El beso
El Estado austriaco compró este cuadro antes de que estuviera terminado. En 1908, en la exposición donde se mostró por primera vez, el Ministerio de Educación pagó 25.000 coronas por él con destino a la Galería Moderna – una suma enorme, pagada al mismo pintor cuyos frescos para la Universidad de Viena el mismo Estado había rechazado tres años antes por pornográficos. Klimt se lo llevó de vuelta al estudio, lo retocó, y lo entregó en 1909. Es la fecha que hoy figura en la ficha del museo.
Datos clave
- Artista: Gustav Klimt (1862–1918)
- Título original: Liebespaar – «Pareja de amantes» – en el catálogo de 1908; Der Kuss desde poco después
- Fecha: 1908, completado en 1909
- Técnica: óleo, pan de oro, plata y platino sobre lienzo
- Dimensiones: 180 × 180 cm – formato cuadrado
- Movimiento: Modernismo vienés – Secesión, «Período dorado»
- Ubicación: Belvedere Superior, Viena – sala propia, primera planta. Inv. 912
- Adquisición: Estado austriaco, 1908, por 25.000 coronas
¿Qué hace que esta obra sea inolvidable?
Casi nada del cuadro es un cuadro. Dos rostros, dos pares de manos, dos pies. El resto es superficie: pan de oro, motivos, un prado de flores. Klimt pintó el amor como se pintan los iconos – sobre fondo de oro, sin espacio, sin profundidad – y lo colocó en un formato cuadrado que no es ni paisaje ni retrato.
Lo que sostiene la imagen es un contraste. La cara de ella es la única zona del cuadro pintada con realismo: piel, pómulos, párpados cerrados, un rubor. Alrededor, todo es abstracción. El ojo va de una cosa a otra y no puede quedarse en ninguna.
Y hay lo que no se ve. Él tiene la cara vuelta; solo se ve la nuca y una mejilla. Los labios no se tocan – él la besa en la mejilla, o está a punto. El cuadro que todo el mundo llama El beso no muestra ningún beso en la boca.
El oro: de dónde viene y por qué
El padre de Klimt, Ernst, era grabador de oro. Su hermano menor, también Ernst, también. Gustav creció en un taller donde el oro era material de trabajo, no símbolo.
La segunda fuente es un viaje. En 1903 Klimt visitó Rávena dos veces y vio los mosaicos bizantinos de San Vitale: figuras planas sobre fondo de oro, sin espacio, sin sombra. Escribió que eran «de un esplendor inaudito». Volvió con la idea de que la superficie podía ser el tema.
La tercera fuente son los iconos y el arte japonés, que Klimt coleccionaba con intensidad: estampas, kimonos, biombos. Los motivos del vestido de ella – círculos concéntricos, espirales, flores estilizadas – vienen de ahí, de la misma tradición que produjo La gran ola de Kanagawa: color plano, contorno marcado, ausencia total de sombra.
El resultado técnico es una superficie mixta. Sobre el lienzo hay óleo, pan de oro aplicado en láminas, oro en polvo, plata y platino en distintas zonas para distinguir brillos. No es un cuadro dorado: es un cuadro con varios metales que reaccionan a la luz de forma distinta. Por eso ninguna reproducción lo recoge.
Simbolismo y en qué fijarse
El borde. La pareja no está en un prado, sino en el extremo de uno. A la derecha el suelo florido termina de golpe y debajo no hay nada – solo el fondo de oro. Los pies de ella asoman por el borde. Los dedos se curvan hacia dentro, como quien se agarra a un escalón.
Dos geometrías. El manto de él lleva rectángulos negros, grises y blancos, verticales, duros. El vestido de ella, círculos, óvalos y flores. Klimt usa la forma como código: lo angular y lo redondo, lo masculino y lo femenino, y donde los dos mantos se tocan, los motivos se mezclan. Es abstracción geométrica una década antes de que existiera como movimiento: los rectángulos del manto de él anticipan, sin proponérselo, lo que Mondrian convertiría en programa a partir de 1917.
