Estatua de la Libertad
La Estatua de la Libertad iba a estar en Egipto. En 1869, Frédéric Auguste Bartholdi propuso al jedive Ismail Pachá un faro colosal para la entrada del canal de Suez: una campesina egipcia, una fellah, con túnica y antorcha en alto, de veintiséis metros sobre un pedestal de quince. Se llamaría «Egipto llevando la luz a Asia». Egipto, arruinado por las obras del canal, dijo que no. Bartholdi guardó los bocetos, y cuando surgió el proyecto americano los sacó del cajón: la fellah se convirtió en diosa romana, la lámpara en antorcha de la libertad, y Port Said en Nueva York. Los modelos de terracota de aquella egipcia están hoy expuestos en el museo de Liberty Island, a los pies de lo que acabó siendo.
Datos clave
- Escultor: Frédéric Auguste Bartholdi (1834–1904)
- Título oficial: La Liberté éclairant le monde – «La Libertad iluminando al mundo»
- Ingenieros: Eugène Viollet-le-Duc hasta 1879; Gustave Eiffel después
- Pedestal: Richard Morris Hunt
- Inauguración: 28 de octubre de 1886
- Técnica: cobre repujado a martillo (repoussé) sobre armazón de hierro forjado; 300 planchas de 2,4 mm
- Dimensiones: 46 m la figura, 93 m con el pedestal; 204 toneladas
- Movimiento: Neoclasicismo
- Ubicación: Liberty Island, Nueva York – Patrimonio de la Humanidad desde 1984
Cómo está hecha
Es lo que casi nadie explica y lo que la convierte en una obra excepcional: la estatua está hueca y su piel tiene el grosor de dos monedas.
Bartholdi eligió el repoussé: planchas de cobre de 2,4 milímetros martilleadas a mano desde el reverso sobre moldes de madera, hasta obtener la forma. Trescientas planchas, remachadas entre sí. Si el cobre fuera macizo, la estatua pesaría miles de toneladas y sería imposible de levantar. Así pesa 31 toneladas de cobre.
El problema era sostener esa cáscara. Eugène Viollet-le-Duc – el arquitecto que restauró Notre-Dame de París – propuso llenarla de arena. Murió en 1879 sin resolverlo, y el encargo pasó a Gustave Eiffel, diez años antes de su torre.
La solución de Eiffel es la razón de que la estatua siga en pie. Diseñó un pilón central de hierro – una torre, en realidad – del que salen costillas flexibles que sujetan cada plancha de cobre mediante barras planas, las ensillas. La piel no está soldada al esqueleto: está colgada de él y puede moverse. Con viento fuerte, la estatua oscila unos ocho centímetros y la antorcha hasta trece, y se dilata y contrae con el calor sin agrietarse. Es una estructura de curtain wall medio siglo antes de que existiera el rascacielos con esa técnica.
Eiffel cometió, eso sí, un error: puso hierro y cobre en contacto directo, lo que produce corrosión galvánica. En la restauración de 1984–1986 hubo que sustituir todo el armazón interior por acero inoxidable.
Simbolismo y en qué fijarse
La corona. No es de laurel: es una corona radiada, la del dios solar Helios y la de los emperadores romanos. Bartholdi había estudiado el Coloso de Rodas, que era precisamente un Helios en la bocana de un puerto. La lectura de que los siete rayos son los siete mares y los siete continentes es posterior y popular; el origen iconográfico es el sol.
La tablilla. Lleva inscrito JULY IV MDCCLXXVI: 4 de julio de 1776. Está sujeta con la mano izquierda, apoyada en el antebrazo, como las tablas de la ley.
Las cadenas rotas — y dónde no están. Este es el detalle político del monumento. Bartholdi diseñó primero un grillete roto en la mano de la figura, referencia directa a la abolición de la esclavitud, que era una de las ideas de Laboulaye. El comité lo consideró demasiado explícito para recaudar fondos en unos Estados Unidos recién salidos de la Reconstrucción, y las cadenas se trasladaron a los pies, donde quedaron medio ocultas por la túnica. Desde tierra no se ven. Hay que mirar desde el aire o desde una foto cenital.
