Las Meninas
El cuadro no se llamó Las meninas hasta 1843. En el inventario del Alcázar de 1666 figura como La familia; Palomino, en 1724, lo describe como «la más ilustre obra de don Diego Velázquez» sin darle nombre; y el título actual se lo puso Pedro de Madrazo en el catálogo del Prado de mediados del siglo XIX. Es decir: la obra más comentada de la pintura española pasó casi dos siglos sin llamarse como se llama, y el nombre que acabó ganando designa a dos personajes secundarios.
Datos clave
- Artista: Diego Velázquez (1599–1660)
- Título: Las meninas, desde 1843; antes, La familia o El cuadro de la familia
- Fecha: 1656
- Técnica: óleo sobre lienzo, tres piezas de tela cosidas
- Dimensiones: 320,5 × 281,5 cm – la medida oficial del Prado tras el estudio de 2018
- Movimiento: Barroco
- Ubicación: Museo del Prado, Madrid – sala 12, inv. P001174
- Última restauración: 1984, John Brealey
¿Qué hace que esta obra sea inolvidable?
Hay dos formas de contestar, y las dos son ciertas.
La primera es la técnica. Desde tres metros, el vestido de la infanta es seda; desde cincuenta centímetros, son manchas grises y blancas que no describen nada. La mano izquierda de la menina que le ofrece el búcaro es cuatro pinceladas. Velázquez pinta lo que el ojo ve a distancia, no lo que la mano toca, y en 1656 nadie lo hacía así. Manet, dos siglos después, lo llamó «el pintor de los pintores» por eso.
La segunda es la trampa. Once personas y un perro en una habitación, y nueve de ellas miran hacia fuera – hacia donde está el espectador. En el espejo del fondo se ve a los reyes, que por tanto están donde estamos nosotros. El cuadro no se mira: nos mira. Y el pintor está dentro, con el pincel levantado, pintando algo que no vemos.
Foucault dedicó a esto el primer capítulo de Las palabras y las cosas en 1966. Antes que él, Luca Giordano, según cuenta Palomino, lo llamó delante de Carlos II «la teología de la pintura». Ninguna de las dos frases explica nada; las dos dicen que hay algo que explicar.
Quién es quién
Los personajes están identificados desde 1724 por Antonio Palomino, que conoció a gente que los había tratado. Conviene tenerlos claros, porque el cuadro es un retrato de grupo y cada uno tiene nombre.
La infanta Margarita, en el centro, con cinco años. Hija de Felipe IV y Mariana de Austria, heredera en aquel momento – el príncipe Felipe Próspero nacería un año después. Se casó a los quince con el emperador Leopoldo I y murió en Viena a los veintiuno. Velázquez la pintó varias veces para enviar retratos a la corte de Viena, donde ya estaba prometida.
María Agustina Sarmiento, arrodillada a su izquierda, le ofrece agua en un búcaro de barro rojo – una cerámica portuguesa que las damas también mordisqueaban por moda.
Isabel de Velasco, de pie a su derecha, en reverencia. Murió tres años después de pintarse el cuadro.
Mari Bárbola, la enana, a la derecha, con la cara vuelta hacia nosotros. De origen alemán; Palomino la llama «de aspecto formidable». Es, con Velázquez, la figura que más directamente mira al espectador.
Nicolasito Pertusato, el enano italiano, que pisa al mastín con el pie. Sobrevivió a todos: murió en 1710, con más de setenta años, como ayuda de cámara del rey.
Marcela de Ulloa, la dueña, de luto, medio en sombra. No es una monja: es una viuda, y su cargo era vigilar a las meninas.
El guardadamas, junto a ella, sin identificar con seguridad. Se ha propuesto a Diego Ruiz de Azcona.
José Nieto Velázquez, en la puerta del fondo, aposentador de la reina. Tiene una mano en la cortina y un pie en el escalón. Nadie sabe si entra o sale, y Velázquez no lo aclaró.
Velázquez, a la izquierda, con paleta, pincel y la cruz de Santiago en el pecho.
Felipe IV y Mariana de Austria, en el espejo.
El mastín, en primer plano, que aguanta el pisotón sin moverse. Es el único que no mira a nadie.
La habitación
Se sabe exactamente dónde está pasando esto, y ya no existe.
