The Nude Maja by Francisco Goya, 1800

La maja desnuda

Sabemos con quién colgaba. En noviembre de 1800, el grabador de la Casa de la Moneda González de Sepúlveda visitó el palacio de Manuel Godoy con el crítico Ceán Bermúdez y anotó en su diario lo que vio en un gabinete apartado: La maja desnuda, la Venus del espejo de Velázquez y una Venus de Tiziano. Godoy no encargó un cuadro erótico cualquiera: encargó una pieza para colocarla junto a los dos desnudos más prestigiosos de la pintura española e italiana. Y ahí está la clave de todo lo que vino después, porque cuando la Inquisición llamó a Goya, la defensa fue exactamente esa: que había hecho lo mismo que Tiziano y Velázquez.

Datos clave

No son gemelas: son madre e hija

Esta es la corrección más importante, porque cambia cómo se entiende el conjunto.

Se repite siempre que Goya pintó las dos majas a la vez, como un pendant. No es así. El Prado data la desnuda en torno a 1795–96 y la vestida entre 1800 y 1807: hay entre cinco y diez años de diferencia.

El argumento es estilístico y es sólido. La desnuda está pintada con la factura suave, el dibujo cuidado y la luz envolvente del Goya dieciochesco, anterior a la transformación radical que sufrió su obra hacia 1797–98. La vestida, en cambio, tiene la pincelada suelta y nerviosa del Goya posterior: las lentejuelas de la chaquetilla están puestas a golpes de espátula.

Las dos se documentan por separado. La desnuda aparece en el inventario de Godoy de 1800; la vestida no se menciona hasta el inventario de 1808, hecho por el francés Frédéric Quilliet tras la caída del valido, donde figuran como «gitana desnuda» y «gitana vestida».

Es decir: Goya pintó primero el desnudo. La versión vestida llegó después, probablemente para poder tapar la otra.

El mito de la cabeza repintada

Circula desde hace un siglo y el Prado lo ha desmentido.

La teoría decía que Goya había repintado la cabeza para disimular los rasgos de la modelo y protegerla — normalmente se asumía que era la duquesa de Alba. El argumento visual era que la cabeza parece no encajar del todo con el cuerpo.

La radiografía lo descarta. El estudio técnico del museo muestra el cuerpo pintado de una sola vez, sin alteraciones apreciables en esa zona. La cabeza es la que Goya pintó.

Y la identificación con la duquesa cayó mucho antes. Ya en 1867 el biógrafo francés Charles Yriarte la refutó señalando la diferencia total de facciones, y hay un dato demoledor: en 1800 María Cayetana de Alba tenía cuarenta años y estaba gravemente enferma. Murió tres años después. La mujer del cuadro no llega a veinticinco.

La candidata más plausible es Pepita Tudó, la joven amante de Godoy, con quien acabaría casándose en Roma. Pero no hay prueba, y el propio hijo de Goya, Javier, se refirió a los cuadros en 1832 simplemente como «las dos Venus que poseía el príncipe de la Paz».

¿Qué hace que esta obra sea inolvidable?

Lo que la hace única no es el desnudo: es la ausencia de coartada.

La pintura europea llevaba tres siglos pintando mujeres desnudas, pero siempre con pretexto: eran Venus, ninfas, Dánae, Susana, Betsabé. El mito o la Biblia daban permiso. Aquí no hay nada de eso. No hay Cupido, no hay espejo, no hay atributo divino, no hay paisaje arcádico. Hay una mujer española contemporánea sobre un canapé moderno, con dos almohadas de seda.

Y mira al espectador. Con una sonrisa mínima, sin pudor y sin invitación teatral: simplemente sostiene la mirada.

El vello púbico forma parte de esa decisión. Conviene matizar el tópico de que fue el primero de la historia — no lo fue, hay precedentes aislados —, pero sí es cierto que en el desnudo académico de gran formato era sistemáticamente suprimido, porque la Venus idealizada no tenía cuerpo real. Goya lo pintó, y eso convirtió a la diosa en una persona.

La composición, en cambio, es clásica: los brazos entrelazados tras la nuca repiten la Ariadna dormida, una escultura antigua de las colecciones reales que Goya conocía. Puso una pose de museo en un cuerpo de barrio.

Simbolismo y en qué fijarse

La mirada. Directa, frontal, sin desviarse. Compárala con la Venus del espejo de Velázquez, que estaba colgada al lado: aquella se ve de espaldas y solo devuelve un reflejo borroso. Goya suprimió el intermediario.

