Autorretrato de Durero
Dürer era rubio. Lo sabemos por sus otros autorretratos, empezando por el que pintó dos años antes — y que cuelga en el Museo del Prado de Madrid —, donde aparece con una melena rubia rojiza. Aquí, en cambio, tiene el pelo castaño oscuro, caído en dos mitades perfectamente simétricas sobre los hombros. Varios especialistas sostienen que lleva peluca, o al menos que se oscureció y se ordenó el pelo a propósito. ¿Por qué? Porque ese es el peinado con el que se representaba a Cristo. Dürer no se pintó como era: se peinó para el papel.
Datos clave
- Artista: Albrecht Dürer (1471–1528)
- Título habitual: Autorretrato a los veintiocho años o Autorretrato con abrigo de piel
- Fecha: principios de 1500, poco antes de cumplir veintinueve
- Técnica: óleo sobre tabla de tilo
- Dimensiones: 67,1 × 48,9 cm
- Movimiento: Renacimiento del Norte
- Ubicación: Alte Pinakothek, Múnich – inv. 537
- Es el último autorretrato pintado de su vida. Vivió veintiocho años más y no volvió a hacerlo
La inscripción, y una traducción que conviene matizar
Hay dos textos en el fondo negro, y están en lados distintos.
Arriba a la izquierda: el año 1500 y el monograma AD, la firma más famosa de la historia del arte, que Dürer registró y defendió ante los tribunales contra los falsificadores.
Arriba a la derecha: la inscripción en latín. Dice, literalmente: «Yo, Alberto Durero de Núremberg, me retraté así a mí mismo propriis coloribus a la edad de veintiocho años.»
Y ahí está el detalle. La traducción habitual — «con colores inmortales» — captura solo la mitad. Proprius significa en primer lugar «propio», «suyo», y en segundo lugar «permanente» o «duradero».
El historiador Joseph Koerner lo analizó en detalle: la frase significa a la vez «con colores duraderos» y «con sus propios colores» — colores que son suyos, que le pertenecen, que de algún modo son consustanciales con lo que representan.
Dicho de otro modo: no solo presume de que la pintura durará. Presume de que la pintura es él.
Por qué la pose es una provocación
En 1500, la vista frontal absoluta tenía un uso reservado, y todo el mundo lo sabía.
El retrato profano se hacía de tres cuartos. Era además lo difícil: requería dominar el escorzo, y los pintores presumían de ello. La frontalidad simétrica pertenecía a la imagen de Cristo, y en particular a la tradición de la Vera Icon — el paño de la Verónica, el rostro impreso por contacto directo, no pintado por mano humana.
Dürer se coloca ahí. Cara al eje, hombros simétricos, pelo partido en dos, mano derecha alzada a la altura del pecho en un gesto que roza la bendición sin llegar a serlo.
Para muchos contemporáneos eso rozaba la blasfemia. La interpretación clásica dice que no lo era: Dürer afirmaba que el artista, al crear, participa de la capacidad creadora divina — una idea que había traído de Italia, donde el pintor había dejado de ser un artesano para convertirse en un intelectual.
Y hay una lectura alternativa que conviene conocer. La historiadora Margaret Sullivan propuso en 2015 que el modelo no es Cristo sino Apeles, el pintor más célebre de la Antigüedad, cuya fama los humanistas de Núremberg conocían por los textos clásicos. Dürer estaría compitiendo con la Antigüedad, no con la divinidad, y eso resolvería de un plumazo el problema de la blasfemia. La discusión sigue abierta.
Por qué 1500 y por qué veintiocho
Las dos cifras del cuadro están elegidas.
El año 1500 se vivió en Europa con una mezcla de angustia y expectación: el cambio de siglo venía cargado de profecías apocalípticas, y Dürer acababa de publicar en 1498 su serie de grabados del Apocalipsis, que lo había hecho famoso en toda Europa. Colocar la cifra en grande, sobre su propia cabeza, es fechar un momento que él consideraba histórico.
Los veintiocho años no son un dato accidental. En el esquema medieval de las edades del hombre, los veintiocho marcaban el paso de la juventud a la madurez. Dürer documenta una frontera.
Y hay un dato que da vértigo: este fue el último autorretrato que pintó. Vivió veintiocho años más — exactamente los mismos que tenía — y nunca volvió a hacerse un retrato acabado al óleo. Se dibujó desnudo, se dibujó enfermo señalando el bazo para su médico, se coló como figura secundaria en algún cuadro. Pero como protagonista, no.
