Moái
El 20 de noviembre de 1770, los jefes rapanui firmaron un acta de anexión a la Corona española. La firmaron con signos: trazos que el contador del navío San Lorenzo copió sin entenderlos y que hoy se consideran el primer registro en papel de la escritura rongorongo, el único sistema de escritura nacido en Oceanía y que todavía nadie ha descifrado. Los españoles bautizaron el sitio como isla de San Carlos, dibujaron los primeros moái que Europa vio sobre el papel y anotaron un detalle decisivo: en 1770 todas las estatuas seguían en pie. Medio siglo después no quedaba ninguna.
Datos clave
- Autores: escultores rapanui, gremio hereditario de talladores
- Nombre: moai, en lengua rapanui; el plural correcto en rapanui es moai, sin ese
- Fechas: talla entre 1250 y 1600 aproximadamente
- Técnica: talla en toba volcánica – ceniza consolidada, no basalto – con picos de basalto llamados toki
- Dimensiones: media de unos 4 m y 12 t; el mayor erigido, Paro, mide casi 10 m; el inacabado El Gigante, 21 m y unas 180 t
- Número: unos 900 catalogados
- Movimiento: Arte rapanui
- Ubicación: Rapa Nui, Chile – Parque Nacional, Patrimonio de la Humanidad desde 1995
El error que hay que quitar de en medio
Durante veinte años, la versión dominante ha sido esta: los rapanui talaron todos los árboles para mover estatuas, se quedaron sin recursos, se mataron entre ellos, llegaron el hambre y el canibalismo, y la población se desplomó. Es la tesis que Jared Diamond popularizó en Colapso (2005) y que se enseña como parábola ecológica.
La investigación de los últimos quince años la ha desmontado pieza a pieza, y en septiembre de 2024 llegó el golpe definitivo.
Un equipo internacional dirigido desde la Universidad de Copenhague secuenció el genoma de quince rapanui que vivieron entre 1670 y 1950, y publicó los resultados en Nature. Si hubiera habido un colapso demográfico en el siglo XVII, el ADN mostraría un cuello de botella: una caída brusca de la diversidad genética. No hay tal cosa. La población creció de forma sostenida hasta que llegaron los europeos.
Lo que sí ocurrió: la isla se deforestó, en buena parte porque las ratas polinesias que llegaron con las canoas se comieron las semillas de las palmeras. Y los rapanui se adaptaron: inventaron los manavai, huertos circulares protegidos del viento, y el cultivo con acolchado de piedra, que conserva la humedad. No se hundieron. Cambiaron de agricultura.
El desplome real vino después y tiene fechas: la epidemia de viruela y las razias esclavistas peruanas de 1862–1863, que se llevaron a más de mil quinientas personas, entre ellas casi todos los que sabían leer el rongorongo. En 1877 quedaban 111 habitantes.
Uno de los autores del estudio, Víctor Moreno-Mayar, lo dijo sin rodeos: la idea del ecocidio forma parte de una narrativa colonial – la de unos supuestos primitivos incapaces de gestionar sus recursos. La genética dice lo contrario.
Cómo se hacían
Todos salen del mismo sitio. El 95 % de los moái se talló en Rano Raraku, un cráter volcánico cuya toba es blanda al extraerla y endurece al aire. Es una cantera y un cementerio de trabajo interrumpido: quedan unas 400 figuras en distintos estados, desde el contorno apenas marcado hasta la pieza terminada esperando el traslado.
Se tallaban tumbadas y boca arriba, unidas a la roca por una quilla en la espalda. Cuando la figura estaba acabada por delante y por los lados, se cortaba la quilla, se bajaba por la ladera y se enderezaba en un hoyo para terminar el dorso. Solo entonces empezaba el viaje.
Las herramientas eran toki, picos de basalto duro. Se han recogido miles en la cantera, muchos rotos y abandonados donde cayeron.
Los pukao son otra piedra y otra cantera. Los cilindros rojizos que coronan a algunos moái son escoria volcánica de Puna Pau, a diez kilómetros. Pesan hasta doce toneladas y había que subirlos a una estatua ya erigida. No son sombreros: la interpretación más aceptada es que representan un moño de pelo, el hau kurakura.
El traslado: la estatua caminaba
Es la pregunta de siempre, y en el siglo XXI tiene una respuesta bastante buena.
La tradición oral rapanui nunca habló de troncos ni de trineos. Siempre dijo lo mismo: los moái caminaron, neke neke. Durante décadas se tomó como leyenda.