El canapé. No es un lecho clásico: es un mueble de moda en Madrid hacia 1795, con tapicería verde. Sitúa la escena en el presente.

La luz. Sin sombra dura, envolvente, como de estudio fotográfico. Recorta el cuerpo contra el fondo oscuro y no oculta nada.

La anatomía. Aquí hay algo que llama la atención a todo el mundo y pocos formulan: el torso y los pechos están claramente desajustados respecto al resto del cuerpo. Los pechos son demasiado altos y frontales para la postura. No es un error: es la convención idealizada aplicada a un cuerpo por lo demás concreto y poco canónico.

La piel. Blanca con nacarados rosados, pintada con pinceladas suaves e imperceptibles, en el estilo más académico de Goya. Nada que ver con la materia sucia de las Pinturas negras veinticinco años después.

El tamaño. Casi dos metros de ancho. Es un cuadro grande, pensado para una pared, no para un cajón.

La Inquisición, y lo que de verdad pasó

La historia se cuenta mal y merece precisión.

Godoy cayó en 1808 con el motín de Aranjuez. Sus bienes fueron embargados, los cuadros pasaron por manos francesas durante la ocupación y acabaron depositados en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

En marzo de 1815, con Fernando VII restaurado y la Inquisición reinstaurada, el tribunal citó a Goya. Le preguntaron si las pinturas eran suyas, por qué las hizo, por encargo de quién y con qué intención.

Su respuesta no se conserva. Pero sí se conserva la anotación del director de confiscaciones: Goya alegó que no había hecho más que seguir el ejemplo de Tiziano y de Velázquez — dos pintores cuyos desnudos colgaban en las colecciones reales y eclesiásticas sin que nadie hubiera objetado nunca nada.

Y el contexto importa: el procedimiento era político. Venía tras la caída de Godoy, en un momento de purgas contra todo lo asociado al gobierno anterior, y Goya, que había servido a José Bonaparte, ya había pasado por un tribunal de purificación — el mismo trasfondo que explica los cuadros de mayo que pintó en 1814.

No hay constancia de condena. Goya siguió trabajando y murió catorce años después en Burdeos. Los cuadros quedaron guardados en la Academia, fuera de la vista del público, durante casi un siglo.

Contexto histórico

La España de 1795 vivía la tensión entre una corte ilustrada y una Iglesia que conservaba un tribunal inquisitorial activo. Manuel Godoy, un guardia de corps extremeño que había llegado a primer ministro a los veinticinco años gracias al favor de la reina María Luisa, era el hombre más poderoso del reino y el más odiado.

Su colección era extraordinaria: además de la Venus del espejo de Velázquez — que había pertenecido a la duquesa de Alba y que hoy está en la National Gallery de Londres —, reunió Tizianos, Murillos y buena parte del arte contemporáneo español de calidad.

Y tenía un gabinete reservado solo para desnudos. No era una perversión personal: era una práctica habitual entre coleccionistas europeos, y el propio Prado mantendría hasta 1838 una «sala reservada» con las obras que no se consideraban exponibles.

Las majas entraron en el Prado en 1901, procedentes de la Academia de San Fernando. Ciento un años después de que las viera González de Sepúlveda.

Sobre Francisco de Goya

Nació en Fuendetodos, Zaragoza, en 1746, hijo de un dorador. La Academia de San Fernando lo rechazó dos veces. Empezó pintando cartones para la Real Fábrica de Tapices y llegó a primer pintor de cámara en 1799.

En 1793, una enfermedad grave lo dejó sordo a los cuarenta y seis años. Vivió treinta y cinco más sin oír nada, y su obra cambió: de los cartones luminosos a Los caprichos, de ahí a la guerra y finalmente a las Pinturas negras.

Es importante para entender este cuadro: la maja está pintada por el Goya anterior al desastre. Todavía hay suavidad, todavía hay placer en la superficie. Lo que viene después no se parece a esto en nada.

Murió en Burdeos el 16 de abril de 1828, a los ochenta y dos años. Está enterrado en la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid, bajo la cúpula que pintó al fresco en 1798 — exactamente en los años de este cuadro.

Legado e influencia

La línea llega a París. La Olympia de Manet, de 1863, hace lo mismo sesenta años después: una mujer contemporánea, desnuda, tumbada, mirando al espectador sin coartada mitológica. El escándalo del Salón de 1865 fue una repetición del de Madrid, con público más grande.

Manet había estado en España en 1865 y conocía el Prado. La deuda es directa y está reconocida.

