El 3 de mayo en Madrid
Goya no recibió este encargo: lo pidió. En febrero de 1814, recién expulsados los franceses, escribió a la Regencia solicitando fondos para «perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas acciones o escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa». Tenía sesenta y ocho años y un problema: había jurado lealtad a José Bonaparte, había cobrado del gobierno francés y había aceptado su condecoración. Sus amigos más cercanos eran afrancesados y habían huido a Francia. Toda España se estaba sometiendo a juicios de «purificación». Este cuadro es, entre otras cosas, la solicitud de un hombre que necesitaba demostrar de qué lado estaba.
Datos clave
- Artista: Francisco de Goya y Lucientes (1746–1828)
- Títulos: El tres de mayo de 1808 en Madrid; también Los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío
- Fecha: 1814, pintado en pocos meses
- Técnica: óleo sobre lienzo
- Dimensiones: 268 × 347 cm
- Pareja: El dos de mayo de 1808 en Madrid, del mismo tamaño
- Movimiento: Prerromanticismo – Goya no encaja del todo en ninguna etiqueta
- Ubicación: Museo del Prado, Madrid – salas de Goya, planta baja, inv. P000749
Para qué se pintó exactamente
Este es el dato que casi nunca se cuenta y que explica el formato.
Los dos lienzos no se hicieron para un museo ni para un palacio. Formaron parte de la decoración de un arco de triunfo provisional levantado en Madrid para la entrada de Fernando VII, que volvía de su cautiverio en Francia en 1814. Eran, en origen, escenografía urbana: pintura de gran formato para ver de lejos, en la calle, durante una fiesta oficial.
Eso explica la factura. Goya los pintó deprisa, con pincelada suelta y zonas apenas resueltas, con la lógica de un decorado. Y explica también lo que pasó después: terminada la fiesta, los cuadros desaparecieron. Fernando VII prefería el neoclasicismo, y una revuelta popular no era un tema apropiado para unos Borbones recién restaurados que querían olvidar que el pueblo había gobernado en su ausencia.
Los lienzos pasaron décadas almacenados. No hay constancia de que se exhibieran públicamente hasta 1872, cuando aparecen por primera vez en el catálogo del Prado. Cincuenta y ocho años guardados.
El director del Prado que dijo que no era un Goya
Hay un episodio que da la medida de lo poco valorada que estuvo esta obra.
En la década de 1850, José de Madrazo, entonces director del Museo del Prado, puso en duda que Goya lo hubiera pintado. Su argumento fue de calidad: dijo que el cuadro era muy inferior a otras obras del maestro.
Visto desde hoy suena absurdo, pero tiene lógica. Madrazo era un neoclásico formado en Roma con David, y lo que ve aquí es un cuadro mal dibujado según sus criterios: perspectiva forzada, anatomías sumarias, colores sucios, pincelada de brocha. Lo que a él le parecía chapucería es exactamente lo que hoy se considera el principio de la pintura moderna.
La reputación llegó de fuera y tarde. Manet vio el cuadro en Madrid en 1865 y volvió a París con él en la cabeza; entre 1867 y 1869 pintó cuatro versiones de La ejecución de Maximiliano con la misma composición: pelotón a la derecha, víctimas a la izquierda, sin espacio entre unos y otros. Fue el impresionismo francés el que convirtió a Goya en un precursor, y solo entonces España lo releyó.
Simbolismo y en qué fijarse
El hombre de blanco. Brazos abiertos, arrodillado, camisa blanca y calzón amarillo. Es la figura más iluminada del cuadro y la única que mira de frente. En la palma de su mano derecha hay una marca: un estigma. Goya convierte a un jornalero anónimo en Cristo, y lo hace sin aureola, sin cruz y sin cielo.
El farol. Cúbico, en el suelo, entre los dos grupos. Es la única fuente de luz de la escena y no es divina: es una lámpara de trabajo, puesta allí para poder disparar de noche. Goya sustituye la luz sobrenatural de la pintura religiosa por iluminación de faena.