En 2012, los arqueólogos Terry Hunt y Carl Lipo construyeron una réplica de 4,35 toneladas con la geometría exacta de los moái en tránsito – y aquí está la clave: los que iban de camino tienen la base curva y se inclinan hacia delante, a diferencia de los ya erigidos, que están rectos y estables. Ataron tres cuerdas, dos a los lados y una atrás, y con dieciocho personas la hicieron avanzar balanceándola de lado a lado, como se mueve una nevera.
Recorrió cien metros en cuarenta minutos. La estatua camina.
El dato que lo refuerza: los moái abandonados a lo largo de los caminos, los que se cayeron en ruta, están volcados boca abajo cuesta arriba y boca arriba cuesta abajo – exactamente como caería algo que se desplaza en vertical, y no como caería algo que rueda sobre troncos.
Simbolismo y en qué fijarse
Miran tierra adentro. Casi todos dan la espalda al mar. No vigilan el horizonte: vigilan al pueblo. Son antepasados mirando a sus descendientes. La excepción es Ahu Akivi, con siete moái de cara al océano, y tampoco es una excepción real: están tierra adentro y miran hacia su aldea, que quedaba al otro lado.
La cabeza. Ocupa casi tres octavos de la figura, desproporción deliberada: la cabeza es la sede del mana, el poder espiritual.
Las manos. Dedos larguísimos, extendidos sobre el vientre, apuntando al ombligo. Y muchos moái tienen espalda: relieves de fajas, espirales, símbolos del pájaro-hombre. No son bustos.
Los ojos. Las cuencas están vacías en todas las estatuas de la cantera, y por una razón: los ojos no se tallaban hasta que el moái estaba erigido en su ahu. Se hacían de coral blanco pulido con pupila de escoria roja u obsidiana, y al colocarlos el antepasado despertaba. En 1978 la arqueóloga rapanui Sonia Haoa encontró en Anakena el único ojo completo conservado. Está en el museo de la isla, y hasta ese hallazgo nadie sabía con seguridad que los moái tuvieran ojos.
El cuerpo enterrado. Las figuras de la ladera de Rano Raraku parecen cabezas porque el sedimento las ha ido cubriendo durante siglos. Las excavaciones han descubierto torsos de hasta siete metros, con brazos, manos y petroglifos.
Los ahu. Las plataformas sobre las que se alzan son tumbas: contienen enterramientos. El moái no marca la sepultura, la corona.
Por qué están todos tumbados
Esto es lo que más sorprende cuando se conoce: ningún moái llegó en pie al siglo XX.
Los españoles, en 1770, los vieron todos erguidos. Cuatro años después, James Cook encontró varios caídos. En 1838 el francés Abel Dupetit-Thouars ya no vio ninguno de pie.
El derribo – el huri moai – ocurrió, por tanto, entre 1770 y 1838, y coincide con el auge del culto del tangata manu, el hombre-pájaro, que sustituyó al culto de los antepasados: una competición anual en Orongo por recoger el primer huevo de gaviotín, que decidía quién gobernaba el año siguiente. Cambió la religión, y las estatuas de la anterior se tiraron boca abajo, casi siempre con el cuello sobre una piedra para partirlo.
Todos los moái que hoy se ven en pie fueron levantados en el siglo XX. Los quince de Ahu Tongariki los derribó además un tsunami: el del terremoto de Valdivia de 1960, que los arrastró cien metros tierra adentro. Se restauraron entre 1992 y 1996, con financiación y una grúa donadas por la empresa japonesa Tadano y bajo la dirección del arqueólogo chileno Claudio Cristino.
Contexto histórico
Rapa Nui está a 3.700 km de Chile y a 1.900 del punto habitado más cercano. Es el lugar poblado más aislado del planeta, y llegar allí en canoa de doble casco, navegando por estrellas y corrientes, es una de las mayores hazañas de la historia de la navegación.
Los polinesios llegaron hacia 1200. En pocos siglos levantaron cerca de novecientas estatuas y varios centenares de plataformas en una isla de 164 km², sin metal, sin ruedas y sin animales de tiro.
Y el estudio de 2024 añadió algo que cambia el mapa: los rapanui tienen ascendencia indígena americana anterior a 1722. Entre 1250 y 1430, alguien cruzó los 3.700 km hasta Sudamérica y volvió, o alguien vino. Es la prueba genética de un contacto transpacífico precolombino, y explica de paso por qué el boniato, planta americana, se cultivaba en Polinesia antes de Colón.
Legado e influencia
El moái es probablemente la escultura no occidental más reconocible del mundo. Está en emojis, videojuegos, publicidad y tatuajes, casi siempre reducido a «cabeza misteriosa» – una lectura que borra el cuerpo, el ahu, los ojos y a la gente que los hizo.