Las coronas. Él lleva hojas de hiedra en el pelo; ella, flores. La hiedra es la planta de Dioniso; las flores, del prado en el que están. Ninguno de los dos es un personaje: son un hombre y una mujer, sin nombre.
Las manos. Las de él sostienen la cara de ella. Las de ella: una rodea el cuello de él, la otra sujeta la mano de él contra su propia mejilla. Es el único gesto activo del cuadro, y es de ella.
El rostro que no se ve. Él está de espaldas a nosotros en tres cuartos. No hay ningún retrato del hombre. Toda la lectura psicológica del cuadro recae en el rostro de la mujer – y ese rostro tiene los ojos cerrados.
La parte superior. Sobre las cabezas, el oro se aclara y se vuelve casi polvo. Es la zona más abstracta del cuadro, y la que peor sale en las fotos.
La firma. Abajo a la izquierda, sobre el prado, en un rectángulo: GUSTAV KLIMT. Está integrada en el diseño, como una etiqueta bordada.
Quiénes son
No se sabe, y probablemente no son nadie.
La hipótesis más repetida es que él es Klimt y ella Emilie Flöge, diseñadora de moda, dueña con sus hermanas del salón más avanzado de Viena, y compañera del pintor durante casi treinta años. Klimt pasaba los veranos con la familia Flöge en el Attersee, y las últimas palabras que se le atribuyen, tras el ictus, fueron «que venga Emilie». Pero no hay ninguna prueba de que la relación fuera de pareja, ni de que ella posara para este cuadro. Klimt no se parece al hombre y Emilie era rubia oscura; la mujer del cuadro es pelirroja.
Otros nombres propuestos: Adele Bloch-Bauer, a quien Klimt retrató dos veces, y una modelo de estudio pelirroja que aparece en varios cuadros de esos años. Ninguna identificación está respaldada por documentos.
Lo más probable es que Klimt hiciera lo que hacía siempre: usar modelos de estudio y borrar cualquier rasgo individual. El cuadro no retrata a nadie porque su tema es una idea.
Es exactamente lo contrario de lo que hizo Utamaro en sus retratos de bellezas, donde un canon aparentemente idéntico escondía a tres mujeres concretas, con nombre, dirección y oficio. Klimt tenía el procedimiento japonés y lo usó para la operación inversa: borrar la persona en lugar de esconderla.
Contexto histórico
En 1908 Klimt tenía cuarenta y seis años, era el pintor más célebre de Austria y llevaba una década enfrentado al Estado.
El conflicto venía de las pinturas de las Facultades: tres grandes lienzos – Filosofía, Medicina, Jurisprudencia – encargados en 1894 para el techo del aula magna de la Universidad de Viena. Cuando Klimt los presentó entre 1900 y 1903, con desnudos y sin la alegoría optimista que se esperaba, los profesores protestaron, el Parlamento debatió y la prensa habló de pornografía. Klimt devolvió el anticipo en 1905, recompró los cuadros y nunca volvió a aceptar un encargo público.
Tres años después el mismo Estado le compró El beso. Fue una reconciliación, pero en los términos del pintor.
La ocasión fue la Kunstschau de 1908, una exposición organizada por Klimt y su círculo en unos pabellones provisionales de la Ringstraße, para celebrar los sesenta años de reinado de Francisco José. Ciento setenta y nueve artistas, dieciséis salas, un teatro, un jardín. El cuadro se mostró allí como Liebespaar, en una sala dedicada a Klimt. Egon Schiele no participó en esa edición: debutó en la Kunstschau siguiente, la internacional de 1909.
Viena en 1908 era Freud, Mahler, Schnitzler, Loos, la Secesión y los Talleres Vieneses. También era una ciudad con un alcalde antisemita y un Imperio que se descomponía. Es el mismo fin de siglo centroeuropeo que quince años antes había producido El grito, y las dos obras son las dos caras de esa ansiedad: Munch pintó el pánico; Klimt, el refugio. Diez años después, cuando Klimt murió, el Imperio también.