Los soldados. De espaldas, en fila, idénticos, con las piernas separadas en la misma postura y los fusiles alineados. No se les ve la cara ni un centímetro de piel. No son franceses: son un mecanismo. Goya no pinta al enemigo, pinta la ejecución.
La distancia. Los cañones de los fusiles están a poco más de un metro de los condenados. Es una distancia imposible en un fusilamiento real y una decisión de composición: no hay espacio para escapar ni para mirar hacia otro lado.
Los muertos. En primer plano, boca abajo, en un charco de sangre que parece pintado con la espátula. Uno tiene la cara destrozada. Es la zona del cuadro que más molesta y está deliberadamente en el borde inferior, donde el espectador pone los pies.
Los que esperan. Detrás, subiendo la cuesta, una fila que se pierde en la oscuridad. Uno se tapa los ojos con las manos, otro aprieta los puños, un fraile reza. Y hay una cabeza que se agarra a la suya con las dos manos, exactamente el gesto que Munch pintará ochenta años después en El grito.
El fondo. Una masa negra con la silueta apenas insinuada de un edificio: un cuartel, una iglesia. Madrid duerme a doscientos metros. Esa indiferencia es parte del tema.
Lo que no hay. No hay bandera, no hay caballo, no hay general, no hay gesto heroico, no hay victoria. En 1814 eso no era una opción estilística: era una negativa.
Contexto histórico
El 2 de mayo de 1808, Madrid se levantó contra las tropas de Murat al saber que la familia real iba a ser sacada de España. La revuelta duró un día y la aplastó la caballería, con los mamelucos de la Guardia Imperial cargando en la Puerta del Sol – la escena del cuadro compañero.
Esa noche y la madrugada siguiente, los franceses fusilaron a los detenidos en varios puntos de la ciudad. La montaña del Príncipe Pío, al oeste, fue uno de ellos. Las cifras varían entre varias decenas y varios centenares de muertos en toda la ciudad.
De ahí salió una guerra de seis años. Y de ahí salió también la palabra «guerrilla», que el resto de los idiomas tomó del español precisamente en este conflicto.
Goya vivía en Madrid. No se sabe si presenció los fusilamientos – la leyenda dice que sí, con un catalejo desde su casa, pero no hay prueba. Lo que sí hizo durante la guerra fue dibujar: las ochenta y dos estampas de Los desastres de la guerra, grabadas entre 1810 y 1815, en las que no hay bandos, solo cuerpos. No se publicaron hasta 1863, treinta y cinco años después de su muerte. Eran impublicables.
Sobre Francisco de Goya
Nació en Fuendetodos, Zaragoza, en 1746, hijo de un dorador. Tardó en abrirse paso: se presentó dos veces a las becas de la Academia de San Fernando y lo rechazaron las dos.
Llegó a pintor de cámara del rey en 1799, el puesto más alto del oficio en España, y desde ahí retrató a la familia de Carlos IV con una franqueza que todavía se discute si era ingenuidad o insolencia. Pintó las dos majas para Godoy, y la Inquisición le abrió expediente por la desnuda.
En 1793 una enfermedad grave lo dejó sordo a los cuarenta y seis años. Vivió treinta y cinco años más sin oír nada.
Después de la guerra y de un segundo matrimonio fallido, se encerró en una casa a las afueras y cubrió sus paredes con las Pinturas negras, que no pintó para nadie. En 1824 se exilió a Burdeos, donde murió en 1828, a los ochenta y dos años, todavía dibujando.
Cuatro accidentes y cuatro restauraciones
El cuadro está dañado, y conviene saberlo antes de verlo.
En 1937, durante la Guerra Civil, el Prado evacuó su colección a Valencia para protegerla de los bombardeos. Los dos lienzos de mayo viajaron enrollados en camión, y en el trayecto hubo un accidente. Ambos sufrieron desgarros y pérdidas de pintura; El dos de mayo, más graves.