Simbolismo y en qué fijarse
El pelo. Rizos castaños oscuros, partidos en dos mitades casi iguales, pintados mechón a mechón. Es la zona más virtuosa del cuadro y probablemente la menos verdadera: su pelo era rubio rojizo.
La mano. Es la única del cuadro y está en el centro exacto de la mitad inferior, tocando el borde de piel del abrigo. Los dedos están dispuestos de una manera extraña, ni relajada ni bendiciente. Es una mano de pintor, y está colocada donde uno no puede dejar de mirarla.
El abrigo. Ribeteado de piel, caro. Núremberg tenía leyes suntuarias que regulaban qué podía vestir cada estamento, y un artesano —que es lo que un pintor era legalmente— iba justo en el límite. Vestirse así es parte del argumento.
La geometría. La cabeza está construida sobre un esquema simétrico riguroso. Dürer estaba entonces obsesionado con la proporción y el canon, y acabaría publicando tratados sobre medida y proporción humana. Este cuadro es también un ejercicio matemático.
El fondo. Negro absoluto, sin espacio ni objetos. No hay ventana, ni paisaje, ni mesa, ni atributos del oficio. Solo él y dos textos flotando.
La mirada. Fija, sin inclinación, exactamente a la altura de los ojos del espectador. Es lo que hace que el cuadro incomode a un metro de distancia.
Sobre Albrecht Dürer
Nació en Núremberg el 21 de mayo de 1471, tercero de dieciocho hermanos, de los que sobrevivieron tres. Su padre era un orfebre húngaro emigrado, de un pueblo llamado Ajtós, y el apellido Dürer es la traducción alemana de ese topónimo.
A los trece años se dibujó a sí mismo a punta de plata, ayudándose de un espejo. Ese dibujo se conserva en la Albertina de Viena y es probablemente el primer autorretrato infantil de la historia del arte europeo.
Viajó dos veces a Italia — hacia 1494 y en 1505–1507 — y volvió convencido de algo que en Alemania no se aceptaba: que el pintor era un intelectual, no un artesano. En Venecia escribió a su amigo Willibald Pirckheimer una frase célebre y amarga: allí era un señor, y en casa un parásito.
Su verdadero imperio fue el grabado. Compró su propia prensa hacia 1497, fue diseñador y editor a la vez, y sus estampas — el Apocalipsis, Melancolía I, El caballero, la muerte y el diablo — se vendían por toda Europa. Fue el primer artista con una marca registrada y con distribución continental.
Escribió tratados de geometría, de fortificación y de proporciones humanas. Simpatizó con la Reforma y con Lutero. Murió el 6 de abril de 1528, a los cincuenta y seis años.
Cómo llegó a Múnich
El cuadro no salió de Núremberg durante tres siglos. Estuvo en el Ayuntamiento de la ciudad, expuesto como una de sus glorias.
En 1805, tras la disolución de la ciudad libre imperial y su absorción por el reino de Baviera, pasó a la colección real bávara y de ahí a la Alte Pinakothek. Núremberg se quedó con una copia y con el resentimiento.
Legado e influencia
Este cuadro funda el autorretrato moderno como género autónomo y serio. Rembrandt, que se pintó casi ochenta veces, Van Gogh, Frida Kahlo y cualquiera que haya usado su propia cara para pensar están en esta línea.
Y tiene una descendencia contemporánea muy precisa. En el año 2000, el fotógrafo alemán Thomas Struth hizo Alte Pinakothek (Self-Portrait): una fotografía del cuadro en su pared, con un visitante mirándolo. Ese visitante es el propio Struth, y es la única vez que aparece en toda su serie sobre museos. Quinientos años después, un artista volvió a colarse en su propia imagen.
¿Y en España?
Aquí está el dato que este cuadro obliga a dar: el autorretrato anterior de Dürer está en Madrid.
El Museo del Prado conserva el Autorretrato de 1498, pintado dos años antes que el de Múnich, y la comparación entre los dos es una de las más elocuentes que ofrece la historia del arte.
En el de Madrid, Dürer tiene veintiséis años y aparece de tres cuartos, junto a una ventana abierta por la que se ve un paisaje alpino. Va vestido a la moda italiana, con guantes de cabritilla, camisa con ribetes bordados, jubón a rayas y un gorro con borlas. Es un joven elegante que acaba de volver de Venecia y quiere que se note. Lleva el pelo rubio rizado, largo y suelto.
Dos años después, en Múnich: frontalidad absoluta, fondo negro, sin ventana, sin moda, sin paisaje, pelo oscuro y simétrico. En veinticuatro meses pasa de presumir a proclamar.
