Rain, Steam and Speed – The Great Western Railway by J. M. W. Turner, 1844

Lluvia, vapor y velocidad

En Lluvia, vapor y velocidad, de J. M. W. Turner, corre una liebre pintada sobre las vías del tren justo delante de la locomotora. Hoy esa liebre es invisible en el lienzo original: la capa de pintura se ha vuelto transparente con el paso del tiempo, y solo podemos verla gracias a un grabado realizado en 1859 por Robert Brandard. Según el pintor George Leslie, que de niño observó a Turner añadir los últimos toques el día anterior a la inauguración de la Royal Academy en 1844, era la liebre —y no el tren— la que simbolizaba la velocidad.

Datos clave

¿Qué hace que «Lluvia, vapor y velocidad» sea inolvidable?

La obra no es un retrato ferroviario. Es una colisión de fuerzas: lluvia, humo, luz solar y movimiento, todo comprimido en un lienzo de poco más de noventa centímetros de alto. Turner no documentó un paisaje; lo transformó deliberadamente.

Por ejemplo, los dos puentes de Maidenhead que aparecen en la pintura —el puente ferroviario y el antiguo puente de carretera— están en realidad casi paralelos. Turner exageró el ángulo entre ellos para subrayar visualmente el contraste entre lo antiguo y lo nuevo. Además, dibujó una sola vía de tren cuando en realidad la línea era doble. No son errores de observación: son decisiones de composición calculadas.

La tensión entre modernidad y naturaleza tampoco se resuelve fácilmente. John Gage argumentó que el título apunta a una alegoría de fuerzas naturales, no a una celebración industrial. Sin embargo, Turner era un usuario habitual del transporte a vapor, lo que complica la lectura melancólica que muchos críticos han proyectado sobre la obra. Ambas interpretaciones conviven en la literatura especializada sin que ninguna haya prevalecido definitivamente.

Contexto histórico: el año en que el tren conquistó el paisaje

En 1844, el ferrocarril ya no era una novedad técnica en Gran Bretaña: era una realidad cotidiana que reshaping el territorio. La línea del Great Western Railway, inaugurada solo unos años antes, conectaba Londres con el oeste del país a velocidades que parecían imposibles una generación atrás.

La locomotora del cuadro pertenece a la clase Firefly, diseñada por Daniel Gooch para el GWR. Gooch tenía apenas 21 años cuando fue nombrado ingeniero jefe de locomotoras de la compañía. En 1844 circulaban 62 máquinas de esa clase. No obstante, la investigación académica —incluido el catálogo de referencia elaborado por Judy Egerton para la National Gallery en el año 2000— no ha podido identificar el nombre concreto del motor representado.

En ese mismo año, el Romanticismo empezaba a ceder terreno a sensibilidades más comprometidas con el mundo real. Turner, sin embargo, no abandonó su método: capturó la modernidad industrial con los mismos instrumentos con los que había pintado tempestades en el Mediterráneo.

Simbolismo y en qué fijarse

Colócate frente al cuadro y busca primero la luz. Turner aplicó amarillo de cromo de forma espesa y pastosa para representar el sol que atraviesa la lluvia. No es un color suave: casi molesta. Luego fíjate en las sombras, donde usó laca carmesí, y en el fogón de la locomotora, que —contra toda lógica— pintó con azul cobalto y verde guisante en lugar del rojo que uno esperaría. El resultado es visualmente correcto aunque literalmente incorrecto: Turner separó el efecto óptico de la verdad del color.

La lluvia en el ángulo superior izquierdo no es niebla ni vapor: Turner aplicó una pasta sucia con espátula para crear esa textura granulada. Es un procedimiento físico, casi escultórico.

Donde hoy no verás nada —justo delante de la locomotora, sobre las vías— es donde corría la liebre. Su pintura se ha vuelto transparente con los años. Solo el grabado de Brandard de 1859 confirma que estuvo ahí. Saber que desapareció cambia la lectura del cuadro: lo que parecía una imagen de triunfo tecnológico era, según el propio Turner, una imagen de velocidad encarnada en un animal vivo y vulnerable.

Sobre J. M. W. Turner

Joseph Mallord William Turner nació en Londres en 1775 y murió en 1851. Hijo de un barbero, ingresó en la Royal Academy siendo adolescente y pasó décadas perfeccionando un lenguaje pictórico en el que la luz disolvía la forma. Viajó por Europa incansablemente y llenó cientos de cuadernos de apuntes.

En sus últimas décadas, Turner llevó su técnica hasta un límite que muchos contemporáneos consideraban inacabado o caótico. Lluvia, vapor y velocidad se exhibió en 1844, apenas siete años antes de su muerte, y pertenece a ese periodo final en el que la materia pictórica y la atmósfera se volvieron prácticamente indistinguibles.

La liebre perdida y su huella en el Impresionismo

En 1874, el grabador francés Félix Bracquemond expuso una aguafuerte inacabada basada en esta pintura —titulada La Locomotive— en la primera exposición del grupo que conocemos como los Impresionistas, la Société Anonyme des Artistes Peintres, Sculpteurs, Graveurs de París. Este dato, documentado en el catálogo de la exposición Turner celebrada en París en 1983-84, establece una conexión directa y verificable entre la imagen de Turner y el nacimiento de la vanguardia francesa. No es solo influencia difusa: la obra estuvo físicamente presente en aquel momento fundacional.

La pintura nunca ha sido sometida a una limpieza profunda desde que ingresó en la National Gallery. La política del museo ha sido retirar únicamente el polvo superficial. En 1966 fue necesario forrar el lienzo por desprendimiento de pintura. Ya en 1857, el director de la galería Sir Charles Eastlake expresó preocupación por la creciente indistinción de las nubes de humo detrás del motor y sugirió que se «ayudara un poco»; no está claro si se realizó alguna intervención. Esta historia conservadora significa que la superficie del cuadro conserva todas las veladuras y empastes originales de Turner, pero también cualquier alteración cromática acumulada en más de siglo y medio.

Dónde ver la obra hoy

La obra se exhibe de forma permanente en la Sala 34 de la National Gallery, en Trafalgar Square, Londres. En mayo de 2025, esa sala recibió el nombre de Blavatnik Family Foundation Room, aunque conserva su numeración. La entrada a la colección permanente del museo es gratuita.

La pintura tiene un historial documentado de préstamos internacionales —entre otros, a Chicago, Nueva York, Toronto y París—, por lo que conviene comprobar en la web de la National Gallery que el cuadro esté en sala antes de desplazarse. En la misma sala o en salas adyacentes se puede ver El último viaje del Temerario (NG524), otra obra de Turner que comparte con esta la misma política de no limpieza.

La liebre invisible que corría ante el tren resume la paradoja central del cuadro: el símbolo más importante de la composición ha desaparecido del original, y solo la investigación histórica lo mantiene vivo. Turner pintó la velocidad con un animal efímero, y el tiempo le dio la razón de una forma que ningún crítico podría haber anticipado.

Imagen: Lluvia, vapor y velocidad – J. M. W. Turner (1844). Licencia: Public Domain. Fuente: Wikimedia Commons.

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