sueño de la razón produce monstruos, repite el esquema — figura derrumbada sobre su mesa de trabajo, herramientas inútiles, criaturas aladas — y es también un autorretrato encubierto. Hay ejemplares en la Biblioteca Nacional de España y en el Museo del Prado.

Si esta obra te ha interesado, sigue con el Autorretrato de Dürer — la otra mitad de su argumento sobre lo que es un artista — y con las Manos que rezan, donde el mismo hombre demostró que un estudio podía valer más que el cuadro para el que se hizo.

Imagen: Melencolia I – Albrecht Dürer (1514), buril sobre cobre. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

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