Fine Wind, Clear Morning (Red Fuji) by Katsushika Hokusai, 1831

Fuji rojo – Viento del sur, cielo claro

El Fuji rojo no es el Fuji que Hokusai diseñó. Las primeras impresiones de esta estampa muestran la montaña en un rosa pálido, con el cielo azul irregular y un halo de azul de Prusia alrededor de la cima. Son las llamadas «Fuji rosa», y quedan poquísimas. Después, el editor cambió la receta: añadió un bloque nuevo para teñir de azul las nubes, recortó de nuevo el bloque verde y sustituyó el rojo suave por benigara, un óxido de hierro potente. El resultado fue más llamativo, se vendió mejor y es el que el mundo conoce. La imagen más famosa del Fuji es una decisión comercial de un editor.

Datos clave

  • Artista: Katsushika Hokusai (1760–1849)
  • Título japonés: 凱風快晴 Gaifū kaisei – «viento del sur, cielo despejado»; apodo, Aka-Fuji, Fuji rojo
  • Serie: Fugaku sanjūrokkei, «Treinta y seis vistas del monte Fuji»
  • Fecha: hacia 1830–1832
  • Técnica: xilografía nishiki-e a varios colores; formato ōban
  • Dimensiones: unos 25,4 × 37,8 cm
  • Editor: Nishimuraya Yohachi (Eijudō)
  • Movimiento: Ukiyo-e
  • Dónde hay ejemplares: Metropolitan Museum (legado Henry L. Phillips, 1939), Museo Británico, Museo Guimet, Museo Nacional de Tokio, Art Institute of Chicago

Rosa y rojo: dos estampas en una

Esto es lo que casi ninguna guía cuenta, y es lo más interesante que se sabe hoy de esta imagen.

En 2007 el historiador Roger Keyes publicó un artículo con un título provocador: «Fuji rosa: la estampa que Hokusai vio». Sostenía que las impresiones de colores apagados, que durante décadas se habían considerado ejemplares desvaídos por la luz, son en realidad las primeras, las que salieron de los bloques recién tallados y las que se ajustan al diseño original.

En 2019, un equipo del Museo Británico dirigido por Capucine Korenberg lo comprobó con métodos físicos, comparando un «Fuji rojo» de Londres con un «Fuji rosa» del Museo Guimet de París: analizó los pigmentos sin tocarlos y midió el desgaste de los bloques en fotografías de altísima resolución. El rosa tiene los bloques menos gastados. Es anterior.

Las diferencias, una a una:

  • El cielo. En las primeras impresiones es azul irregular, con vetas, lo que da movimiento a las nubes. Después se uniformó.
  • La cima. Llevaba un halo de azul de Prusia que la empujaba hacia delante. Desapareció.
  • Las nubes. Eran blancas, el papel sin tocar. El editor añadió un bloque para teñirlas de azul claro.
  • La montaña. De un rojo suave a un benigara saturado – tierra de Bengala, óxido de hierro –, que es de donde viene el apodo.
  • El bosque. Se recortó de nuevo el bloque verde, bajando la línea donde la arboleda se encuentra con la ladera.

Así que cuando alguien dice «el Fuji rojo de Hokusai», está nombrando una versión posterior. La que él aprobó era más delicada y menos memorable.

¿Qué hace que esta obra sea inolvidable?

Tres colores y una forma. El Fuji ocupa la estampa en diagonal, con la ladera derecha larga y suave y la izquierda corta y escarpada, y no hay nada más: ni casas, ni caminos, ni barcas, ni una sola figura humana. Es la única de las cuarenta y seis vistas de la serie en la que no aparece nadie.

Esa desnudez es lo que la hace parecer moderna. Un siglo antes de la abstracción, Hokusai construyó una imagen que funciona como un campo de color: rojo, azul, blanco, verde, separados por líneas limpias. Los pintores del Blaue Reiter en Múnich, que coleccionaban estampas japonesas, la tenían delante cuando empezaron a preguntarse si un cuadro necesita representar algo.

Y hay una decisión de dibujante: el Fuji no cabe. La base se sale por los dos lados del papel. No vemos una montaña completa; vemos que la montaña es más grande que la imagen.