El debate de la restitución es hoy la cuestión más viva. Fuera de la isla hay una decena larga de moái: en el Museo Británico de Londres, en el Quai Branly de París, en Bruselas, Washington, Santiago de Chile y Nueva Zelanda.
El caso emblemático es Hoa Hakananai’a – «el amigo robado» o «el amigo perdido», según la traducción –, un moái de basalto, no de toba, con relieves de hombre-pájaro en la espalda, sacado de una casa de Orongo por la tripulación del HMS Topaze en 1868 y regalado a la reina Victoria, que lo cedió al Museo Británico. En 2018 una delegación rapanui viajó a Londres a pedirlo. El museo abrió conversaciones, habla de colaboración y de préstamos, y la estatua sigue en Londres. La gobernadora de la isla lo resumió entonces: han recibido muchas almas rapanui, y pedían que una volviera a casa.
La amenaza inmediata
No es el turismo. Es el mar y el fuego.
En octubre de 2022 un incendio arrasó más de cien hectáreas en Rano Raraku, la cantera, y dañó decenas de moái. La toba, calentada y después mojada, se resquebraja: los daños por fuego son irreversibles. El alcalde de la isla habló de pérdidas incalculables.
Y en agosto de 2025 se publicó un modelo de inundación según el cual la subida del nivel del mar podría hacer que, hacia 2080, el oleaje alcance Ahu Tongariki y medio centenar de sitios arqueológicos de la costa. Tongariki está a pocos metros del agua y ya fue barrido una vez, en 1960.
Las estatuas sobrevivieron al derribo, al saqueo y al olvido. La amenaza que tienen delante es otra.
¿Y en España?
La conexión española con Rapa Nui es más profunda de lo que casi nadie sabe, y arranca con la segunda visita europea a la isla.
El 15 de noviembre de 1770, el navío San Lorenzo y la fragata Santa Rosalía, con más de setecientos hombres a bordo, fondearon frente a la isla. Los mandaba el capitán santoñés Felipe González de Haedo, enviado por el virrey del Perú para comprobar si había asentamientos extranjeros en el Pacífico sur. Llegaron cuarenta y ocho años después que Roggeveen, sin saber que el holandés había estado allí.
En cinco días hicieron lo siguiente:
- El primer mapa de la isla, circunnavegándola en lanchas.
- Los primeros dibujos de moái que existen, en los planos de la expedición. Hasta entonces Europa solo tenía descripciones.
- Un vocabulario rapanui-español de ochenta y ocho palabras y los diez primeros números.
- El acta de anexión, levantada el 20 de noviembre por el contador Antonio Romero, firmada por los jefes locales con signos propios. Esos trazos son el testimonio más antiguo en papel de algo parecido al rongorongo, la escritura rapanui que sigue sin descifrar.
Plantaron tres cruces en el volcán Poike, izaron la bandera y llamaron a la isla San Carlos, por Carlos III. España no volvió nunca. De toda la toponimia que dejaron sobrevive un solo nombre en las cartas náuticas: Punta Rosalía.
La documentación de la expedición – derroteros, diarios, planos – se conserva en archivos españoles, y el diario del piloto Agüera está digitalizado en la Biblioteca Nacional de España. Es una fuente de primer orden sobre la isla antes del derribo de las estatuas, y está en español.
No hay ningún moái en España. Los que salieron de la isla fueron a parar a Londres, París, Bruselas y América. Para ver arte oceánico en la península hay que ir al Museo Nacional de Antropología de Madrid, junto a Atocha, que conserva material del Pacífico, o a la sección de etnografía del Museu Etnològic i de Cultures del Món de Barcelona.
Dónde verlos hoy
La isla se llama Rapa Nui y así la llaman sus habitantes; «Isla de Pascua» es el nombre que le puso Roggeveen por el día en que llegó.
- Cómo llegar: vuelo de LATAM desde Santiago de Chile, unas cinco horas y media, o desde Papeete. Es la única conexión aérea. Desde 2018 la estancia máxima para turistas es de treinta días y hay que presentar a la llegada billete de vuelta, reserva de alojamiento registrado y formulario cumplimentado.
- Entrada al Parque Nacional: obligatoria y de pago, válida por diez días. La mayoría de los sitios solo se pueden visitar acompañado de un guía local acreditado, incluidos Rano Raraku y Orongo. No es una recomendación: es la norma.
- Rano Raraku, la cantera, con cuatrocientos moái en la ladera y en el cráter. Es el sitio que explica todos los demás. Solo se puede entrar una vez con la misma entrada.