Sobre Gustav Klimt
Nació el 14 de julio de 1862 en Baumgarten, entonces un pueblo a las afueras de Viena, segundo de siete hijos de un grabador de oro de origen bohemio. La familia era pobre.
Entró a los catorce años en la Escuela de Artes y Oficios, y con su hermano Ernst y su amigo Franz Matsch formó una compañía de decoradores que pintó techos y escaleras para teatros, museos y villas en todo el Imperio. Eran académicos, rápidos y solicitados. En 1888 recibió una condecoración del emperador.
En 1892 murieron su padre y su hermano Ernst. Klimt se hizo cargo de la familia de este, y su pintura cambió. En 1897 fundó con otros la Secesión de Viena y fue su primer presidente. En 1902 pintó el Friso de Beethoven. Entre 1903 y 1909 hizo los cuadros de oro: Judith, Adele Bloch-Bauer I, el friso del palacio Stoclet, y este.
Nunca se casó ni tuvo estudio con vistas al público. Vivía con su madre y sus hermanas, trabajaba en una bata azul larga, criaba gatos y pasaba los veranos en el Attersee pintando paisajes. Tras su muerte, catorce mujeres reclamaron su paternidad para sus hijos.
El 11 de enero de 1918 sufrió un ictus en casa. Murió el 6 de febrero de neumonía, en plena epidemia de gripe, con cincuenta y cinco años. Dejó varios cuadros sin acabar, entre ellos La novia.
Un dato que conviene conocer: una parte importante de su obra no existe. Las tres pinturas de las Facultades y una docena de cuadros más, requisados a coleccionistas judíos, se guardaron en el castillo de Immendorf, en la Baja Austria, y las SS prendieron fuego al castillo en mayo de 1945, al retirarse. Se conocen por fotografías.
Legado e influencia
Es probablemente la imagen del amor más reproducida del siglo XX. Aparece en carteles, tazas, fundas de móvil, tatuajes, bodas. En Austria está en la moneda de oro de cien euros de 2003, y en Viena es imposible dar diez pasos por el centro sin verla en un escaparate.
Esa omnipresencia tiene una consecuencia: la gente llega al Belvedere convencida de que ya conoce el cuadro, y se sorprende. Es más grande, más metálico, más raro. Los visitantes hablan casi siempre del tamaño y del brillo, que las reproducciones aplanan. Le pasa lo mismo que a la Gioconda: la reproducción ha sustituido al original en la cabeza de casi todo el mundo, y el encuentro real resulta desconcertante.
En 2022 el museo vendió, para San Valentín, diez mil fragmentos digitales del cuadro en forma de NFT, a 1.850 euros cada uno. Vendió unos dos mil cuatrocientos. La operación fue polémica y hoy se cita como ejemplo de lo que no hay que hacer.
Y en el mercado: Klimt es, con Leonardo y Warhol, uno de los tres pintores que han superado los doscientos millones en subasta. El 18 de noviembre de 2025, en Sotheby’s de Nueva York, el Retrato de Elisabeth Lederer se vendió por 236,4 millones de dólares tras veinte minutos de puja – la obra de arte moderno más cara jamás subastada, y la segunda obra más cara de cualquier época, solo por detrás del Salvator Mundi. El cuadro había salvado la vida de su modelo: durante la ocupación nazi, Elisabeth Lederer, judía, convenció a las autoridades de que Klimt era su padre biológico, y la declararon «medio aria».
El beso no tiene precio porque no puede venderse. Pero la cifra de noviembre de 2025 da una idea de la escala.
¿Y en España?
Conviene decirlo sin rodeos: no hay ninguna pintura de Klimt en ningún museo español. Ni en el Prado, ni en el Thyssen, ni en el Reina Sofía, ni en los museos de Barcelona o Bilbao. Klimt vendió casi todo a coleccionistas vieneses, y lo que salió de Austria fue a Alemania, Estados Unidos y, en pocos casos, Italia.
Lo que ha llegado a España son exposiciones inmersivas – proyecciones de sus cuadros a gran escala, sin obras originales – que han recorrido Madrid, Barcelona y otras ciudades en los últimos años. Son espectáculos, no arte.