El pie. El talón derecho está levantado: la figura camina. No es una diosa en pedestal, es una diosa saliendo de las cadenas.
La antorcha. La actual es de 1986, de cobre recubierto de pan de oro de 24 quilates, iluminada desde fuera. La original, modificada en 1916 con vidrieras para iluminarla por dentro, nunca funcionó bien y filtraba agua; se retiró en 1984 y hoy se expone en el Museo de la Estatua de la Libertad, inaugurado en 2019.
La cara. La tradición dice que es el rostro de Charlotte Bartholdi, la madre del escultor. Él nunca lo confirmó ni lo desmintió.
El color. La pátina verde tardó unos treinta años en formarse y está completa hacia 1920. No es suciedad: es carbonato de cobre, y protege el metal. En los años ochenta se descartó devolverle el color original precisamente por eso.
Contexto histórico
La idea nació hacia 1865 en una cena en casa de Édouard de Laboulaye, jurista republicano y abolicionista, en un momento en que Francia vivía bajo el Segundo Imperio de Napoleón III. Celebrar la república americana era también una forma de criticar al emperador sin decirlo.
El proyecto tardó veintiún años. La guerra franco-prusiana de 1870 lo interrumpió: Bartholdi, alsaciano, se alistó en la Guardia Nacional y vio cómo su Colmar natal pasaba a Alemania. De esa derrota salió su otra gran obra, el León de Belfort.
El reparto fue claro: Francia pagaba la estatua, Estados Unidos el pedestal. Francia cumplió con suscripción popular, lotería y una función de ópera. Estados Unidos no: la recaudación se atascó durante años y la estatua llegó desmontada en 214 cajas, en 1885, sin sitio donde ponerla.
La salvó un periódico. Joseph Pulitzer, editor del New York World, lanzó una campaña prometiendo publicar el nombre de cada donante por pequeño que fuera el donativo. En cinco meses reunió más de 100.000 dólares de 120.000 personas, la mayoría en cantidades de menos de un dólar. Es una de las primeras campañas de micromecenazgo de la historia.
Se inauguró el 28 de octubre de 1886, con desfile y lluvia. Entre las decenas de miles de asistentes casi no había mujeres: se prohibió su acceso a la isla salvo a dos invitadas. Un grupo de sufragistas alquiló una barca y protestó desde el agua por la incoherencia de erigir una mujer gigante como símbolo de la libertad en un país donde las mujeres no votaban.
El poema que no estaba
«Dadme a vuestros cansados, a vuestros pobres» es la frase que todo el mundo asocia a la estatua, y no formaba parte de ella.
Es de El nuevo Coloso, un soneto que Emma Lazarus escribió en 1883 – a los treinta y cuatro años, hija de una familia judía sefardí de Nueva York, activista en la ayuda a los refugiados que huían de los pogromos rusos – para una subasta benéfica destinada a financiar el pedestal.
El poema se leyó, se olvidó y Lazarus murió en 1887 sin volver a oírlo mencionar. La placa de bronce con el soneto se instaló en el interior del pedestal en 1903, diecisiete años después de la inauguración, por iniciativa de una amiga suya.
Eso cambió el significado del monumento. Bartholdi y Laboulaye habían pensado en una alegoría política franco-americana. El poema la convirtió en la patrona de los inmigrantes, un papel que no estaba en el proyecto y que hoy es el único que la mayoría de la gente conoce. Entre 1892 y 1954 pasaron por la vecina isla de Ellis unos doce millones de personas, y la estatua fue lo primero que vieron.
Legado e influencia
Hay cientos de réplicas repartidas por el mundo, y algunas son de la mano de Bartholdi: la del puente de Grenelle en el Sena, en París, que mira hacia el oeste; la de Colmar, su ciudad; la del Jardín de Luxemburgo; la del paseo de los Ingleses de Niza.
