Moon Jar (Joseon White Porcelain) by Unknown, 18th century

Jarrón lunar (porcelana blanca Joseon)

La boca es más ancha que el pie. Es una anomalía técnica: una vasija normal se hace con la base amplia y el cuello estrecho, porque así se aguanta. El jarrón lunar hace lo contrario, y el resultado es que la pieza parece inestable, a punto de despegar del estante. No se sostiene sobre la mesa: flota encima. Esa decisión, que cualquier alfarero habría corregido, es la razón por la que un objeto sin decoración, sin color y sin firma se ha convertido en el emblema de un país entero y ha llegado a venderse por cuatro millones y medio de dólares.

Datos clave

  • Autores: alfareros anónimos de los hornos reales
  • Nombre coreano: 달항아리 dalhangari. El histórico era 백자대호 baekja daeho, «gran jarrón de porcelana blanca»
  • Fecha: los mejores ejemplares, primera mitad del siglo XVIII
  • Técnica: porcelana blanca, torneada en dos mitades y unida por el ecuador
  • Definición: se considera jarrón lunar a partir de 40 cm de altura
  • Hornos: los reales de Bunwon, en Gwangju, provincia de Gyeonggi
  • Movimiento: Cerámica de la dinastía Joseon
  • Ubicación: Museo Nacional de Corea, Seúl; también en el Museo Británico, Leeum y colecciones privadas
  • Supervivientes: unos veinte de más de 40 cm; tres son Tesoro Nacional

No son lunas llenas

Conviene desmontar el tópico, porque lo que queda es mejor.

El jarrón lunar casi nunca es esférico. La unión de las dos mitades hace que la pieza se deforme en el horno: se hunde por un lado, se abomba por otro, la costura se marca y la silueta queda torcida. La mayoría de los jarrones lunares tienen la forma de una luna menguante, no llena.

Y eso, que en cualquier otra tradición cerámica habría sido motivo de descarte, allí se aceptó. Los especialistas hablan de una «simetría de la asimetría»: la pieza cambia de silueta según desde dónde se mire, y por eso no se agota. Un cilindro perfecto se ve entero de un vistazo; este no.

La costura del ecuador no se deja visible como declaración filosófica — esa lectura es un añadido moderno y conviene señalarlo. Se ve porque no se puede evitar: es la huella de un proceso, no un gesto poético. Lo interesante es que a nadie le importó lo suficiente como para disimularla.

Por qué en dos mitades

Hay una razón física, y explica todo lo demás.

La porcelana blanca coreana se trabaja con una arcilla poco plástica. Una esfera de cuarenta y cinco centímetros no se puede levantar de una pieza en el torno: la pared se vence bajo su propio peso antes de cerrarse arriba.

La solución fue tornear dos cuencos hemisféricos por separado, dejarlos secar hasta el punto justo — ni tan blandos que se deformen ni tan secos que no peguen — y unirlos boca con boca en el ecuador, alisando la junta. Después se añadía el pie y el cuello.

Y entonces venía el horno, a más de 1.300 grados, donde la pieza se contrae casi un quince por ciento y la junta es el punto débil. Se perdían muchas. Las que salieron enteras salieron deformadas, y así se quedaron.

El nombre lo puso un pintor

«Jarrón lunar» no es un término de época. Durante la dinastía Joseon estas piezas se llamaban simplemente baekja daeho: gran jarrón de porcelana blanca.

La expresión dalhangari — «vasija luna» — se popularizó a mediados del siglo XX y se atribuye sobre todo a Kim Whanki (1913–1974), el primer artista moderno coreano con proyección internacional. Kim los coleccionaba, vivía rodeado de ellos y los pintó una y otra vez, hasta convertirlos en un motivo recurrente de su obra.

Dicho de otro modo: el objeto más antiguo y más «tradicional» del arte coreano recibió su nombre de un pintor de vanguardia, en pleno siglo XX, y desde entonces lo llamamos así todos.

Simbolismo y en qué fijarse

El blanco. No es blanco puro ni frío. Tira a marfil, a crema, a veces con un velo azulado o grisáceo según la composición del esmalte y la atmósfera del horno. Cambia con la luz del día, y esa inestabilidad cromática es de donde sale la comparación con la luna.

La costura. Recórrela con la vista alrededor del ecuador. En algunas piezas es casi invisible; en otras se ve la ondulación y hasta el desplazamiento entre las dos mitades.

Los defectos. Manchas de hierro, puntos oscuros, pequeñas grietas de cocción, zonas donde el esmalte se acumuló. Todo eso está a la vista. Nadie intentó ocultarlo, y el mercado de la época lo aceptaba.

El pie. Estrecho y bajo, sin vidriar en la base. Míralo si puedes: es lo que hace que la pieza parezca posada y no apoyada.

La boca. Abierta, sin tapa, con el borde ligeramente vuelto. Más ancha que el pie, que es la anomalía de la que hablábamos.