El Fuji rojo existe

El fenómeno se llama aka-fuji y es real, aunque raro.

Ocurre al amanecer, a finales del verano y principios del otoño, cuando la nieve ya se ha derretido y la roca volcánica desnuda – de tonos pardos y rojizos – recibe los primeros rayos con el aire limpio después de una noche despejada. Dura unos minutos y no se da todos los días. Los fotógrafos japoneses todavía lo persiguen cada agosto y septiembre.

Pero Hokusai hizo trampa. Su Fuji tiene la cima cubierta de nieve, y en las semanas del aka-fuji no la hay. Juntó dos cosas que no coinciden: el color de finales de agosto y la nieve de octubre. Es un paisaje compuesto, como casi todos los suyos.

El título tampoco es decorativo. Gaifū – «viento del sur» – es una expresión culta tomada de un clásico chino, el Libro de las Odas, donde designa la brisa suave del sur que hace crecer las plantas. Kaisei es «buen tiempo tras la lluvia». El título describe unas condiciones meteorológicas concretas, no un estado de ánimo.

La pareja: el Fuji negro

Esta estampa tiene hermana, y las dos se diseñaron para verse juntas.

Sanka haku-u, «Tormenta bajo la cumbre» – conocida como el Fuji negro – repite exactamente la misma silueta triangular, el mismo encuadre y la misma base de bosque. Pero la montaña es oscura, el cielo superior está despejado y en la parte baja descarga una tormenta con un relámpago rojo ramificado.

Es la misma montaña en el otro extremo del día y del tiempo: calma y tormenta, rojo y negro, arriba y abajo. En la serie aparecen seguidas, y los coleccionistas las montan enfrentadas. Ver una sin la otra es leer media frase.

Simbolismo y en qué fijarse

Las nubes. No son líneas onduladas: son uroko-gumo, «nubes de escamas de pez» – cirrocúmulos –, el tipo que en Japón anuncia el final del verano. Están dibujadas como un enrejado de escamas blancas sobre el azul. Son un dato meteorológico más.

El bokashi. La degradación del azul en la franja superior del cielo, de oscuro a claro. Se conseguía humedeciendo el bloque y aplicando la tinta a mano, con un trapo, en cada impresión. Por eso no hay dos ejemplares iguales: el degradado lo hacía el impresor, no la madera.

La nieve. Vetas blancas que bajan por los barrancos de la cima. Están talladas con precisión y son de las primeras cosas que se pierden con el desgaste.

El bosque. Triángulos verdes minúsculos alineados en la base, apretados. No son árboles individuales: son una textura que da escala. Si los tapas con un dedo, la montaña deja de tener tamaño.

Lo que no está. El cráter de Hōei, la enorme cicatriz que dejó la última erupción del Fuji en 1707 en su ladera sureste, y que es visible desde Tokio. Hokusai no lo pinta porque está mirando la montaña desde el otro lado, desde el norte o el noroeste.

El cartucho. Arriba a la derecha, el título de la serie y el de la estampa; debajo, la firma: Hokusai aratame Iitsu hitsu, «del pincel de Iitsu, antes Hokusai».

Contexto histórico

El Fuji no era un paisaje: era un objeto de culto. Durante el periodo Edo florecieron las Fuji-kō, cofradías de peregrinos urbanos que ahorraban todo el año para subir a la montaña en verano, vestidos de blanco, cantando. Los que no podían viajar construían fujizuka, réplicas en miniatura del volcán en los templos de Edo, hechas con lava traída del original, que se «escalaban» en unos minutos. Quedan varias en Tokio.

Al Fuji se le atribuía además el secreto de la inmortalidad, y en la creencia popular contemplarlo – o soñar con él en Año Nuevo – traía suerte. Una serie de treinta y seis vistas del Fuji era, a la vez, arte, guía de viaje y objeto devocional. Se vendía a precio de un cuenco de fideos.

Hokusai la publicó rondando los setenta años. Se anunció como treinta y seis láminas y se vendió tan bien que el editor añadió diez más; las últimas llevan el contorno en negro en vez de azul y se llaman ura-Fuji, «el Fuji del reverso».