Se restauraron en 1938, en 1939 y en 1941, con los criterios y los medios de aquellos años. La intervención definitiva fue en 2008, para el bicentenario, y se expusieron después en la muestra Goya en tiempos de guerra del propio Prado.
La restauración de 2008 retiró barnices y repintes antiguos y devolvió la gama original: grises, ocres, el blanco y el amarillo del protagonista, el rojo de la sangre. Pero las zonas perdidas en 1937 no se inventaron. Si miras el borde izquierdo y la parte inferior con luz rasante, se ven.
Legado e influencia
La línea es directa y está documentada.
Manet, tras verlo en 1865, construye La ejecución de Maximiliano sobre el mismo esquema. Es el mismo Manet que dos años antes había escandalizado París con Olympia, otro cuadro que tomaba una fórmula clásica y le quitaba la coartada.
Picasso lo tenía delante desde niño: fue subdirector interino del Prado en 1936 y conocía la sala de memoria. El Guernica de 1937 y Masacre en Corea de 1951 son descendientes directos: la misma horizontalidad, la misma ausencia de espacio entre verdugo y víctima, los mismos brazos alzados.
Y hay un descendiente francés inmediato. Delacroix llevó la revolución al lienzo dieciséis años después, en La libertad guiando al pueblo, con la conclusión contraria: allí el pueblo avanza sobre los cadáveres y la alegoría lo encabeza. Goya no ofrece alegoría ni victoria. Es la diferencia entre pintar una revolución que gana y una masacre que no sirvió de nada.
La figura de brazos abiertos frente al pelotón se ha convertido, además, en una plantilla visual que reaparece en la fotografía de guerra del siglo XX cada vez que alguien encuadra una ejecución.
La ambigüedad de Goya
Merece un apartado propio, porque es lo que hace este cuadro más interesante y no menos.
Goya no fue un patriota de manual. Juró fidelidad a José Bonaparte, siguió cobrando su sueldo de pintor de cámara bajo el gobierno francés, aceptó la Real Orden de España – la condecoración que los madrileños llamaban «la berenjena» –, pintó una alegoría de la Villa de Madrid con el retrato de José I y retrató a generales franceses. También retrató a Wellington. Trabajó para los dos bandos.
Sus amigos más próximos – el poeta Juan Meléndez Valdés, el dramaturgo Leandro Fernández de Moratín – eran afrancesados declarados, ilustrados que creyeron que Francia traería reformas y que acabaron en el exilio.
Terminada la guerra, Goya pasó por el tribunal de purificación y fue absuelto: alegó que nunca había llevado la condecoración. Meses después presentó la solicitud para pintar estos cuadros.
Eso no los convierte en oportunismo. Los convierte en algo más complicado: la obra de un ilustrado que despreciaba al absolutismo español, que esperó algo de la Francia revolucionaria, que vio lo que esa Francia hizo en su país y que pintó el resultado sin poder señalar a ningún bueno. Por eso no hay héroes en el lienzo. No es una elección estética.
Dónde verla hoy
Está en el Museo del Prado, en las salas de Goya de la planta baja – habitualmente la sala 64, junto a El dos de mayo, en la misma pared o enfrente. El museo reorganiza con cierta frecuencia; comprueba el plano a la entrada.
- Horario: de lunes a sábado de 10 a 20; domingos y festivos de 10 a 19. El Prado no cierra los lunes.
- Precio: 15 euros la entrada general. Gratuita para menores de 18 y estudiantes de la UE hasta los 25.
- Las dos últimas horas de cada día son gratuitas: de 18 a 20 de lunes a sábado y de 17 a 19 los domingos. No se reserva: se hace cola en la puerta de Goya y empieza a formarse una hora antes.
- Ve a las 10 si puedes. Las salas de Goya de la planta baja son las más concurridas del museo después de la 12.