Y la ausencia. No hay pintura, ni esmalte de color, ni relieve, ni inscripción, ni firma. Es cerámica del siglo XVIII sin un solo elemento decorativo, en un momento en que China y Japón exportaban porcelanas cubiertas de dragones, flores y esmaltes polícromos.

Contexto histórico

La dinastía Joseon (1392–1910) fue el Estado más rigurosamente confuciano que ha existido, y esa ideología llegó a la vajilla.

La dinastía anterior, Goryeo, había producido el celadón verde jade, refinadísimo y con incrustaciones, muy apreciado en China. Joseon lo abandonó. Adoptó la porcelana blanca como cerámica oficial de la corte, y el motivo no fue técnico sino moral: el blanco encarnaba la pureza, la frugalidad y la rectitud que el confucianismo exigía al gobernante y al letrado.

Los hornos reales de Bunwon, en Gwangju, a las afueras de Seúl, producían para el palacio bajo supervisión estatal, y en la primera mitad del siglo XVIII alcanzaron su punto más alto.

Importa el momento. Corea salía de dos invasiones japonesas a finales del siglo XVI — en las que los japoneses se llevaron por la fuerza a alfareros coreanos, que fundaron después las grandes tradiciones cerámicas de Kyushu — y de la invasión manchú de 1636. El país estaba reconstruyéndose y buscando definir lo propio.

Estos jarrones no se produjeron en China ni en Japón. La forma es exclusivamente coreana, y no tiene equivalente en ninguna otra parte.

Para qué servían

Menos poéticamente de lo que suele decirse.

Eran recipientes de almacenamiento: guardaban agua, licor de arroz, salsa de soja o grano, y se usaban en palacio, en residencias de la élite y en contextos rituales. Algunos han aparecido con restos orgánicos en el interior.

También tuvieron función ceremonial, y hay ejemplares documentados en ritos de la corte. Pero no se hicieron como objeto de contemplación: se convirtieron en eso mucho después, cuando dejaron de usarse.

Cómo llegó a Occidente

La historia tiene protagonistas con nombre y un final en Londres.

En 1935, el ceramista británico Bernard Leach —padre de la alfarería de estudio en el Reino Unido— compró uno en una tienda de antigüedades de Seúl. Lo declaró en aduanas como «un jarrón blanco muy grande», con un valor de diez yenes. Dijo después que tener un jarrón lunar era como «poseer un trozo de felicidad», y admiraba en ellos lo que llamaba su «naturalidad sin conciencia de sí».

Al estallar la Segunda Guerra Mundial se lo confió a su amiga y colega Lucie Rie —ceramista vienesa exiliada en Londres y una de las grandes figuras de la cerámica del siglo XX— para que se lo guardara.

Se quedó en su estudio de Albion Mews unos cincuenta años. Leach decidió que se quedara allí después de la guerra. Cuando Rie murió en 1995, la pieza pasó a la viuda de Leach, y en 1999 el Museo Británico la adquirió de la herencia.

Ese jarrón, con la costura bien visible, es hoy uno de los objetos más queridos del museo y la razón de que el jarrón lunar tenga una escuela de seguidores británicos.

Hay que añadir un matiz incómodo. El otro gran valedor fue Yanagi Sōetsu, fundador del movimiento japonés mingei de artesanía popular, que escribió con admiración sobre la cerámica coreana — durante la ocupación japonesa de Corea. Su papel se discute todavía: salvó y difundió, y lo hizo desde la posición del colonizador.

Legado e influencia

En el mercado. Varios jarrones lunares han superado el millón de dólares. En marzo de 2023 uno alcanzó 4,5 millones, y en marzo de 2025 otro se vendió por 2,8. Son cifras extraordinarias para un objeto sin firma ni decoración.

En la cerámica contemporánea. Hay artistas que han dedicado su carrera a reinterpretar la forma: Kwon Dae Sup en Corea, y en el Reino Unido Akiko Hirai y Adam Buick, entre otros. Edmund de Waal, ceramista y escritor, ha reflexionado repetidamente sobre estas piezas.

Como símbolo político. En 2012 un ministro surcoreano usó el jarrón como metáfora de la reunificación de la península: dos mitades hechas por separado que se unen por el ecuador y forman un solo cuerpo. La imagen funciona demasiado bien para no repetirse.

En los Juegos Olímpicos. El pebetero de PyeongChang 2018 tenía forma de jarrón lunar.

Y en la cultura pop. RM, del grupo BTS, publicó una foto abrazando un jarrón lunar contemporáneo y explicando a sus seguidores que estas piezas le calmaban. Es el mismo músico que hizo agotarse las miniaturas del bodhisattva pensativo. En Corea, las dos cosas funcionan igual: objetos antiguos como antídoto contra la velocidad del presente.

¿Y en España?

No hay jarrones lunares en colecciones españolas, pero la idea que los sostiene tiene un equivalente exacto en la pintura española del siglo XVII.