Sobre Katsushika Hokusai

Nació en Edo en 1760, en el barrio de Honjo, hijo adoptivo de un fabricante de espejos. Aprendiz de tallista a los catorce, alumno de Katsukawa Shunshō a los dieciocho.

Cambió de nombre más de treinta veces y de casa unas noventa. Vivió casi siempre en la pobreza, con su hija Ōi, también pintora, que trabajó a su lado y a quien hoy se atribuyen obras firmadas por él.

Produjo unas treinta mil imágenes, entre ellas el Manga, quince volúmenes de bocetos publicados desde 1814 de donde procede la palabra.

En el epílogo de Cien vistas del monte Fuji escribió que dibujaba desde los seis años, que nada de lo hecho antes de los setenta vale la pena, que a los setenta y tres empezó a entender la estructura de los animales y las plantas, y que a los ciento diez cada punto y cada línea estarían vivos. Firmaba entonces como Gakyō rōjin, «el viejo loco por el dibujo».

Murió el 10 de mayo de 1849, a los ochenta y ocho años.

Legado e influencia

Las estampas llegaron a Europa tras la apertura de Japón y desataron el japonismo. Monet reunió 231 estampas japonesas en Giverny; Van Gogh copió tres al óleo; Degas, Toulouse-Lautrec, Klimt y Gauguin tomaron de ellas el encuadre cortado, la línea limpia y el color plano.

Esta en particular hizo carrera propia como emblema nacional: aparece en carteles turísticos, en envases, en pasaportes de diseño, en camisetas y en el imaginario de cualquiera que piense en Japón. Es, junto con la Gran Ola, la otra estampa que todo el mundo reconoce sin saber de quién es.

Hay una ironía reciente. En 2024 el Ayuntamiento de Fujikawaguchiko instaló una pantalla negra de veinte metros para impedir que los turistas fotografiaran el Fuji asomando sobre un supermercado, porque la aglomeración era insostenible. Y desde 2024 la subida por la ruta de Yoshida exige reserva, peaje y un cupo diario de cuatro mil personas. La montaña que Hokusai pintó vacía tiene hoy un problema de exceso de gente.

¿Y en España?

No hay una impresión célebre de esta estampa en España, pero sí hay colecciones ukiyo-e de verdad, y poco conocidas.

Bilbao. El Museo de Bellas Artes conserva el arte japonés de José Palacio Olavarría (1875–1952), coleccionista uruguayo afincado en la ciudad que compró en las grandes subastas parisinas de los años veinte – varias piezas en la venta de la colección Louis Gonse, en el Hôtel Drouot, en abril de 1926. Hay Hokusai, Utamaro e Hiroshige. Llegó al museo en 1954.

Valladolid. El Museo Oriental del Real Colegio de los Agustinos, formado con material traído por misioneros, guarda 268 grabados de los periodos Edo y Meiji. Es la mayor colección de estampa japonesa en un museo español y casi nadie la conoce.

Zaragoza. La colección de arte oriental de Federico Torralba, en el Museo de Zaragoza, con estampas y libros ilustrados de alta calidad.

Madrid. La Biblioteca Nacional conserva volúmenes del Manga de Hokusai en edición de 1876 y un fondo de grabados japoneses.

Para entender qué es una estampa de verdad – el grano del papel, el relieve que deja el baren al frotar, el brillo del pigmento sin filtro de pantalla –, cualquiera de estas cuatro sirve mejor que una reproducción a tamaño mural.

Dónde ver la obra hoy

Conviene decirlo sin rodeos, porque es donde fallan casi todas las guías.

No hay ningún museo donde esta estampa esté siempre colgada. El papel y los pigmentos son extremadamente sensibles a la luz: unos meses de exposición continua decoloran los azules y los rojos de forma irreversible. Los museos que tienen ejemplares los guardan en reserva y los sacan por temporadas de dos o tres meses, después de las cuales vuelven a la oscuridad durante años.