Es el Cuarto del Príncipe del Alcázar de Madrid – las habitaciones que habían sido del príncipe Baltasar Carlos, muerto en 1646, y que Velázquez usaba como taller. El Alcázar ardió en la Nochebuena de 1734; en ese incendio se perdieron más de quinientos cuadros de la colección real, y otros, como El jardín de las delicias de El Bosco, se salvaron porque estaban en El Escorial. El Palacio Real se levanta hoy sobre el solar.
Velázquez conocía esa habitación mejor que nadie: desde 1652 era aposentador mayor de palacio, el cargo que llevaba las llaves, la distribución de los cuartos y el alojamiento de la corte. Era un trabajo de administración que le quitaba tiempo para pintar y que él quiso porque daba rango.
Los cuadros del fondo también existen. Son dos copias de Juan Bautista Martínez del Mazo, yerno de Velázquez, de dos obras flamencas: Palas y Aracne de Rubens y Apolo y Pan de Jordaens. Las dos tratan de mortales que desafían a los dioses en un arte – tejer, tocar música – y son castigados. En la pared de un cuadro sobre la pintura, eso no es decoración.
El espejo, y lo que refleja
El debate tiene cuatrocientos años y no se ha cerrado.
Lectura A: los reyes están en la habitación, fuera del cuadro, posando; Velázquez los está pintando; el espejo refleja a los modelos. El espectador ocupa el lugar de los reyes.
Lectura B: el espejo no refleja a los reyes, sino el cuadro que Velázquez está pintando, en el que los reyes aparecen. Los reyes no están en la sala.
La geometría no lo resuelve. Los estudios de perspectiva demuestran que el espejo, desde el punto de vista del cuadro, reflejaría el lienzo grande y no el espacio del espectador – pero Velázquez no pintó con regla. El espejo está donde le convenía.
Conviene recordar que el recurso no era nuevo: el espejo convexo de El matrimonio Arnolfini, pintado por Van Eyck en 1434, ya mostraba lo que ocurría del lado del espectador, y esa tabla estaba en la colección real española desde el siglo XVI. Velázquez la conocía.
Lo que sí se sabe: el lienzo que Velázquez pinta en el cuadro tiene, por el tamaño del bastidor, las proporciones de Las meninas. Puede estar pintando el cuadro que estamos mirando.
La cruz que no debía estar
Velázquez lleva en el pecho la cruz roja de la Orden de Santiago. En 1656 no la tenía.
La solicitó en 1658 y el proceso duró año y medio: la orden exigía nobleza en las cuatro ramas, sin comercio ni oficio manual, y un pintor que cobraba por su trabajo tenía un problema. Se interrogó a más de cien testigos. Hizo falta una dispensa papal. La cruz le llegó en noviembre de 1659, y murió en agosto de 1660.
La cruz del cuadro se pintó después de 1659 sobre la pintura seca; las radiografías lo confirman. La leyenda dice que la pintó el propio rey con su mano. Palomino, que es la fuente más cercana, dice solo que Felipe IV mandó pintarla tras la muerte del artista. La versión del rey con el pincel es del siglo XIX.
En qué fijarse
Las costuras. No había telas de tres metros. El lienzo está cosido de tres piezas verticales y las uniones se ven con luz rasante, sobre todo en la zona de la infanta.
La luz. Entra por una ventana a la derecha que no vemos, y por otra al fondo. Hay tres zonas iluminadas – la infanta, Nieto en la puerta, el espejo – y el resto es penumbra graduada. Velázquez pinta el aire entre las cosas.
El búcaro. Rojo, en la bandeja de plata. Es un objeto real, de moda en 1656, y está pintado con tres toques.
El vestido de Mari Bárbola. Azul y plata, más rico que el de las meninas. Los enanos de la corte vestían bien; eran personal de la casa real con sueldo.
La mano de Velázquez. Está en alto, con el pincel, y no toca el lienzo. Es el instante entre dos pinceladas.
El techo. Vacío, con los ganchos de las lámparas. Es la mitad superior del cuadro y no hay nada en ella. Ningún pintor de corte habría dejado ese espacio sin llenar.
La puerta abierta. El único punto de luz blanca del cuadro está en el fondo, donde está Nieto. El ojo va hacia allí aunque no quiera.
De cerca y de lejos. Mira la manga de Isabel de Velasco a medio metro: manchas. Retrocede cinco pasos: raso. Es el ejercicio que hay que hacer con este cuadro, y la sala 12 permite hacerlo.
Cuatro siglos de daños y viajes
1734. En el incendio del Alcázar, el cuadro se salvó – se cuenta que arrojándolo por una ventana –, pero perdió una franja del lado izquierdo y sufrió daños en la mejilla de la infanta. Lo restauró Juan García de Miranda.