- Mira los dos cuadros en orden. Primero El dos de mayo, el caos a plena luz, con los caballos y los sables; después El tres de mayo, el orden a oscuras. Son día y noche, movimiento y quietud, multitud y fila. Vistos por separado se pierde la mitad.
- Retrocede y vuelve. A cinco metros el cuadro funciona como escenografía, que es para lo que se hizo. A un metro se ve la pincelada de brocha, la sangre aplicada con espátula y las zonas sin terminar.
- Baja después a las Pinturas negras. Saturno y las demás están en la misma planta, a pocos metros. Es el mismo hombre seis años después, ya sin encargo y sin destinatario.
Y el lugar existe. La montaña del Príncipe Pío está en el oeste de Madrid, junto a la estación del mismo nombre y al parque del Oeste. En el cercano cementerio de la Florida están enterrados cuarenta y tres de los fusilados, con un monumento de 1840. A dos minutos está la ermita de San Antonio de la Florida, con la cúpula que Goya pintó al fresco en 1798 – y con su tumba.
Preguntas frecuentes
¿Por qué lo pintó seis años después?
Porque durante la ocupación era imposible, y porque fue él quien pidió el encargo en febrero de 1814, ya expulsados los franceses. Lo hizo en un momento en que su propia posición política estaba bajo sospecha: había servido al gobierno de José Bonaparte.
¿Para qué se pintó?
Para decorar un arco de triunfo provisional levantado en Madrid con motivo del regreso de Fernando VII en 1814. Eran pintura de calle para una celebración, no obras de museo. Terminada la fiesta se guardaron, y no consta que se expusieran al público hasta 1872.
¿Goya presenció los fusilamientos?
No hay ninguna prueba. La historia de que los vio con un catalejo desde su casa es tradición, no documento. Sí vivía en Madrid, y sí dibujó la guerra durante años en Los desastres de la guerra, que no se publicaron hasta 1863.
¿Qué significa la marca en la mano del hombre de blanco?
Es un estigma, la herida de la crucifixión. Goya identifica a una víctima anónima con Cristo sin usar ningún símbolo religioso explícito: ni cruz, ni aureola, ni cielo. Solo la postura y esa marca.
¿Está dañado el cuadro?
Sí. Sufrió desperfectos en 1937, en el traslado de la colección del Prado a Valencia durante la Guerra Civil, cuando el camión tuvo un accidente. Se restauró en 1938, 1939, 1941 y, de forma definitiva, en 2008. Las pérdidas no se reinventaron y se aprecian en el borde izquierdo y en la parte inferior.
¿Es verdad que se dudó de su autoría?
Sí. En la década de 1850, José de Madrazo, director del Prado y pintor neoclásico, sostuvo que el cuadro era de calidad muy inferior a la de Goya. Lo que le parecía tosco es hoy lo que se considera el arranque de la pintura moderna.
¿Qué relación tiene con el Guernica?
Directa. Picasso conocía el cuadro desde niño y fue director del Prado en 1936. El Guernica (1937) y Masacre en Corea (1951) repiten su horizontalidad, la ausencia de distancia entre verdugo y víctima y los brazos alzados.
¿Dónde ocurrió?
En la montaña del Príncipe Pío, en el oeste de Madrid, junto a la actual estación de Príncipe Pío. Los restos de cuarenta y tres fusilados están en el cementerio de la Florida, a pocos metros de la ermita de San Antonio, donde Goya está enterrado.
Si esta obra te ha interesado, sigue con El dos de mayo de 1808 – la mitad que falta, colgada a pocos metros y pintada a la vez – y con La libertad guiando al pueblo de Delacroix, la otra gran pintura europea sobre una revuelta popular, dieciséis años posterior y con la conclusión exactamente contraria.
Imagen: El tres de mayo de 1808 en Madrid – Francisco de Goya (1814), Museo del Prado. Licencia: Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.