  • Comprueba antes de ir. En la ficha de la obra, en la web del Metropolitan o del Museo Británico, pone si está expuesta y en qué sala. Si dice «not on view», no está.
  • Metropolitan Museum, Quinta Avenida 1000, Nueva York. Las galerías japonesas están en la segunda planta y tienen una sala de rotación de estampas que cambia varias veces al año. Entrada por donación voluntaria solo para residentes en Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut; para el resto, unos 30 dólares. Cierra los miércoles.
  • Museo Guimet, París, conserva una de las rarísimas impresiones «Fuji rosa». Tampoco está expuesta de forma permanente.
  • Museo Sumida Hokusai, en Tokio, en el barrio donde nació. Reproducciones de altísima fidelidad siempre visibles y originales por rotación. Es el único lugar pensado enteramente para él.
  • Lo que siempre se puede ver: las imágenes en alta resolución que el Met y el Museo Británico publican en abierto, ampliables hasta el grano del papel. Para comparar el Fuji rojo con el rosa, funcionan mejor que una vitrina.

Y la montaña. Desde Tokio se ve en los días claros de invierno; los mejores miradores accesibles son los cinco lagos de Fuji y la pagoda de Chureito, en Fujiyoshida. Para el aka-fuji, finales de agosto y principios de septiembre, al amanecer, desde la orilla norte del lago Kawaguchi.

Esta obra existe en más de una versión. Si te interesa saber cuántas hay, dónde están y cómo distinguirlas, tenemos una guía completa: obras famosas con varias versiones.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se llama «Fuji rojo» si el título dice otra cosa?

El título original, Gaifū kaisei, describe el tiempo: «viento del sur, cielo despejado». Aka-Fuji, Fuji rojo, es un apodo posterior que viene del color de las impresiones tardías, hechas con un pigmento de óxido de hierro más fuerte que el original.

¿Las primeras impresiones eran rosas?

Sí. Se las llama «Fuji rosa» y son rarísimas. Tienen el cielo azul irregular, un halo azul en la cima y las nubes blancas sin teñir. Un estudio del Museo Británico de 2019 confirmó que sus bloques están menos gastados, es decir, que son anteriores.

¿El Fuji se pone rojo de verdad?

Sí, al amanecer de finales de verano y principios de otoño, cuando no hay nieve y la roca desnuda recibe la primera luz. Dura minutos. Hokusai, sin embargo, le pintó nieve en la cima, cosa que en esas semanas no ocurre.

¿Hay personas en la estampa?

Ninguna. Es la única de las cuarenta y seis vistas de la serie sin presencia humana. Los triángulos verdes de la base son árboles.

¿Tiene alguna estampa pareja?

Sí: Sanka haku-u, «Tormenta bajo la cumbre», el Fuji negro, con la misma silueta y un relámpago rojo en la parte baja. Están pensadas para verse juntas.

¿Cuánto cuesta una original?

Mucho menos de lo que se suele decir. Un buen ejemplar se vendió en Christie’s en 2016 por 106.250 libras, unos 140.000 dólares. Las cifras de varios millones corresponden a la Gran Ola, no a esta. Las reproducciones modernas hechas con bloques nuevos, que son legítimas pero no originales, valen unos cientos de euros.

¿Se puede ver de forma permanente en algún museo?

No. Todos los ejemplares rotan por conservación. Consulta la ficha en la web del museo antes de viajar.

¿Hay estampas japonesas en España?

Sí: el Museo de Bellas Artes de Bilbao (colección Palacio), el Museo Oriental de Valladolid (268 grabados), el Museo de Zaragoza (colección Torralba) y la Biblioteca Nacional, con el Manga de Hokusai.

Si esta obra te ha interesado, sigue con La gran ola de Kanagawa – la otra estampa de la misma serie, del mismo bloque de años y el mismo editor, donde el Fuji aparece minúsculo al fondo – y con los Nenúfares de Monet, pintados en un jardín construido a la vista de doscientas treinta y una estampas japonesas.

Imagen: Gaifū kaisei (Aka-Fuji) – Katsushika Hokusai (c. 1830–1832), Metropolitan Museum of Art, legado Henry L. Phillips. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

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