Andy Warhol la serigrafió en 1962 en su serie de iconos de masas, y desde entonces el cine la ha destruido decenas de veces: es el atajo visual para decir que el mundo se acaba.
Y es un objeto político vivo. Se ha usado como emblema de causas opuestas, se han desplegado pancartas desde su corona, y la réplica de papel maché de la Diosa de la Democracia que los estudiantes chinos levantaron en la plaza de Tiananmén en 1989 estaba explícitamente inspirada en ella.
Conviene señalar la paradoja: una estatua diseñada en Francia como crítica velada a un emperador, reciclada de un proyecto egipcio rechazado, con las cadenas de la abolición escondidas por prudencia política, acabó siendo el símbolo nacional del país al que se regaló. Pocas obras han cambiado tanto de significado sin mover un dedo.
¿Y en España?
No hay ninguna réplica notable de la Estatua de la Libertad en España, pero sí hay un hilo que conecta este monumento con Madrid, y pasa por Egipto.
La estatua nació de un viaje. Bartholdi recorrió Egipto en 1855 y 1856, con poco más de veinte años, y quedó marcado por los colosos de Abu Simbel y por la idea del Faro de Alejandría. De ahí salieron los bocetos de la fellah de Suez y, por esa vía, la figura de Nueva York. Su escala, su gesto y su función de faro son egipcias antes que americanas.
Un siglo después, esos mismos monumentos de Nubia iban a quedar bajo las aguas de la presa de Asuán, y la Unesco lanzó una campaña internacional de salvamento en la que España participó de forma destacada, con técnicos y arqueólogos en el desmontaje de Abu Simbel. En agradecimiento, Egipto regaló a España el templo de Debod, que desde 1972 está montado piedra a piedra en el parque del Oeste de Madrid, junto a la plaza de España. Entrada gratuita.
Es decir: los colosos que inspiraron a Bartholdi y el templo que hoy hay en Madrid se salvaron en la misma operación. La Gran Esfinge de Guiza, que Bartholdi también visitó, sigue siendo la referencia de todo esto.
Para escultura monumental del siglo XIX en España, el monumento a Colón de Barcelona (1888) y el monumento a Alfonso XII del Retiro madrileño (1922) pertenecen a la misma fiebre de colosos conmemorativos que produjo Nueva York, París y Belfort.
Dónde verla hoy
La estatua está en Liberty Island, en la bahía de Nueva York, y solo se llega en ferry.
Aviso importante: el único transporte autorizado es Statue City Cruises, que sale de Battery Park (Manhattan) y de Liberty State Park (Jersey City). Cualquier otra oferta en el paseo marítimo es reventa o fraude; el Servicio de Parques Nacionales lo advierte expresamente. La única taquilla física legítima está dentro de Castle Clinton, en Battery Park.
- Precios 2026 (tarifa oficial del NPS): adulto 25,50 dólares; niños de 4 a 12 años, 16,50; mayores de 62, 22,50; menores de 4, gratis. El acceso al pedestal y a la corona cuesta solo 0,30 dólares más. No se paga por la vista: se paga por reservar plaza.
- Todas las entradas incluyen el ferry de ida y vuelta, Liberty Island, el Museo de la Estatua de la Libertad y la isla de Ellis con su Museo de la Inmigración. Son dos islas y medio día largo.
- La corona. Máximo unas 500 entradas al día. Se agotan tres o cuatro meses antes en temporada alta. Son nominativas, exigen documento de identidad que coincida y hay un límite de cuatro por tarjeta cada seis meses.
- 162 escalones desde el pedestal hasta la corona, por una escalera de caracol estrecha y sin ascensor. Estatura mínima 107 cm. Arriba hay veinticinco ventanucos. No es un mirador: es una experiencia claustrofóbica y extraordinaria.
- El pedestal sí tiene ascensor y su terraza da la mejor vista del puerto. Se reserva con seis u ocho semanas.
- Los ferris salen desde las 9:00, cada veinte o treinta minutos; el trayecto son quince minutos. El último de la mañana es el que permite ver las dos islas sin prisas. El servicio desde Nueva Jersey se suspende de enero a marzo.