Más allá, este cuadro está en el centro de cualquier discusión contemporánea sobre la mirada y la representación del cuerpo femenino: porque es el punto exacto en que el desnudo occidental pierde la excusa y se convierte en lo que siempre había sido.

Y hay una peculiaridad española: las dos majas son, probablemente, las imágenes más reproducidas del país después de Las meninas, y las únicas que todo el mundo cree conocer sin haberlas mirado nunca de cerca.

Dónde verla hoy

Está en el Museo del Prado, en las salas de Goya de la planta primera, habitualmente colgada junto a La maja vestida. Comprueba el plano a la entrada: el museo reorganiza con cierta frecuencia.

  • Horario: de lunes a sábado de 10 a 20; domingos y festivos de 10 a 19. No cierra los lunes.
  • Precio: 15 euros. Gratuita para menores de 18 y estudiantes de la UE hasta los 25.
  • Las dos últimas horas son gratuitas todos los días — de 18 a 20 de lunes a sábado y de 17 a 19 los domingos —, no solo los lunes. No se reserva: hay cola en la puerta de Goya desde una hora antes.
  • Míralas juntas y compara la factura, no la ropa. Es lo que casi nadie hace. Acércate a la chaquetilla de la vestida: las lentejuelas están puestas a golpes rápidos, con la mano de un pintor que ya es otro. Después vuelve a la piel de la desnuda, lisa y fundida. Hay una década de distancia entre esas dos manos.
  • Entra a las 10. Las salas de Goya son de las más concurridas del museo.
  • En el mismo museo: El tres de mayo y El dos de mayo en la sala 64, las Pinturas negras en la planta baja y Las meninas en la sala 12.

Y una visita complementaria. La Venus del espejo de Velázquez, que colgaba al lado de esta maja en el gabinete de Godoy, está hoy en la National Gallery de Londres — con su propia historia violenta: una sufragista la acuchilló en 1914. Los dos cuadros no han vuelto a verse juntos.

Esta obra existe en más de una versión. Si te interesa saber cuántas hay, dónde están y cómo distinguirlas, tenemos una guía completa: obras famosas con varias versiones.

Preguntas frecuentes

¿Son las dos majas una pareja pintada a la vez?

No. El Prado data la desnuda en torno a 1795–96 y la vestida entre 1800 y 1807. Las separa entre cinco y diez años, y la diferencia de factura se ve a simple vista. La desnuda se documenta en 1800; la vestida no aparece hasta el inventario de 1808.

¿Es verdad que Goya repintó la cabeza?

No. La radiografía del Prado muestra el cuerpo pintado de una sola vez, sin alteraciones en esa zona. La teoría se sostenía en la sensación de que la cabeza no encaja, y el estudio técnico la descarta.

¿Quién es la modelo?

No se sabe. La candidata más plausible es Pepita Tudó, amante y después esposa de Godoy. La identificación con la duquesa de Alba fue refutada ya en 1867 por Charles Yriarte: las facciones no coinciden, y en 1800 la duquesa tenía cuarenta años y estaba gravemente enferma.

¿Fue el primer desnudo con vello púbico?

Es un tópico que conviene matizar. Hay precedentes aislados. Lo verdaderamente inédito es otra cosa: es el primer desnudo femenino de gran formato de la pintura occidental sin ninguna coartada mitológica, religiosa ni alegórica. No es una Venus: es una mujer contemporánea sobre un mueble de moda.

¿Qué pasó con la Inquisición?

En marzo de 1815 el tribunal citó a Goya para que explicara por qué había pintado las obras, por encargo de quién y con qué intención. Su declaración no se conserva, pero consta que alegó haber seguido el ejemplo de Tiziano y Velázquez. No hay constancia de condena. El procedimiento tenía trasfondo político: venía tras la caída de Godoy.

¿Con qué cuadros colgaba?

En el gabinete reservado de Godoy, con la Venus del espejo de Velázquez y una Venus de Tiziano. Lo anotó en su diario el grabador González de Sepúlveda, que lo visitó en noviembre de 1800.

¿Cuándo entró en el Prado?

En 1901, procedente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde ambos cuadros habían permanecido guardados desde la caída de Godoy.

¿Cuánto mide?

98 × 191 cm. Casi dos metros de ancho: es un cuadro concebido para una pared, no para esconderlo.

Si esta obra te ha interesado, sigue con La maja vestida — la otra mitad, pintada años después y con una mano distinta — y con Olympia de Manet, que hizo exactamente lo mismo en París sesenta años más tarde y provocó exactamente el mismo escándalo.

Imagen: La maja desnuda – Francisco de Goya (c. 1795–1800), Museo del Prado, Madrid. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

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