- Ahu Tongariki, quince moái en fila frente al mar. Ve al amanecer: el sol sale detrás de ellos y es la imagen que todo el mundo ha visto sin saber dónde estaba.
- Ahu Akivi, los siete que miran al océano, con la única alineación astronómica clara de la isla: de frente al ocaso en el equinoccio.
- Ahu Tahai, junto a Hanga Roa, con un moái que conserva sus ojos reconstruidos. Es el sitio del atardecer.
- Museo Antropológico Padre Sebastián Englert, en Hanga Roa: el ojo de coral de 1978, tablillas rongorongo y el contexto que en el campo no está.
- No se tocan, no se sube a los ahu, no se camina entre las estatuas. Las plataformas son tumbas y el suelo es sagrado. Las multas son altas y se aplican.
Y en Europa: Hoa Hakananai’a en el Museo Británico, sala 24, con entrada gratuita; y otro moái en el Quai Branly de París. Verlos así – bajo techo, sin ahu, sin horizonte, con una cartela – es entender por qué los rapanui los reclaman.
Preguntas frecuentes
¿Es cierto que los rapanui se destruyeron a sí mismos?
No. El estudio genético publicado en Nature en septiembre de 2024, con quince genomas antiguos, no encontró ninguna caída de población antes de la llegada de los europeos. Hubo deforestación – agravada por las ratas polinesias – y la sociedad se adaptó con nuevas técnicas agrícolas. El desplome real fue posterior: viruela y razias esclavistas peruanas en 1862–1863. En 1877 quedaban 111 personas.
¿De qué piedra están hechos?
De toba volcánica, ceniza consolidada procedente del cráter de Rano Raraku, blanda al extraerla y dura al aire. No de basalto: el basalto era el material de los toki, los picos con los que se tallaban. Los pukao rojos son escoria de otra cantera, Puna Pau.
¿Cómo se transportaron?
Probablemente andando. Los moái en tránsito tienen la base curva y se inclinan hacia delante, y en 2012 un equipo dirigido por Terry Hunt y Carl Lipo hizo caminar una réplica de 4,35 toneladas cien metros en cuarenta minutos, con tres cuerdas y dieciocho personas. La tradición oral rapanui siempre dijo que las estatuas caminaban.
¿Por qué no tienen ojos?
Porque los ojos se colocaban solo al erigir la estatua en su plataforma, y se perdieron o se destruyeron con el derribo. Eran de coral blanco con pupila de escoria u obsidiana. El único conservado lo encontró Sonia Haoa en 1978 y está en el museo de la isla.
¿Por qué ninguno estaba en pie?
Porque los derribaron los propios rapanui entre 1770 y 1838, coincidiendo con el paso del culto a los antepasados al culto del hombre-pájaro. Los españoles, en 1770, los vieron todos erguidos. Todos los que hoy están de pie se levantaron en el siglo XX.
¿Cuántos hay?
Unos 900 catalogados, de los cuales unos 400 siguen en la cantera de Rano Raraku en distintos estados de talla. El mayor erigido mide casi 10 metros; uno inacabado en la cantera alcanza los 21 y pesaría unas 180 toneladas.
¿Qué pasó con el moái del Museo Británico?
Hoa Hakananai’a lo llevó la tripulación del HMS Topaze en 1868 y acabó en Londres por cesión de la reina Victoria. En 2018 una delegación rapanui fue a pedirlo. Hay conversaciones abiertas y el museo habla de colaboración, pero la estatua no ha vuelto.
¿Qué tiene que ver España con la isla?
Que la anexó. El 20 de noviembre de 1770, la expedición de Felipe González de Haedo firmó con los jefes rapanui un acta de anexión a la Corona de Carlos III y bautizó el lugar como isla de San Carlos. De allí salen el primer mapa, los primeros dibujos de moái, un vocabulario rapanui-español y el registro más antiguo en papel de la escritura rongorongo.
¿Se pueden tocar?
No. Tampoco se puede subir a las plataformas ni caminar entre las estatuas: son tumbas. La mayoría de los sitios exige guía local acreditado y hay multas.
Si esta obra te ha interesado, sigue con la Gran Esfinge de Guiza – el otro coloso tallado en la roca de su propio terreno, y el otro monumento rodeado de teorías que la arqueología no sostiene – y con el Partenón, cuyo caso de restitución ante el Museo Británico lleva más décadas abierto y tampoco se ha resuelto.
Imagen: moái en la ladera del volcán Rano Raraku, Rapa Nui. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.