Francisco de Zurbarán pintó bodegones que son lo contrario de todo lo que un bodegón barroco solía ser. Nada de faisanes, frutas desbordantes ni copas de cristal tallado: cuatro o cinco recipientes de barro y metal, alineados sobre una repisa, contra un fondo negro absoluto. Su Bodegón con cacharros, hacia 1650, en el Museu Nacional d’Art de Catalunya de Barcelona, es el ejemplo mayor.

Los objetos son vulgares: jarras de cerámica popular, un cuenco, un plato de peltre. Zurbarán los pinta con la solemnidad de un retrato. No hay narración, no hay alegoría evidente, no hay adorno. Hay luz cayendo sobre superficies mates y la dignidad de la cosa fabricada por una mano anónima.

Es, en otra tradición y sin ningún contacto, exactamente el argumento del jarrón lunar: que un recipiente de uso puede sostener toda la atención que uno sea capaz de darle.

Para cerámica en España, el Museo Nacional de Cerámica González Martí de Valencia, instalado en el palacio del marqués de Dos Aguas, con una de las grandes colecciones europeas. Y Talavera de la Reina y Puente del Arzobispo, cuya cerámica fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2019.

Para arte coreano, el Centro Cultural Coreano del paseo de la Castellana, en Madrid, con entrada libre.

Dónde verlos hoy

El Museo Nacional de Corea (국립중앙박물관), en Yongsan-gu, Seúl, conserva varios ejemplares, entre ellos piezas designadas Tesoro Nacional. Metro: línea 4 o línea Gyeongui-Jungang, estación Ichon, salida 2.

  • La colección permanente es gratuita. Consulta horarios en la web: han cambiado varias veces en los últimos años.
  • Busca la sección de cerámica Joseon, en la planta de arte coreano. Ahí se pueden comparar varios jarrones y comprobar que ningún blanco es igual a otro.
  • Antes, la sala de celadón Goryeo. Ver el verde jade refinadísimo del siglo XII y después el blanco desnudo del XVIII es entender de golpe lo que pasó entre una dinastía y otra.
  • Rodea las piezas. Un jarrón lunar visto de frente y visto desde un cuarto de vuelta son dos objetos distintos. Es la «simetría de la asimetría» y solo se aprecia moviéndose.
  • En el mismo museo, la Sala de la Contemplación Silenciosa con los dos bodhisattvas pensativos, y el Inwangjesaekdo de Jeong Seon.

Fuera de Corea: el Museo Británico de Londres, con el jarrón de Leach y Lucie Rie, entrada gratuita; el Victoria and Albert, también en Londres; y el Metropolitan de Nueva York. En Seúl, el Museo Leeum conserva ejemplares de primer orden.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se llama «jarrón lunar»?

Es un nombre moderno. Durante la dinastía Joseon se llamaban baekja daeho, «gran jarrón de porcelana blanca». La expresión dalhangari se popularizó a mediados del siglo XX, en buena medida gracias al pintor Kim Whanki, que los coleccionaba y los pintaba.

¿Por qué no son perfectamente redondos?

Porque se tornean en dos mitades que se unen por el ecuador, y la pieza se deforma en el horno. La mayoría tiene forma de luna menguante, no llena. Esa irregularidad, que en otras tradiciones habría sido un defecto, allí se aceptó y acabó siendo el atractivo.

¿Cuántos quedan?

Alrededor de veinte de más de cuarenta centímetros, que es la altura a partir de la cual se considera jarrón lunar. Tres están designados Tesoro Nacional de Corea del Sur.

¿Cuánto valen?

Varios han superado el millón de dólares. El récord es de 4,5 millones, en marzo de 2023; en marzo de 2025 otro alcanzó 2,8 millones.

¿Para qué servían?

Para almacenar: agua, licor de arroz, salsa de soja, grano. También tuvieron uso ceremonial. No se fabricaron como objetos de contemplación; se convirtieron en eso siglos después.

¿Existen fuera de Corea?

Esta forma es exclusiva de la dinastía Joseon y no se produjo ni en China ni en Japón. Hay ejemplares originales en el Museo Británico, el Victoria and Albert y el Metropolitan, entre otros.

¿Cuál es la historia del jarrón del Museo Británico?

Lo compró Bernard Leach en una tienda de Seúl en 1935 por diez yenes. Durante la Segunda Guerra Mundial se lo dejó a la ceramista Lucie Rie, en cuyo estudio de Londres permaneció unos cincuenta años. Tras su muerte pasó a la viuda de Leach, y el museo lo adquirió en 1999.

¿Hay algo parecido en el arte español?

El planteamiento sí: los bodegones de Francisco de Zurbarán, con cuatro o cinco recipientes de barro alineados contra un fondo negro, tratan un objeto de uso anónimo con la solemnidad de un retrato. El Bodegón con cacharros, hacia 1650, está en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

Si esta obra te ha interesado, sigue con el Bodhisattva pensativo — el otro objeto coreano que basa su fuerza en lo que no tiene — y con el Irworobongdo, donde la misma dinastía resolvió el problema contrario: llenarlo todo de color y símbolo.

Imagen: jarrón lunar de porcelana blanca, dinastía Joseon, Tesoro Nacional n.º 262. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

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