- Dos controles de seguridad, uno en el embarcadero y otro antes de entrar en el monumento.
- El Museo de la Estatua de la Libertad, abierto en 2019, es gratuito con el ferry y tiene la antorcha original y los modelos de terracota del proyecto egipcio. Es la mejor parte de la visita y mucha gente se la salta.
Y una alternativa gratuita que los neoyorquinos conocen: el ferry de Staten Island pasa a pocos centenares de metros de la estatua, funciona las veinticuatro horas y no cuesta nada. No se baja en la isla, pero la vista desde el agua es la que tenían los inmigrantes.
Preguntas frecuentes
¿Es verdad que iba a estar en Egipto?
El proyecto que la precede sí. En 1869 Bartholdi propuso al jedive Ismail Pachá un faro para la entrada del canal de Suez con forma de campesina egipcia con una antorcha, llamado «Egipto llevando la luz a Asia». Egipto lo rechazó por su coste. Bartholdi reutilizó el diseño para el encargo americano. Los modelos de terracota se conservan y se exponen en Liberty Island.
¿Por qué es verde?
Por la pátina: el cobre expuesto al aire forma carbonatos verdes. Tardó unos treinta años en cubrirla por completo, hacia 1920. No se limpia porque esa capa protege el metal que hay debajo.
¿Qué dice la tablilla?
JULY IV MDCCLXXVI, es decir, 4 de julio de 1776, la fecha de la Declaración de Independencia. Cuidado con la cifra: MDCCLXXVI es 1776, no 1826.
¿Dónde están las cadenas rotas?
A sus pies, medio ocultas por la túnica y prácticamente invisibles desde el suelo. Bartholdi las había puesto primero en la mano, como grillete roto y alusión directa a la abolición de la esclavitud, y se trasladaron por prudencia política durante la campaña de recaudación.
¿Quién la construyó realmente?
Bartholdi la esculpió; Viollet-le-Duc empezó el cálculo estructural y murió en 1879; Gustave Eiffel diseñó el armazón interior que la sostiene, diez años antes de su torre; y Richard Morris Hunt hizo el pedestal. Francia pagó la estatua con suscripción popular y Estados Unidos el pedestal gracias a la campaña del periódico de Joseph Pulitzer, con 120.000 donantes.
¿Y el poema de «dadme a vuestros cansados»?
Es El nuevo Coloso, de Emma Lazarus, escrito en 1883 para una subasta benéfica del pedestal. No formaba parte del monumento: la placa se instaló dentro del pedestal en 1903, diecisiete años después de la inauguración y dieciséis después de la muerte de la poeta.
¿Se puede subir a la corona?
Sí, con reserva. Unas 500 entradas al día, agotadas tres o cuatro meses antes en temporada alta, nominativas y con documento. Son 162 escalones desde el pedestal, sin ascensor, y hay que medir al menos 107 cm.
¿Cuánto cuesta en 2026?
Tarifa oficial del Servicio de Parques Nacionales: 25,50 dólares para adultos, con solo 0,30 más por el acceso al pedestal o a la corona. Incluye el ferry, las dos islas y los dos museos. Compra solo en Statue City Cruises: el resto son reventas.
¿Se ve gratis desde algún sitio?
Sí, desde el ferry de Staten Island, que es gratuito y pasa cerca, aunque no atraca en la isla.
Si esta obra te ha interesado, sigue con la Gran Esfinge de Guiza – el coloso que Bartholdi fue a ver con veintipocos años y del que sale, por una línea recta, todo lo demás – y con El pensador de Rodin, la otra escultura francesa del XIX que existe en decenas de ejemplares y que planteó la misma pregunta: qué significa «el original» cuando la obra se fabrica en serie.
Imagen: La Libertad iluminando al mundo – Frédéric Auguste Bartholdi, Gustave Eiffel y Richard Morris Hunt (1886), Liberty Island, Nueva York. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.