Los Klimt más cercanos a un viajero español están en Italia: Judith II en Ca’ Pesaro, Venecia, y Las tres edades de la mujer en la Galería Nacional de Arte Moderno de Roma. Para ver el oro hay que ir a Viena.
Dónde ver la obra hoy
El cuadro está en el Belvedere Superior, Prinz-Eugen-Straße 27, en el distrito 3 de Viena, en una sala de la primera planta dedicada a él.
- El Belvedere Superior y el Inferior tienen entradas separadas. El beso está en el Superior. Consulta precios en la web; la entrada de adulto ronda los 24 euros.
- Hace falta franja horaria. El museo vende entradas con hora; sin ella, en temporada alta, se espera o no se entra.
- Abre todos los días. Consulta horarios: en verano de 2026 amplió hasta las 19.
- Entra a la hora de apertura y sube directamente a la primera planta. La sala de El beso se llena en media hora y no se vacía hasta el cierre.
- El cuadro está tras cristal, pero la sala permite acercarse a un metro. Muévete de lado a lado: el oro, la plata y el platino cambian de brillo según el ángulo, y es lo único que ninguna foto reproduce.
- El Belvedere tiene 24 pinturas de Klimt – la mayor colección del mundo –, entre ellas Judith I, los paisajes del Attersee y el retrato de Fritza Riedler. Y una sala de Schiele.
- Tranvía D hasta «Schloss Belvedere», o metro U1 hasta Südtiroler Platz y quince minutos a pie. Los jardines entre los dos palacios son gratuitos.
A veinte minutos está el edificio de la Secesión, en Friedrichstraße, con la cúpula de laurel dorado y el Friso de Beethoven en el sótano. Es la otra mitad de la historia.
¿Por qué algunos cuadros te atrapan y otros no? La neurociencia lleva dos décadas intentando responderlo, con resultados menos claros de lo que suele contarse: qué le hace el arte al cerebro.
Preguntas frecuentes
¿Se besan?
No en la boca. Él besa la mejilla de ella, o está a punto; su rostro queda vuelto y no se ve. El título lo pusieron otros: en el catálogo de 1908 el cuadro se llamaba Pareja de amantes.
¿Quiénes son los modelos?
No se sabe. La hipótesis habitual señala a Klimt y a Emilie Flöge, su compañera de toda la vida, pero no hay pruebas y los rasgos no coinciden. Lo más probable es que fueran modelos de estudio despersonalizados.
¿Es oro de verdad?
Sí. Pan de oro aplicado en láminas, oro en polvo, y además plata y platino en zonas concretas para diferenciar brillos. Klimt aprendió la técnica en el taller de su padre, grabador de oro, y la idea en los mosaicos de Rávena, que visitó en 1903.
¿Cuándo se pintó?
Entre 1907 y 1908. Se expuso en 1908, el Estado lo compró en la misma exposición, y Klimt lo retocó antes de entregarlo en 1909. El Belvedere lo fecha «1908, completado en 1909».
¿Cuánto vale?
No tiene precio: es propiedad del Estado austriaco e inalienable. Como referencia, en noviembre de 2025 un retrato de Klimt se vendió por 236,4 millones de dólares, la obra moderna más cara de la historia en subasta.
¿Hay algún Klimt en España?
No. Ninguna pintura suya está en museos españoles. Los más cercanos están en Venecia y Roma.
¿Se puede fotografiar?
Sí, sin flash. El cristal y el oro complican la foto; la mejor se hace desde un ángulo, no de frente.
Si esta obra te ha interesado, sigue con El grito de Munch – pintado quince años antes por otro artista del fin de siglo, con el tema exactamente contrario – y con Tres bellezas de la actualidad de Utamaro, la tradición japonesa de la que Klimt sacó el color plano, el contorno y la ausencia de sombra.
Imagen: Der Kuss (Liebespaar) – Gustav Klimt (1908–1909), Belvedere, Viena. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.