1819. Ingresa en el recién abierto Museo del Prado con las colecciones reales.
1899. Para el tercer centenario de Velázquez, el Prado creó una sala solo para este cuadro, con luz lateral y un espejo en la pared de enfrente: el visitante se veía a sí mismo dentro de la escena. Fue la primera vez que un museo montó una obra como un escenario.
1936–1939. La única vez que salió de España. En noviembre de 1936, con Madrid bombardeado, se evacuó a Valencia, después a Cataluña y en febrero de 1939 a Ginebra, donde se expuso ese verano con lo mejor del Prado – incluidos los fusilamientos de Goya, que viajaron enrollados en el mismo convoy. Volvió en septiembre de 1939, con la guerra ya perdida.
1984. John Brealey, del Metropolitan de Nueva York, retiró los barnices amarillentos. El cuadro recuperó los grises y los plateados, y la operación fue polémica: parte de la crítica española consideró una humillación que se trajera a un restaurador extranjero. Hoy se considera acertada, y en 2024 el Prado la conmemoró.
2018. Se descolgó para un estudio técnico completo. Se fotografió el reverso, y el artista brasileño Vik Muniz hizo con esa imagen un facsímil exacto de la trasera – bastidor, remaches, manchas – que el Prado expuso en 2023 en la muestra Reversos. Es lo más cerca que ha estado el público de ver el cuadro por detrás.
2024. Un bulo en redes sociales aseguró que el Ministerio de Cultura iba a retirar el cuadro por «delito de odio» contra las personas con enanismo. El ministerio lo desmintió. El cuadro no se ha movido.
Sobre Diego Velázquez
Nació en Sevilla en junio de 1599. Se formó con Francisco Pacheco, con cuya hija se casó a los diecinueve años, y en 1623 pintó su primer retrato de Felipe IV, que lo nombró pintor de cámara. Tenía veinticuatro años. No volvió a trabajar para nadie más.
Viajó dos veces a Italia, en 1629 y en 1649. En el segundo viaje pintó a Inocencio X y compró para el rey buena parte de lo que hoy es el Prado – Tizianos, Veroneses, Tintorettos.
Fue ascendiendo en la casa real: ujier, ayuda de guardarropa, ayuda de cámara, aposentador mayor. Cada cargo le daba rango y le quitaba tiempo. Pintó poco: se le atribuyen unos ciento veinte cuadros en cuarenta años.
Murió el 6 de agosto de 1660, a los sesenta y uno, seis semanas después de organizar en la frontera francesa la ceremonia de entrega de la infanta María Teresa a Luis XIV – su último trabajo como aposentador. Cuatro años después de Las meninas, no ocho.
Legado e influencia
Durante dos siglos el cuadro fue visible solo para la corte y para los pintores con acceso a palacio. Goya lo grabó al aguafuerte en 1778 y lo tuvo delante toda su vida: el hueco entre la figura y el espectador que hay en sus retratos de corte sale de aquí. Cuando el Prado abrió en 1819, fue su pieza central desde el primer día.
Manet lo vio en 1865, dos años después de pintar Olympia, y volvió a París convertido. Sargent copió el cuadro y organizó a las hijas de Boit como si fueran meninas. Whistler, Degas y Cézanne lo tuvieron como referencia.
Picasso lo tuvo como obsesión. Entre agosto y diciembre de 1957, encerrado en el piso alto de su villa en Cannes, pintó cincuenta y ocho lienzos a partir de él – cuarenta y cinco variaciones directas, más palomas, paisajes y un retrato de Jacqueline. En 1968 donó la serie completa al Museu Picasso de Barcelona, en memoria de su amigo Jaume Sabartés. Es la única serie de Picasso que se conserva íntegra en un museo, y está en España.
Después: Dalí en 1960, el Equipo Crónica en 1970 con la sala 12 convertida en salón burgués, Richard Hamilton, Antonio Saura, Joel-Peter Witkin, Yasumasa Morimura, y en 2004 el vídeo de Eve Sussman 89 Seconds at Alcázar, que recrea el minuto y medio anterior al cuadro.
Y en cómic: la novela gráfica Las meninas de Santiago García y Javier Olivares, de 2014, ganó el Premio Nacional del Cómic y es la mejor introducción al cuadro que existe en español.