El Prado tiene además Adán y Eva, dos tablas de 1507 que son los primeros desnudos de tamaño natural de la pintura alemana, y un Retrato de hombre desconocido de 1524. Cuatro Dürer, y uno de ellos es el eslabón inmediatamente anterior a este cuadro.
Llegaron por vía real: formaban parte de las colecciones de la monarquía española, y Adán y Eva estuvieron a punto de ser destruidas por considerarse indecentes; se salvaron escondidas en dependencias cerradas del Alcázar y después de la Academia, y no se exhibieron con normalidad hasta el siglo XIX.
Dónde verlo hoy
Está en la Alte Pinakothek, Barer Straße 27, Múnich, en las salas de pintura alemana antigua.
- Cierra los lunes. Abre de martes a domingo; los martes y miércoles amplía horario por la tarde. Consulta la web.
- Los domingos la entrada cuesta un euro — es una tarifa simbólica de los museos estatales bávaros — y por eso son el día más concurrido.
- Acércate todo lo que permita el cordón. Mide sesenta y siete centímetros y el pelo está pintado con pincel de dos o tres cerdas. En reproducción se pierde entero.
- Busca los dos textos: el año y el monograma arriba a la izquierda, la inscripción latina arriba a la derecha.
- Y sitúate a la altura de sus ojos. El cuadro está calculado para eso, y el efecto cambia por completo.
- En las mismas salas hay más Dürer — el Retablo Paumgartner, la Lamentación — y en el resto del museo, Altdorfer, Cranach, Rubens, Rafael y Rembrandt. Es una de las grandes pinacotecas de Europa.
- A pocos minutos a pie están la Neue Pinakothek y la Pinakothek der Moderne. El billete combinado de los tres sale a cuenta.
Y el resto de la serie: el autorretrato de 1493 está en el Louvre, el de 1498 en el Museo del Prado y el dibujo a punta de plata de los trece años en la Albertina de Viena. Cuatro ciudades, un solo hombre mirándose.
Preguntas frecuentes
¿Dice de verdad «colores inmortales»?
La expresión latina es propriis coloribus, y es ambigua a propósito: significa a la vez «con colores duraderos» y «con sus propios colores». La traducción habitual solo recoge la primera mitad.
¿Por qué se pinta de frente?
Porque en 1500 la frontalidad simétrica estaba reservada a las imágenes de Cristo, y en particular a la tradición de la Vera Icon. La lectura clásica es que Dürer afirmaba que el artista participa de la capacidad creadora divina. Una propuesta más reciente, de Margaret Sullivan, sostiene que el modelo no era Cristo sino Apeles, el pintor más célebre de la Antigüedad.
¿Es su pelo?
Probablemente no, o no así. Su pelo era rubio rojizo, como se ve en los autorretratos anteriores. Aquí aparece castaño oscuro y partido en dos mitades simétricas, y varios especialistas apuntan a una peluca o a una alteración deliberada para acercarse a la iconografía de Cristo.
¿Cuántos autorretratos pintó?
Tres al óleo: 1493, hoy en el Louvre; 1498, en el Museo del Prado de Madrid; y este, de 1500. Hay además un dibujo a punta de plata que hizo a los trece años, en la Albertina de Viena. Después de 1500 no volvió a pintarse, y vivió veintiocho años más.
¿Hay Dürer en España?
Sí, en el Museo del Prado: el Autorretrato de 1498 —el inmediatamente anterior a este—, las tablas de Adán y Eva de 1507 y un Retrato de hombre desconocido de 1524.
¿Qué diferencia hay entre el de Madrid y el de Múnich?
Todo. El de Madrid, de 1498, lo muestra de tres cuartos, junto a una ventana con paisaje, vestido a la italiana y con el pelo rubio suelto: un joven elegante recién llegado de Venecia. El de Múnich, dos años después, es frontal, sobre fondo negro, sin moda ni paisaje. Pasa de presumir a proclamar.
¿Cómo llegó a Múnich?
Estuvo tres siglos en el Ayuntamiento de Núremberg. En 1805, cuando la ciudad libre imperial fue absorbida por el reino de Baviera, pasó a la colección real y de ahí a la Alte Pinakothek.
¿Cuánto mide?
67,1 × 48,9 cm, sobre tabla de tilo. Es pequeño, y por eso conviene verlo de cerca: el pelo está pintado pelo a pelo.
Si esta obra te ha interesado, sigue con Melancolía I — el grabado con el que Dürer hizo lo mismo con el pensamiento que aquí con la cara — y con las Manos que rezan, el dibujo suyo más reproducido del mundo.
Imagen: Selbstbildnis im Pelzrock – Albrecht Dürer (1500), Alte Pinakothek, Múnich. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.