Dónde verla hoy
El cuadro está en la sala 12 del Museo del Prado, la gran sala basilical del centro del edificio, en la planta primera. Es la única obra de la pared del fondo; el resto de la sala está dedicado al retrato de corte de Velázquez.
- Horario: de lunes a sábado de 10 a 20; domingos y festivos de 10 a 19. El museo no cierra los lunes.
- Precio: 15 euros la entrada general. Gratuita para menores de 18 y estudiantes de la UE hasta los 25.
- Las dos últimas horas de cada día son gratuitas – de 18 a 20 de lunes a sábado, de 17 a 19 los domingos. No se puede reservar: se hace cola en la puerta de Goya, y la cola empieza una hora antes. La sala 12 en esa franja está llena.
- Para verla con calma, entra a las 10 y ve directamente a la sala 12. Desde la puerta de Goya, por la planta primera, se llega en cinco minutos. Durante la primera media hora hay sitio para retroceder.
- Compra en línea con franja horaria; los fines de semana y en Semana Santa la cola sin entrada supera la hora.
- Retrocede hasta la pared de enfrente. Desde ahí el cuadro se ve como una habitación con gente. Luego acércate al máximo y mira las manos de las meninas. Repite. Es la única forma de entender qué hizo Velázquez.
- En la sala contigua, Las hilanderas, montada con un marco que oculta los añadidos del siglo XVIII y devuelve el cuadro a su formato original. Es el otro gran enigma de Velázquez, y está a diez metros.
- El resto de la planta. Con la misma entrada, a pocos minutos: las dos majas de Goya en la sala 36, las pinturas negras en la planta baja, y El jardín de las delicias en la sala 56A. Media jornada larga.
Para completar: el Museu Picasso de Barcelona, en el carrer Montcada, tiene las cincuenta y ocho variaciones de 1957 en sala permanente. Y el solar del Alcázar, donde se pintó el cuadro, es el Palacio Real de Madrid: nada de la habitación sobrevive, pero el sitio es el mismo.
¿Por qué algunos cuadros te atrapan y otros no? La neurociencia lleva dos décadas intentando responderlo, con resultados menos claros de lo que suele contarse: qué le hace el arte al cerebro.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa «meninas»?
Es un portuguesismo: menina, niña, era el nombre que en la corte española recibían las damas jóvenes de origen noble que servían a las infantas. En el cuadro son dos: María Agustina Sarmiento e Isabel de Velasco. El cuadro no se llamó así hasta 1843.
¿Qué refleja el espejo?
A Felipe IV y Mariana de Austria. Si están posando en la sala, fuera del cuadro, o si el espejo refleja el lienzo que Velázquez pinta, sigue en discusión desde hace siglos. La perspectiva no lo resuelve porque Velázquez no la aplicó con rigor.
¿Cuándo recibió Velázquez la cruz de Santiago?
En noviembre de 1659, tres años después del cuadro y nueve meses antes de morir. La cruz se pintó sobre la obra ya terminada, por orden del rey, después de la muerte del pintor. La historia de que la pintó Felipe IV en persona es una leyenda del siglo XIX.
¿Cuánto mide?
320,5 por 281,5 centímetros, según la medición del Prado de 2018. Las cifras de 318 por 276 que circulan son antiguas.
¿Ha salido alguna vez del Prado?
Una vez, durante la Guerra Civil: evacuada a Valencia en 1936, a Cataluña en 1938 y a Ginebra en 1939, donde se expuso ese verano. Volvió en septiembre de 1939. El Prado no la presta.
¿Dónde está la habitación del cuadro?
Era el Cuarto del Príncipe del Alcázar de Madrid, que ardió en 1734. El Palacio Real ocupa el solar. No queda nada de la estancia.
¿Dónde están las Meninas de Picasso?
En el Museu Picasso de Barcelona, las cincuenta y ocho, donadas por el propio Picasso en 1968. Es la única serie completa suya en un museo.
¿Cuándo es gratis el Prado?
Las dos últimas horas de cada día: de 18 a 20 de lunes a sábado y de 17 a 19 los domingos y festivos. Sin reserva, con cola. Para ver Las meninas con espacio, es mejor pagar y entrar a las 10.
Si esta obra te ha interesado, sigue con La Gioconda – el otro cuadro que mira al espectador, y cuya versión de taller cuelga a cien metros de aquí, en el mismo museo – y con La maja vestida, el otro cuadro del Prado que todo español cree conocer sin haberlo mirado nunca de cerca.
Imagen: Las meninas – Diego Velázquez (1656), Museo del Prado, Madrid. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.
